Cristina y Humberto se dieron cuenta de que Daniel no había tocado ni el café, ni el zumo de naranja ni el sándwich mixto que le había pedido al camarero.
– Come un poco -sugirió Humberto-. Tienes mala cara. La bronca con Alicia te ha afectado más de lo que crees.
– No es eso -insistió Daniel-. Es que no tengo hambre.
– Y el crimen también ha debido de dejarte tocado. ¿Viste la cabeza cortada?
– Calla, no me lo recuerdes. ¿Sabéis? Todo esto es muy, muy inusual. No suele ser frecuente que se carguen a un músico.
– ¿Y John Lennon qué? -saltó Cristina.
– El único caso. Decidme otro.
– No me viene ahora ninguno a la cabeza -reconoció la chica.
– Yo solo puedo recordar un caso en la historia: Alessandro Stradella, un compositor del siglo XVI que le arrebató la novia al noble que lo tenía a su servicio. Su patrón le envió a dos matones, que se lo cargaron a puñaladas. Los músicos somos más de suicidarnos: David Munrow, Kurt Cobain, Tchaikovsky.
– ¿Tchaikovski? -exclamaron a dúo Humberto y Cristina.
– Al menos lo intentó. Igual que Schumann, que lo tuvieron que sacar del río al que se había arrojado.
– Has mencionado hace un momento a Kurt Cobain -dijo Humberto-, pero yo estoy convencido de que a ese se lo cargó Courtney Love.
– Tú eres muy peliculero -replicó su novia-. También tenías la teoría de que el asesino de Lennon era un tipo contratado por la CIA.
– Y lo sigo creyendo. No solo porque me gusten las teorías conspirativas, que reconozco que me encantan, sino porque, objetivamente, Lennon era un personaje muy incómodo para el gobierno de Estados Unidos y Nixon lo tenía atragantado.
– Me pregunto si en el caso de Thomas… -empezó a decir Daniel, pero no logró acabar la frase: el móvil que había comprado para sustituir al que le había desaparecido hacía poco comenzó a sonar y en la pantalla apareció el aviso de «llamada sin identificar».
– Cógelo, hombre -dijo Cristina-. A lo mejor es Alicia para hacer las paces.
– No, siempre me llama sin ocultar el número.
– A lo mejor es deljuzgado -apuntó Humberto.
Daniel descolgó por fin el teléfono y oyó la voz de una secretaria.
– ¿Daniel Paniagua, por favor?
– Sí. ¿Quién es?
– Don Jesús Marañón quiere concertar una entrevista personal con usted. ¿Le viene bien mañana a las once?
22
El subinspector Aguilar entró en el despacho de Mateos con una cara de tal jovialidad que parecía que le acababa de tocar la lotería. Era la técnica que utilizaba cada vez que tenía que darle a su jefe malas noticias: aparentaba un excelente estado de ánimo para dar la impresión de que lo que le tenía que decir no era, en el fondo, tan negativo. Lo malo es que, como llevaban ya dos años trabajando en equipo, el inspector Mateos conocía todos los trucos psicológicos de su subalterno y supo, en cuanto le vio aparecer por la puerta, que la mañana se presentaba aciaga.
– Nos han denegado las escuchas telefónicas, ¿verdad? -preguntó el inspector sin dar siquiera los buenos días al subinspector.
Aguilar simuló sorpresa. Pero en el fondo sabía que ya no tenía secretos para Mateos y que su cara de agraciado con el premio gordo de Navidad le había delatado.
– Pues sí, jefe. La juez dice que no puede ordenar una medida restrictiva de los derechos fundamentales como es una escucha telefónica, sin que concurran una serie de circunstancias que demuestren, y cito textualmente del auto de la juez, «en grado de probabilidad compatible con el comienzo de la pesquisa, que la conducta delictiva se está por cometer o se halla en curso de ejecución».
– Pues nada -se resignó Mateos-, agua y ajo: a aguantarse y a joderse.
– Lo que nos está pidiendo la juez es que argumentemos por qué queremos intervenir los teléfonos que le hemos pedido. Sobre todo el de Marañón.
– Y yo necesito las escuchas telefónicas para poder determinar quién carajo tenía interés en cargarse a ese músico. O sea, que la investigación acaba de entrar en un círculo vicioso: yo no tengo escuchas porque no tengo un sospechoso claro y no tengo sospechoso porque no tengo escuchas. ¡Hay que joderse con la legislación tan garantista que tenemos en este país!
– He conseguido bastante información sobre el testamento de Thomas.
– ¿Ahora me lo cuentas? Antes, aclárame una cosa mucho más importante. ¿De qué sabes tú francés?
– ¿Lo dices por lo del otro día con la hija de Thomas? Fueron dos palabritas de nada, jefe.
– Eso no es cierto, tenías hasta buen acento. ¿Dónde lo has aprendido? Me voy a apuntar a la misma academia.
– Viví hasta los diez años en Túnez. Mi padre era el chófer de la embajada española.
– Ya me parecía a mí que eras muy morenito de piel. Con que Túnez, ¿eh? ¿Y por qué no me lo habías dicho?
– Jefe, si quieres te cuento ahora mismo mi vida en cinco minutos. Después de estar destinado en Túnez…
– En otra ocasión. ¿Qué pasa con el testamento de Thomas? ¿Sabemos ya si la hija es la beneficiaria?
– El testamento está en Nueva Zelanda. Habrá que pedirle a la juez que solicite una comisión rogatoria para que desde allí nos manden copia autentificada del documento.
– Cojonudo, eso igual tarda tres meses. ¿Has averiguado algo más de la hija?
– Se llama Luciani porque lleva el apellido de la madre, que es corsa. En Córcega casi todos los apellidos son italianos: Casanova, Agostini, Colonna. Su madre se separó de Thomas nada más nacer ella. Tiene treinta y un años. Aunque no los aparenta: ¡qué pelo, qué piel!
– Tus apostillas erótico-festivas sobran. ¿Qué hace en España?
– Había venido para el concierto de su padre, normalmente reside en Ajaccio, Córcega.
– ¿A qué se dedica?
– Dirige un centro de musicoterapia.
– ¿Tiene coartada?
– Sí. El conserje me ha dicho que le entregó la llave de la habitación sobre las once y media de la noche. Pero es que además he hablado con esos amigos suyos, los príncipes Bonaparte, y me han dicho que Sophie Luciani estuvo con ellos hasta las tres de la mañana.
– ¿Hasta las tres? ¿Haciendo qué?
– De palique, supongo.
– Qué oportuno. Se publica en la prensa que Thomas murió entre las dos y las tres y ya hay tres personas que tienen coartada justo hasta esa hora.
– Jefe, ¿es que sospechas de la hija? Ya la viste el otro día, si se vino abajo al ver a su padre… Además…
Aguilar titubeó unos instantes y finalmente, temeroso de la reacción que podría tener su jefe, optó por dejar la frase inconclusa.
– ¿Además, qué?
– Nada, era una tontería.
– En una investigación criminal, hasta la más pequeña chorrada puede ser de utilidad. Termina la puñetera frase.
– Solo iba a decir que yo creo que la belleza y la bondad van estrechamente unidas.
– ¿Qué insinúas? ¿Que porque está buena no pudo hacerlo? Ni siquiera me voy a tomar la molestia de rebatirte esa insensatez.
– Yo ya sabía que te iba a parecer una chorrada. Pero como has insistido…
– La próxima vez, aunque te lo suplique de rodillas, te quedas callado. ¿Algo más?
– ¿Te acuerdas de que el otro día en el laboratorio la hija de Thomas nos comentó que había ido al concierto en compañía de un amigo de su padre, un tal Delorme?
– Sí. ¿Has hablado con él?
– Le he citado para esta tarde en el hotel. Se aloja también en el Palace. Su nombre es Olivier Delorme, pero no era un amigo de Thomas, como nos dijo la Luciani. Era el amigo de Thomas.