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– ¿Le vas a llamar tú?

– Creo que le toca a él mover ficha. Claro que si dentro de una semana no ha dado señales de vida, tendré que hacerlo yo, porque tengo que tomar una decisión.

– Retírate un poco el pelo de la cara, por favor. ¿Crees que te llamará?

– No tengo ni idea. La última vez que hablé con él ya estaba como en otro mundo.

– ¿Qué tal le va con su libro sobre Beethoven?

– Incluso el libro, que ya le tenía absorto, ha pasado ahora a segundo plano. Ahora lo único que le preocupa es el manuscrito de la Décima Sinfonía y la resolución de un enigma musical que le ha planteado la juez que instruye el caso Thomas.

– Ah, sí, he leído los periódicos. Siguen sin atrapar al que lo hizo.

Tras distanciarse del lienzo unos pasos para contemplar su obra más globalmente, Marie-Christine dejó súbitamente los pinceles sobre el caballete y luego le acercó a su amiga un kimono de color turquesa para que se cubriera. Después dijo:

– Ya me he cansado, no estoy hecha para pintar cuadros tan planificados.

– ¿Puedo ver cómo vamos?

– Ni soñarlo. Pero lo verás pronto, calculo que terminaremos dentro de un par de sesiones. Te he preguntado por el libro de Daniel porque esta mañana, navegando en internet, he descubierto algo que estoy segura de que le va a interesar.

Cuando Marie-Christine le mostró a Alicia el recorte de prensa que había impreso hacía unas horas, comprendió que, a pesar de la crisis, tema que enviarle inmediatamente un e-mail a su novio.

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Alicia no quiso que Daniel supiera que el e-mail era suyo, por lo que creó una cuenta llamada ludwig10@hotmail.com y le envió el mensaje anónimamente. A continuación consultó en una página de trucos en internet cómo enviar un sms sin revelar el número propio y le avisó de que tenía un correo sobre Beethoven.

Daniel fue derecho al ordenador y cliqueó en la pestaña de enviar y recibir mensajes. Tras el spam, llegó un archivo ejecutable de su colega Villafañe, que prefirió no abrir, ya que solían decepcionarle bastante las bromas de internet que este había cogido la costumbre de enviarle por correo y, por último, apareció en la bandeja de entrada el mensaje de Alicia. En la casilla «Asunto» ponía:

Descubierto nuevo cuadro de Beethoven.

Y el cuerpo del mensaje decía:

DESCUBIERTO UN RETRATO DE BEETHOVEN DONDE EL COMPOSITOR APARECE SONRIENDO.

Actualizado viernes 25/09/2007 23.37 (CET)

EFE

MUNICH. Este año se conmemora el 150 aniversario de la muerte del pintor alemán Joseph Karl Stieler, un famoso retratista de la escuela neoclásica que trabajó, entre otros, a las órdenes del rey Luis I de Baviera. Con este motivo se inauguró en Munich, ciudad en la que falleció el artista, una exposición que recoge cincuenta obras del pintor.

El comisario de la muestra, el profesor de historia Hans Rottenhammer, decidió crear un catálogo de la obra completa de Stieler y verificar la autenticidad de todas sus pinturas. El mayor atractivo de la exposición y la gran sorpresa para el mundo artístico alemán ha pasado a ser el retrato del compositor Ludwig van Beethoven, a quien Stieler ya había inmortalizado en 1820. El cuadro recién descubierto, que se creía que era el retrato de un médico o de un rabino, proviene de la colección privada del príncipe Louis-Pierre-Toussaint-Baptiste Bonaparte, heredero al trono de Francia y descendiente directo de Napoleón Bonaparte.

«El retrato posee todos los rasgos típicos del estilo tardío de Stieler, sus características pinceladas y una exquisita selección de los colores» -afirmó el profesor Rottenhammer. De los aproximadamente quince retratos que se conservan de Beethoven, este es el único en el que el siempre malhumorado genio aparece sonriendo, por lo que nadie había pensado hasta ahora que pudiera representar al sordo de Bonn.

La noticia reproducía a pequeña escala el retrato de Beethoven, pero a pesar del reducido tamaño, la sonrisa del músico era claramente perceptible. Era un gesto burlón y misterioso, que recordaba el rictus enigmático de La Gioconda de Leonardo.

Daniel intentó buscar en internet alguna otra página relacionada con la aparición del cuadro, pero la noticia era muy reciente y todavía no había causado un gran revuelo en la prensa electrónica. Entró en la sección de alertas de Google y creó media docena de ellas, para que le avisaran de cualquier noticia que se publicara en internet sobre la pintura, que le pareció fascinante. La mirada de Beethoven era tan expresiva que en ese mismo instante decidió que esa iba a ser la portada de su ensayo sobre el músico. Luego consultó las páginas de los principales museos de la ciudad y averiguó que la exposición se había montado en la Neue Pinakothek, un edificio espléndido que había sido destruido durante la Segunda Guerra Mundial y vuelto a levantar en 1981, según un diseño de Alexander von Branca. El museo era el más importante del mundo en lo tocante a pintura del siglo XIX. El merchandising de los principales museos de la ciudad estaba centralizado a través de una institución llamada Cedon Museum Shops, y Daniel comprobó con satisfacción que en la página web de la tienda no solo era posible comprar el póster del cuadro sino también el catálogo de toda la exposición, e incluso una alfombrilla para el ratón. Añadió los tres artículos al carrito de la compra y comprobó con desagrado que le facturaban casi cien euros por el lote; pero el material era tan valioso para él que cursó la orden de igual modo.

¿Quién le habría mandado de forma anónima la noticia sobre el cuadro? Era evidente que se trataba de un retrato tardío de Beethoven, tal vez pintado en el último año de su vida, aunque era imposible afinar tanto partiendo de una pintura. ¡Qué rabia que no se hubiera tratado de una fotografía! Pero Beethoven había fallecido en 1827, a los cincuenta y seis años, y la primera fotografía permanente de la que se tiene noticia fue tomada justo en esa época por el inventor francés Nicéphore Niépce después de una exposición continuada, a plena luz del sol de ¡ocho horas! Evidentemente se trataba de la fotografía de una casa, puesto que ningún ser humano hubiera podido permanecer inmóvil para posar durante tanto tiempo, y menos el inquietó e irascible Beethoven.

Daniel volvió a mirar intrigado la pequeña fotografía del cuadro que habían incluido en la página web. ¿Qué hacía Beethoven sonriendo en la recta final de su vida, cuando para él era todo angustia, frustración y enfermedad? ¿Era una licencia poética del pintor o realmente ese cuadro reflejaba el estado anímico del genio en el momento en el que fue retratado? No era solo un rictus risueño en la boca, Daniel también se había percatado de que el entrecejo de Beethoven, normalmente crispado en otros cuadros en un gesto amenazador de conmigo-no-se-juega, yo-soy-el-que-ha-agarrado-al Des-tino-por-el-cuello, estaba, en este retrato, completamente relajado, lo que hacía que el músico sonriera también con la mirada.

La vida de Beethoven, ya desde su más tierna infancia, no había sido precisamente un camino de rosas, pues su padre, además de un gran amigo de la botella, fue un músico mediocre, con una actitud muy ambivalente hacia su prodigioso vástago: por un lado deseaba que el joven Ludwig se convirtiera en un gran pianista y compositor, con objeto de colgarse la medalla de haber traído al mundo a un segundo Mozart, y por otro intentaba frenar sus progresos musicales de adolescente para no sentirse él mismo eclipsado como músico en la corte de Bonn, donde se ganaba la vida con más pena que gloria. El miedo a que su hijo desarrollara en exceso su talento se ponía de manifiesto siempre que le sorprendía improvisando al piano.