– No, Su Señoría.
– Si como resultado de sus pesquisas me trae algún indicio de que alguna de las personas a las que ha mencionado pudiera estar involucrada en el crimen, no tenga duda de que dictaré el auto que me pide. Felipe, explícale al inspector lo que entendemos en este juzgado por indicio.
– Creo que no es necesario, Señoría -dijo el inspector, visiblemente mortificado por el tono de suficiencia con el que le hablaba la juez. Pero el forense quiso aportar su granito de arena a la humillación que estaba sufriendo Mateos.
– El término indicio, inspector, proviene de latín indictum, que significa signo aparente y probable de que existe alguna cosa, y por lo tanto, es todo material sensible significativo que se percibe con los sentidos y que tiene relación con un hecho delictivo. Eso significa que…
Antes de que al forense le diera tiempo a terminar la frase el inspector se había marchado del despacho dando un portazo y dejándole con la palabra en la boca.
– No solo es ignorante, sino también maleducado -espetó el forense-. Susana, además de derecho, vamos a tener que enseñarle modales a este muchacho.
33
Jesús Marañón había sido informado por un compañero de logia, antes de que se publicara en la prensa, del descubrimiento de un nuevo retrato de Beethoven. El millonario no tuvo necesidad de solicitar el póster a través de internet, ya que se desplazó a Munich en su reactor privado y gracias a su dinero y a sus contactos, consiguió que le permitieran el acceso a la exposición de Stieler, cuando esta no se había abierto aún al público.
Ahora lo contemplaba embelesado en la soledad de una de las galerías de la Neue Pinakothek, recreándose hasta en sus más mínimos detalles, con la ayuda de una potente lupa.
Como las conexiones de Beethoven con la masonería aún no habían podido establecerse, y el millonario estaba ansioso por poder demostrar que el más grande músico de Occidente también había pertenecido a la hermandad, era vital llevar a cabo un examen minucioso del retrato, por si se habían incluido en él símbolos o referencias masónicas claras. El primer presidente de Estados Unidos, George Washington, por ejemplo, que había nacido cuarenta años antes que Beethoven, se había retratado a veces con un mandil masónico que le había regalado el general Lafayette. El mandil era un símbolo que tenía su origen en los primitivos delantales de trabajo de aquellos maestros constructores medievales que se dedicaron a levantar catedrales por toda Europa en tiempos pasados. Marañón intentó buscar, por ejemplo, en el retrato el característico suelo masónico, a cuadros blancos y negros, símbolo de la alternancia entre la luz y la oscuridad que es consustancial a todo proceso de aprendizaje, pero no encontró nada de ello. Tampoco divisó por ningún lado la escuadra y el compás, ni el ojo que todo lo ve, también considerados símbolos característicos de la hermandad. El retrato de Stieler estaba casi completamente centrado en la figura del maestro, que al igual que el famoso cuadro de Bach pintado en 1746 por Elias Gottlob Haussmann, sostenía en su mano derecha una pequeña partitura, tal vez alusiva a la obra que Beethoven estaba componiendo en ese momento. En segundo plano, detrás de la cabeza del músico, el único objeto perfectamente distinguible, por más que no estuviera conectado con la masonería, era un retrato de un anciano colgado de la pared de la estancia en la que posaba el genio. Marañón se preguntó por qué el cuadro había sido hallado en el palacio del único Bonaparte que tenía conexiones con la familia Thomas y decidió desplegar todo su poder y sus energías para tratar de averiguar si la aparición de la misteriosa pintura podía estar en relación con el manuscrito de la Décima Sinfonía de Beethoven.
34
A las dos horas de haber salido del juzgado, el inspector Mateos recibió una llamada del conserje del hotel Palace para comunicarle que Olivier Delorme ya estaba de vuelta en Madrid. El policía pidió al instante que le pusieran con la habitación de Delorme y este, en un tono muy educado y con pronunciado acento francés, le dio la dirección del lugar en el que iba a permanecer toda la mañana y donde, con mucho gusto, le atendería.
De camino a la cita con Delorme, el subinspector Aguilar, que tenía serias dificultades para estar más de un minuto seguido sin pronunciar palabra, empezó a darle conversación a su jefe:
– Delorme se gana la vida fabricando mesas de billar. ¿No te parece llamativo el hecho de que un hombre con la cabeza totalmente rasurada se dedique al billar? ¿Será una forma de hacer publicidad de su negocio?
Mateos sonrió por la ocurrencia del subinspector y luego le aclaró:
– Las razones por las que una persona se afeita la cabeza voluntariamente son muy variadas. Algunos lo hacen cuando empiezan a perder pelo, para disimular la caída del cabello. Pero hay otras personas que se la afeitan, simplemente, por seguir una moda. ¿Te acuerdas de finales de los noventa? Varios artistas de cine, como Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger, se rasuraron el cráneo y su gesto fue imitado por miles de fans en todo el mundo.
– ¿Habrá una conexión entre la cabeza afeitada de Thomas y la de Delorme?
– No lo creo, sería demasiado autoincriminatorio, ¿no crees? Lo más probable es que Delorme se la haya afeitado, o bien por las razones que te he mencionado, o simplemente para introducir un cambio en su vida, ya que algunas personas le dan la misma importancia al rasurado que a un cambio de vestuario.
– ¿Y si hace meditación trascendental? He leído que algunos monjes del Tíbet se la rasuran como señal de humildad y sumisión a su dios.
– ¿Qué has averiguado del negocio de Delorme? -preguntó Mateos para poner fin al coloquio sobre alopecia, que le estaba poniendo ya nervioso por recordarle que sus propias entradas avanzaban a un ritmo galopante.
– La relación calidad-precio de las mesas que fabrica este tipo -respondió Aguilar- es tan satisfactoria, que su firma, Billards Delorme, aunque radicada en París, recibe encargos desde todos los puntos de Europa. Por eso nos ha citado en un club de billar, jefe, porque acaban de hacerle un cuantioso pedido. El Club Isidro Ribas, con doce mesas de billar francés y dieciséis de billar americano, es el más importante de la ciudad. He hablado con uno de los socios y me ha dicho que han decidido sustituir sus viejas mesas, algunas de las cuales tenían más de veinte años de antigüedad, por los nuevos modelos que Delorme les ha ofertado. Así que nos vamos a encontrar a nuestro hombre supervisando el montaje y el nivelado del nuevo material.
Cuando Mateos y Aguilar entraron en el club se encontraron con una gigantesca superficie enmoquetada y despejada en su mayor parte, en la que eran perfectamente apreciables, por la diferencia de color, las marcas de las mesas que habían sido ya desmontadas. Vieron enseguida a Delorme, con su brillante cabeza rasurada, al fondo del local, acompañado de dos operarios, que enfundados en un mono azul, estaban llevando a cabo los últimos ajustes de las dos únicas mesas que habían tenido tiempo de instalar en lo que llevaban de mañana.
Un fuerte olor a pegamento para moqueta, que contaminaba todo el local, hizo que Mateos lamentara en el acto haber concertado la cita con el francés en semejante lugar, pero no había ya tiempo de dar marcha atrás, porque Delorme se había percatado de la presencia de los policías y comenzó a hacerles señas de que se acercaran hasta donde él estaba.
Como su jefe no había mostrado la placa al saludar al francés, Aguilar consideró oportuno, y hasta reglamentario, exhibir la suya a modo de identificación, pero lo hizo justo en el momento en que Delorme intentaba saludarle. El subinspector entonces se cambió la placa de mano para corresponder al saludo, pero este ya había desistido por completo del mismo, de modo que le dejó con el brazo en el aire. Para salir del paso, se erigió en voz cantante y dijo, usurpando la fórmula que solía emplear Mateos: