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– ¿Otra vez esos jueguecitos? -solía decirle en tales circunstancias-. ¡Levántate del piano o te arranco las orejas!

Y eso que la capacidad para improvisar, a diferencia de lo que ocurre con los pianistas de hoy en día, que viven atados a la partitura, era, en aquella época, una de las condiciones sine qua non para granjearse una reputación como virtuoso, y un arte en el que, a pesar de la represión paterna, Beethoven sobresalió en grado sumo.

Pero aunque la niñez fue dura, el auténtico infierno en la vida del genio se desencadenó justo en los últimos años de su existencia, por lo que la enigmática sonrisa del cuadro era, para Daniel, aún más inexplicable. La etapa final del compositor había estado marcada, por ejemplo, por una lucha titánica y despiadada contra su cuñada Johanna por obtener la custodia del hijo que esta había tenido con su hermano pequeño Karl Raspar, fallecido de tuberculosis en 1815.

La encarnizada disputa por su sobrino se prolongó durante cinco años, y aunque Beethoven logró al final que los tribunales le dieran la razón, el combate le dejó exhausto y amargado, entre otras cosas porque durante el interminable proceso judicial, Beethoven se vio obligado a confesar, en un humillante interrogatorio, que no era de familia noble y que el van de su apellido, de origen flamenco, no era un distintivo de nobleza como el von alemán. Este hecho le forzó a tener que ser juzgado por un tribunal de menor rango en vez de por el Landler, al que tenían derecho en la Viena de comienzos del XIX los miembros de la aristocracia.

Además de padecer pavorosas diarreas, que minaban sus energías y su creatividad y le obligaban a gastar dinero en médicos y balnearios cada dos por tres, la sordera se había hecho prácticamente definitiva a partir de 1816, después de un lento y agónico proceso, que había empezado hacia 1795, durante el cual el músico fue asistiendo impotente al lacerante e inexorable espectáculo de la degradación de su sentido más importante. Aunque artísticamente había alcanzado las cumbres más altas a las que puede llegar un compositor, Beethoven también se encaminaba hacia la muerte apesadumbrado por el hecho de no haber logrado todavía escapar a la etiqueta de ser un «músico de músicos», que solían colgarle sus más mediocres enemigos. Es decir, que sin negar su inmenso oficio ni su talento ilimitado, a Beethoven -y esto a él le dolía en lo más profundo- se le reprochaba en general que sus obras fueran tan intrincadas y difíciles, que solo podían ser disfrutadas y comprendidas por sus colegas. Esto se debió en gran parte a que, ya desde su llegada a Viena, a finales del siglo XVIII, el público de Beethoven estuvo constituido por una selecta camarilla de aristócratas vieneses, capitaneados por el príncipe Lobkowicz, que más que consentir, alentaba los experimentos musicales que llevaba a cabo en sus composiciones el joven prodigio. A esas soirées musicales, muy parecidas a la que había organizado en su casa Marañón para estrenar la Décima, acudían auténticos degustadores de música, con profundos conocimientos técnicos y ávidos de escuchar un repertorio distinto al que tenía acceso el populacho en los conciertos públicos, llamados Akademies. Cuando Daniel trataba de explicar a sus alumnos lo que habían hecho por el desarrollo de la música occidental las célebres veladas en el palacio de Lobkowicz, echaba mano del ejemplo de la televisión por cable.

– Esas magníficas series que tanto os gusta paladear en casa -solía decir Daniel en sus cursos-, de las que os compráis incluso temporadas enteras en DVD, se empezaron a crear en un canal americano de pago por cable llamado HBO, o sea, Home Box Office. El hecho de no hallarse sujeta a las presiones de los anunciantes, de estar destinada a un público de más poder adquisitivo y por lo tanto más cultivado, permitió a la cadena abordar sin complejos ni tamices políticamente correctos espacios dramáticos en los que el sexo, la violencia, las drogas, o el propio uso del lenguaje eran mucho más explícitos que en los canales convencionales. Sexo en Nueva York, Los Soprano, A dos metros bajo tierra…, fueron posibles porque sus creadores contaron con la simpatía y el apoyo de «príncipes televisivos» que les estimulaban a ensanchar y desafiar las fronteras convencionales del medio. Del mismo modo, si Beethoven no hubiera tenido su HBO musical, que eran los palacios de sus protectores vieneses, no hubiera podido jamás llevar a cabo las audacias tonales, melódicas y rítmicas que introdujo en sus composiciones desde su llegada a la ciudad imperial.

Esas audacias eran las que habían convertido a Beethoven en Beethoven y las que le había parecido a Daniel advertir en el fragmento de la sinfonía que había escuchado en casa de Marañón.

Era imprescindible conseguir a toda costa una grabación del concierto.

32

Doña Susana Rodríguez Lanchas tenía la inveterada costumbre, al salir de casa por la mañana, de abrir el buzón, coger las cartas que hubiera dentro, echarlas al bolso y abrirlas más tarde con tranquilidad, en su despacho del juzgado, durante alguno de los tiempos muertos que invariablemente se producían a lo largo de su jornada laboral.

Aquella mañana, al abrir un sobre con membrete del banco en el que tenía sus ahorros, se encontró con que, en vez de un extracto contable, lo que había dentro era un anónimo, confeccionado con el viejo sistema de pegar en el folio una serie de palabras recortadas de una revista. El texto decía:

HIJA DE PUTA, PON EN LIBERTAD A CACABELOS

O TE ARRANCAREMOS LA CABEZA

Anxo Cacabelos era el principal imputado en un complejo sumario por narcotráfico que la juez llevaba instruyendo desde hacía meses. La defensa de este capo gallego de las drogas, liderada por un turbio letrado capaz de cualquier maniobra que le posibilitara aparecer en los medios de comunicación, había pedido la libertad bajo fianza y la juez la había denegado ya en un par de ocasiones, argumentando riesgo de fuga y de reiteración del delito. Aunque doña Susana había oído hablar de un par de colegas suyos que habían sido amenazados en algún momento de su carrera por los familiares o amigos de un imputado, para ella este anónimo era su bautismo de fuego. Nada más leerlo notó cómo el corazón se le disparaba a ciento cincuenta pulsaciones por minuto, al tiempo que empezaba a faltarle el aire. Se levantó de la silla, abrió la ventana, inspiró una bocanada de aire fresco y se volvió a sobresaltar al oír cómo alguien a su espalda abría la puerta de su despacho sin llamar. Era el forense asignado al juzgado, Felipe Pontones, el único con la confianza suficiente como para irrumpir sin avisar en el sanctasanctórum de la magistrada. Cuando esta se volvió para saludarle, el médico se dio cuenta de que la juez estaba visiblemente alterada, por más que tratara de dominarse.

– ¿Qué ocurre, Susana?

La juez no dijo nada, se limitó a señalar con un gesto de la cabeza hacia la mesa sobre la que descansaba el anónimo que acababa de recibir. El forense, que estuvo a punto de coger con la mano la carta, se percató, un segundo antes de establecer contacto con el papel, de que el escrito era un anónimo y tras extraer un bolígrafo del bolsillo interior de su chaqueta, lo utilizó para, evitando el contacto con los dedos, girar el folio hacia él, de modo que le fuera más fácil leerlo.

– ¿Cuándo ha llegado? -preguntó con gesto grave.

– Lo acabo de abrir. Creí que era una carta del banco.

El forense examinó también el sobre bancario en el que habían metido el escrito amenazador, cuidándose otra vez de no establecer contacto directo con el mismo. -Estos hijos de puta saben tu dirección personal.

– Por eso me he puesto taquicárdica. El sobre estaba en el buzón de casa.