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– Lo sé, y por eso estoy aquí. Ahora mismo esa es la única pista que tenemos para atrapar al asesino. En el lugar del crimen no se han encontrado huellas, ni pelos, ni fibras vegetales. El asesino conoce bien los métodos de la policía científica, ya que ha logrado algo muy difícil, que es no dejar rastro.

– El caso es que yo tengo una idea acerca del posible móvil del crimen.

Daniel le explicó al inspector Mateos la teoría, que en realidad era de Marañón, de que la partitura podía ser una especie de mapa que condujese hasta el manuscrito de la Décima.

– ¿Y en las últimas horas, ha llegado usted a alguna conclusión sobre lo que quieren decir esas notas?

– A ninguna en absoluto.

– Hábleme de ese Concierto Emperador-dijo el policía-. Lamento ser tan ignorante, pero le confieso que yo de Beethoven lo único que conozco es la Quinta Sinfonía. Y de la Quinta, creo que nunca he pasado de las cuatro primeras notas: pa – pa – pa – paaaam.

Nada más terminar el inspector de tararear el más famoso motivo musical de toda la historia, Daniel experimentó una súbita revelación, como si fuera Arquímedes cuando comprobó que el agua de la bañera de su casa se desbordaba al ser desplazada por el volumen de su propio cuerpo.

– ¡La Quinta Sinfonía! ¿Pero cómo he podido estar tan ciego?

El inspector se dio cuenta de que Daniel acababa de atar algún cabo importante, aunque no podía sospechar ni de lejos la trascendencia que iba a tener su descubrimiento en el transcurso de la investigación.

– ¿He dicho algo que le haya podido ser de ayuda?

– ¡La partitura… se trata de una clave Morse! -exclamó Daniel con gran convencimiento-. ¡Por eso Thomas cambió los valores de las notas!

– Perdone, pero a mí, que soy lego en la materia, me lo tiene que dar más mascadito. ¿Qué quiere decir con lo de la clave Morse?

– Cuando ha entonado el comienzo de la Quinta Sinfonía me ha venido a la memoria que durante la Segunda Guerra Mundial, los aliados utilizaron esas cuatro primeras notas para infundir ánimos a las tropas. Pa – pa – pa – paaaam, tres corcheas y una blanca, tres notas cortas y una larga. En Morse serían tres puntos y una raya, lo que equivale a la letra V de la victoria. Se trata de un episodio bélico-musical muy conocido. Se da usted cuenta de la ironía, ¿no? Un compositor alemán, adorado por el Führer, utilizado por la BBC como indicativo de la emisora antes de cada parte de guerra.

– ¿Tiene por ahí las notas de la cabeza?

Daniel sacó de la americana un papel arrugado con el pentagrama de Thomas. Lo apoyó sobre la mesa, lo giró para que el inspector lo viera al derecho y empezó a indicarle con el dedo cómo estaban agrupadas las notas en la partitura.

– ¿Se da cuenta? La melodía no fluye, como en el concierto original de Beethoven, sino que está todo el tiempo entrecortada por esos signos de ahí, que son los silencios.

– ¿Se refiere a esos signos verticales que parecen banderolas?

– Exacto. Actúan de separadores de las letras, que son los grupos de notas. Vamos a ver qué signos Morse son y luego veremos a qué letras corresponden:

»4 cortas y 1 larga – 2 largas y 3 cortas – 2 cortas y 3 largas – 5 largas – 1 corta y 4 largas – 3 cortas y 2 largas – 2 cortas y 3 largas y 5 largas.

»En total hay ocho signos. ¿Conoce el alfabeto Morse?

– Nos lo hacen aprender para ingresar en el Cuerpo Nacional de Policía, pero debo confesarle que lo tengo bastante abandonado.

Daniel se levantó de la silla y después de bordear la mesa, se fue a colocar junto al inspector Mateos para poder tener acceso al ordenador. Aunque Daniel hubiera sido incapaz en ese momento de decir si la colonia que llevaba el inspector era barata o cara, de lo que sí estaba seguro es que se había echado en exceso. Sin ser desagradable, era una colonia que Daniel no se hubiera atrevido a ponerse jamás, porque olía a señor mayor adinerado, más tendiendo a notario que a registrador de la propiedad.

– Ganamos tiempo si en vez de esperar a que haga usted memoria, buscamos en Google el código Morse.

Al cabo de pocos segundos tuvieron ante sí una página que explicaba a qué letras del abecedario correspondían los signos Morse y, para sorpresa de ambos, se encontraron con que las notas de la partitura no equivalían a letras sino a números. Cuando Daniel terminó de transcribir los ocho caracteres que incluía la partitura se encontró con las siguientes equivalencias.

– El código encriptado en la partitura consta pues de ocho números: 4, 7, 2, 0,1, 3, 2, 0 -dijo Daniel.

– ¿Y tiene usted idea de lo que pueden significar esos números? -dijo desconcertado el policía.

– Ni la más remota. Claro que yo no soy matemático; igual se trata de una serie conocida, como la de Fibonacci.

– Ha leído demasiadas novelas de misterio. Lo más probable es que se trate de algo mucho más vulgar, como un número de teléfono.

– Thomas no era una persona vulgar, por lo que no podemos descartar ninguna hipótesis, ni siquiera la de que se trate de numerología. ¿Sabe en qué consiste?

– No tengo ni la más remota idea.

– Me extraña, porque ahora la televisión está plagada de programas sobre estos temas y algunos están muy bien hechos. La otra noche, por ejemplo, estuvieron hablando del número de la Bestia, el 666, que es parte de la numerología hebrea.

– Ah, sí, lo vi empezar, pero me aburrió y cambié de canal. Llegué a entender que 666 es, encriptado, el nombre de Nerón, pero no llegué a enterarme muy bien de por qué.

– Es que es muy complicado. Los antiguos judíos hacían corresponder a cada letra de su alfabeto un número determinado. Las diez primeras letras son los números del 1 al 10. Las siguientes van del 20 al 100. Y las restantes del 200 al 900. La N inicial de Nerón, por ejemplo, es 50. La R es 200…

– Se ha saltado la E.

– Los pueblos semitas no escriben las vocales. Así que Nerón Cesar, en arameo, se escribe nrwn qsr, cuyos números sumados dan la bonita cifra de 666. La bestia era Nerón porque perseguía a los cristianos.

El inspector Mateos empezó a impacientarse, aunque en su siguiente pregunta trató de controlar el tono de voz para que no se le notara:

– Pero ¿y qué aplicación concreta tiene todo esto a la serie que tenemos entre manos?

– La afición a convertir palabras en números no se da solo entre los antiguos hebreos, también es frecuente entre los músicos. Bach, por ejemplo, que era muy consciente del valor simbólico de determinadas cifras, se dio cuenta de que las letras de su nombre, sumadas, daban 14. B = 2, A=1, C = 3, H = 8.

– Continúe, por favor. Ahora sí creo que nos estamos aproximando a algo.

– Bach convirtió el número 14 en una especie de firma. Se dice que cuando le ofrecieron pertenecer a la Sociedad Musical más prestigiosa de Leipzig, él demoró el ingreso hasta estar seguro de que le iban a asignar el número 14. Y en el cuadro que se hizo para colgarlo en la mencionada institución, posó con una chaqueta en la que había 14 botones.

– Los números de la partitura son 4720132 0. ¿A qué letras corresponden?

– Todo depende del valor que le demos al cero. Si la A es 1, el cero no tiene correspondencia, por lo que me inclino a pensar que podría ejercer la función de separador o espacio en blanco, como hemos visto que hacen los silencios en la partitura. Por lo tanto, tendríamos un primer grupo de tres letras, D H B, y un segundo grupo de otras tres, A C B.

– Eso parece la matrícula de un coche.

El inspector Mateos se puso en pie con la clara intención de marcharse.

– Está resultando de inestimable ayuda, señor Paniagua. Voy a facilitarles estos números a los criptógrafos de la policía, a ver si ellos sacan algo en limpio. Y vuelvo a insistir en que, independientemente de los informes que le pida Su Señoría, es imprescindible para la buena marcha de la investigación que toda información valiosa relacionada con este caso se la comunique simultáneamente a la policía.