El forense desapareció unos instantes y volvió a entrar con su maletín de trabajo, del que extrajo unos guantes de látex que se puso antes de examinar con más detenimiento los papeles, y un par de bolsas de plástico para guardar pruebas, en las que acabó introduciendo el sobre y la carta.
– Como encontremos huellas, van a caer con todo el equipo -dijo el médico.
– No te hagas ilusiones, Felipe.
– Bueno, bueno, nunca se sabe. Conozco a un compañero en dactiloscopia que es capaz de encontrar huellas latentes hasta por medio de ultrasonidos. Y desde luego, hay que pedir hoy mismo al Ministerio de Interior que te pongan una escolta.
– Sí, sí, claro, una escolta -respondió la juez. Pero lo dijo en un tono de tan poco convencimiento, que provocó una reacción por parte del forense.
– Susana, que estos tíos no se andan con bromas.
– Ya lo sé. ¿Por qué habrán optado por las amenazas en vez de por el soborno? Con lo bien que me vendría en este momento un millón de euros.
– Es lo malo de tener fama de incorruptible, Susana.
La juez iba a replicar algo cuando fue interrumpida por un oficial del juzgado, que asomó la cabeza por la puerta entreabierta del despacho.
– Señoría, está aquí el inspector Mateos. Dice que solo le va a robar cinco minutos.
– Que pida cita. Ahora no puedo.
– Dice que es importante, Señoría.
– Que no, que pida cita y vuelva otro día.
El oficial se retiró, cerrando la puerta tras de sí, pero cinco segundos más tarde, tras dos golpes secos de llamada, se abrió otra vez la hoja y apareció el inspector Mateos.
– Señoría, perdone que la interrumpa.
– ¿No le acaba de decir mi oficial que es un mal momento?
– Es por el sumario Thomas, Señoría. Se trata de un caso de homicidio.
– Como si no lo supiera.
La juez se sentó resignada ante la persistencia de Mateos y se dijo a sí misma que lo más sabio era afrontar lo antes posible la molestia de escuchar al policía.
– A ver, dígame lo que tienen hasta ahora.
El inspector lanzó una mirada furtiva hacia el forense. Se le veía incómodo por tener que hacer confesión de su propia impotencia ante una tercera persona. Por fin dijo:
– Lo mismo que comunicamos en el primer atestado. La investigación se ha estancado.
– Pues entonces habrá que archivar el caso.
– Pero hay algo que no hemos hecho hasta ahora.
– ¡No me vendrá a pedir de nuevo que pinchemos teléfonos como si fueran aceitunas rellenas! Ya conoce la doctrina del Supremo sobre esta materia.
– La conozco, Señoría, pero también sé que hay una víctima mortal.
La juez rebuscó en los papeles de su mesa y cogió un auto de intervención telefónica que acababa de dictar hacía solo dos días, perteneciente a otro sumario. Luego, con tono algo burlón, que reforzó con una media sonrisa en el lado de la cara que no tenía paralizado, se dirigió al policía:
– Me han dicho que usted estudió derecho, inspector.
– Soy licenciado -mintió Mateos-. Ni siquiera llegué a colegiarme.
– Pues escuche, licenciado Mateos, a ver si hoy subimos otro escaloncito.
La juez empezó a leer su propio auto:
– «Deduciéndose de lo expuesto por la Brigada Provincial de Policía Judicial, Grupo de Homicidios n.° 6, que existen fundados indicios de que mediante la intervención y escucha de los teléfonos móviles, patatín y patatán, de los que es usuario el identificado como fulanito de tal, pueden descubrirse hechos y circunstancias de interés sobre la comisión de un delito de homicidio en que pudiera estar implicado el referido, es procedente ordenar la intervención.»
»Como ve, no me tiembla la mano cuando hay que suspender las garantías constitucionales. Pero, tal como exige nuestro ordenamiento jurídico, lo hago siempre motivadamente. El inspector Tinao, del Grupo n.° 6, al que usted sin duda conoce, vino el otro día a mi despacho y me facilitó indicios, no corazonadas.
– Señoría, don Jesús Marañón tiene una colección de instrumentos de tortura y ejecución en su casa, entre los que parece que hay una guillotina.
– ¿Cómo que parece? ¿Ni siquiera está seguro?
– Sí, estoy seguro.
– ¿Y eso es un indicio fundado de que pudo cometer el asesinato?
– A la víctima le cortaron la cabeza con una guillotina.
– En ese caso lo que procedería es una orden de entrada y registro, a ver si la hoja de la guillotina de Marañón coincide con la que cortó la cabeza de ese desgraciado.
– Muy bien, pues solicito una orden de entrada y registro.
– Denegada. Antes tengo que oír qué interés podría tener Jesús Marañón en asesinar a ese músico.
– Hay un musicólogo, Daniel Paniagua, con el que parece que usted ha hablado…
– ¿Qué pasa con él? -interrumpió secamente la juez.
– Estuve con él ayer por la tarde y asegura que las notas de la cabeza de Thomas son una clave Morse. Dice que corresponden a unos números.
– La primera noticia que tengo. ¿Me ha traído el atestado?
– No me ha dado tiempo, Su Señoría. Se lo estoy diciendo de palabra. Mañana a primera hora lo tendrá encima de su mesa.
– ¿Qué números son esos?
El inspector extrajo una libreta del bolsillo y la abrió por la página en la que tenía apuntadas las cifras que había obtenido Daniel. La juez estudió el papel con gran atención y luego dijo:
– Me parece un hallazgo muy interesante, pero a menos que estos números estén relacionados con don Jesús Marañón, no veo por qué tenemos que registrar su casa.
– Al menos concédame la intervención de su teléfono.
– Ya le he dicho que no.
– Solo durante una semana.
– Ni siquiera durante veinticuatro horas.
– Señoría, ¡si no se va a enterar!
Se produjo un silencio de estupefacción en el despacho, que fue interrumpido por una risita de suficiencia del forense.
La juez, en cambio, adoptó una expresión tan dura que el médico pensó que el policía iba a ser enviado de un momento a otro a los calabozos de los juzgados.
– Precisamente porque la persona a la que se priva del secreto de sus comunicaciones no puede defenderse es por lo que estoy yo aquí: para velar por sus intereses. Lo que tienen que hacer ustedes es trabajar más y mejor. Para que avance la investigación hay infinidad de cosas que pueden hacerse y que no implican dejar en suspenso las garantías constitucionales. Para empezar, resulta increíble que no hayan encontrado ustedes ni una sola pista en la zona donde se depositó el cuerpo.
– Eso depende de la policía científica, Su Señoría. Trabajamos con los informes que nos pasan, y su informe dice que no han encontrado rastros de pisadas, ni de fibras, ni de cabellos. -¿Y no hay nadie que haya visto nada sospechoso en la zona a la hora en que se depositó el cuerpo?
– Solo había prostitutas, la mayoría sin papeles, que tienen miedo de hablar con la policía, y clientes, que por razones obvias, también temen que pueda trascender que frecuentan la zona.
– ¿Han interrogado a la hija?
– Sí, Su Señoría, pero no aporta ningún dato de interés.
– Háganle un seguimiento. A ver con quién se ve, adónde va. Para eso no necesitan un auto. En el informe anterior decían que la víctima tiene una pareja homosexual, ¿no?
– Sí, es un súbdito francés llamado Olivier Delorme. Esperamos hablar con él esta misma semana.
– ¿Quiere decir que aún no le han interrogado?
– Ha tenido que ausentarse momentáneamente del país, Señoría.
– Estupendo. Los sospechosos se pasean a sus anchas mientras usted pierde lastimosamente el tiempo solicitando escuchas telefónicas a ciudadanos respetables. ¿Es que le tengo yo que decir cómo hacer su trabajo, inspector?