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– ¿Entendía de pintura?

– Ni una palabra. Pero en cuanto lo vio, les dijo a los príncipes que la pintura era un retrato de Beethoven. Cómo era un experto en la materia, en Beethoven, quiero decir, le creyeron a pies juntillas. Ahora, el príncipe lo ha cedido para una exposición en Munich.

– ¿Estás pensando lo mismo que yo, inspector?

– Pues sí: que si el príncipe Bonaparte tenía en su casa un retrato de Beethoven que nadie conocía, ¿por qué no iba a estar en su casa el manuscrito de la Décima Sinfonía?

37

Jake Malinak se había quedado de una pieza cuando Daniel Paniagua le había explicado por teléfono que la carta de Beethoven encontrada en la Escuela de Equitación podía estar dirigida a la mítica Amada Inmortal.

Para Jake, que no se consideraba ningún experto en el tema, la Amada Inmortal era, además de una célebre película en la que Gary Oldman daba vida al sordo de Bonn, una vieja leyenda de la que había oído hablar cuando estudiaba música en el Conservatorio. A la muerte del genio, en marzo de 1827, se encontraron en su escritorio dos documentos de suma importancia, cuya mera existencia era desconocida hasta para los más allegados a Beethoven. Uno era el «Testamento de Heiligenstadt», una especie de nota de suicidio en la que Beethoven les dice a sus hermanos que no puede seguir viviendo al saber que se va, a quedar sordo. Esta carta nunca fue enviada porque Beethoven se sobrepuso a su desgracia.

El otro documento fue la carta a la Amada Inmortal, una epístola llena de pasión a una mujer que no aparece identificada en el texto y que ha hecho correr ríos de tinta entre los expertos. En la carta no solamente faltaba el nombre de la mujer sino también el año y el lugar desde el que fue escrita. Afortunadamente, Beethoven sí puso el día y el mes, y en una de ellas incluyó también el día de la semana -lunes- lo que había permitido al gran investigador Maynard Solomon descartar casi con total seguridad a todas las posibles amantes conocidas del genio, excepto una: Antonia Brentano. Paniagua le había contado a Malinak que la carta a la Amada Immortal eran en realidad tres, escritas en poco menos de veinticuatro horas, cartas en las que Beethoven se dirige a ella por este epíteto, amada inmortal, asegurándole que es la mujer de su vida y que su amor le hace a un tiempo desgraciado y feliz, porque ni ella es enteramente suya ni él lo es de ella.

– Esa puede ser la razón -le había contado Paniagua por teléfono- de que Beethoven haya puesto en la nota que habéis encontrado «es mejor que no nos veamos por un tiempo». En la carta a la Amada Inmortal también se hace alusión a un obstáculo para su amor, probablemente el hecho de que ella estaba casada.

– Supongamos que se trata de la tal Antonia Brentano. ¿Quién era esta mujer?

– Vivió en Viena entre 1809 y 1812. Estaba casada con un rico comerciante de vinos de Frankfurt, con el que era muy desgraciada. Beethoven era amigo del matrimonio, e iba a casa de la pareja a dar serenatas de piano cuando ella estaba enferma, cosa que al parecer ocurría con cierta frecuencia. La carta a la Amada Inmortal tiene un tono tan melodramático probablemente porque Beethoven se había enterado de que la Brentano iba a abandonar Viena para establecerse en Frankfurt, con el marido.

– Hay una cosa que no entiendo -dijo Malinak-. Si Beethoven le remitió estas tres cartas a su amada ¿cómo es que luego aparecieron en su escritorio? ¿No deberían haberse hallado en poder de la mujer?

– Las cartas las envió Beethoven desde el balneario de Teplitz, donde estaba recuperándose de unos achaques, al balneario de Karlsbad, donde se encontraba el matrimonio Brentano. El músico se reunió con ellos en Karlsbad unos días más tarde y probablemente es allí donde Beethoven recuperó las cartas: era demasiado peligroso que ella las conservara durante mucho tiempo.

– ¿Cree que Antonia Brentano fue el gran amor de Beethoven?

– Solo le diré una cosa: en su escribanía, además de estos documentos que le he mencionado, aparecieron también dos retratos en miniatura. Uno era de Teresa von Brunswick -Para Elisa- y el otro de una mujer que coincide con los rasgos de la Brentano.

– Ya, pero ¿cuál es su corazonada?

– Si Beethoven era masón, es difícil que aceptara tener una relación amorosa con la mujer de un amigo, porque los masones siempre hacen hincapié en las virtudes morales del individuo. Pero también se ha hablado de la conexión de Beethoven con los Illuminati, cuya posición acerca del adulterio a lo mejor era diferente.

– Y si la carta de Beethoven encontrada aquí en Viena está dirigida a la misma mujer, ¿por qué aparece en la Escuela de Equitación?

– Hay una cosa que no le he mencionado y que tampoco debemos descartar. En 1911, la revista Die Musik Publik publicó una cuarta carta a la Amada Inmortal que causó un enorme impacto entre todos los aficionados a la música. Pues bien, a los pocos días se descubrió que era falsa y que tal carta había sido una broma de esta publicación.

– Pero la carta encontrada en la Escuela de Equitación es auténtica, lo ha confirmado la policía. Y además hay un segundo hecho que ni siquiera hemos empezado a comentar todavía: junto a la carta había otro objeto, que llevaba ahí infinidad de años, y que perfectamente podría ser una partitura. ¿Cree que alguien podría haber encontrado en ese lugar la Décima Sinfonía de Beethoven, que según me ha contado, descubrió ese musicólogo?

Paniagua no llegó a escuchar el final de la pregunta. Estaba demasiado distraído recordando que Jesús Marañón había ofrecido medio millón de euros a quien le facilitase el paradero del manuscrito de Beethoven.

38

El hotel Petit Carlton era uno de los muchos hoteles que la cadena Petit Palais había inaugurado recientemente en la ciudad. Los empresarios que la explotaban se dedicaban a restaurar viejos y destartalados inmuebles, que los propietarios no querían o no podían -por desacuerdos familiares, por ejemplo- poner a la venta, los alquilaban por muchos años, y los convertían en hoteles de diseño. El Carlton, en concreto, estaba situado en una antigua fonda del siglo XVII, totalmente reformada, y conseguía conjugar el sabor de las posadas de hace cuatrocientos años con las comodidades y adelantos técnicos del siglo XXI.

Desde que se inauguró el primero de estos hoteles, Mateos, cuyas aventuras amorosas eran muy frecuentes, siempre había deseado entrar a ver uno por dentro, para comprobar si el establecimiento era lo suficientemente coqueto para ser escenario de futuras citas, y el encuentro con Bonaparte le proporcionó un excelente pretexto para satisfacer su curiosidad. Tal vez por eso, el inspector no quiso que, en esta ocasión, le acompañara Aguilar, cuyos comentarios sobre el erotismo en general y el sexo débil en particular le parecían ridículos y siempre fuera de lugar.

El príncipe le había pedido que el rendez-vous fuera en algún lugar del centro, pues se había visto obligado a acompañar a su esposa a la maratoniana sesión de compras que esta iba a llevar a cabo aquella tarde y el inspector propuso la cafetería del Petit Carlton por hallarse en pleno corazón del barrio de compras como lugar de encuentro. Encontró al francés, en compañía de su esposa, en la cafetech del hotel, saboreando un Bloody Mary al que ya le quedaban solo un par de tragos. Cuando el inspector se acercó, los príncipes se pusieron en pie y le estrecharon educadamente la mano.

Antes siquiera de que Mateos pudiera entrar en materia se aproximó un camarero con aspecto de zombi haitiano y le preguntó qué deseaba tomar. El policía le pidió un vodka con hielo, aunque se lo tuvo que repetir tres veces, ya que el barman, cuyos ojos tenían una preocupante tendencia a quedarse en blanco, y que llevaba colgando de las muñecas alrededor de media docena de pulseras con abalorios, parecía tener la mente absorta en un ritual de vudú. Mateos estaba seguro de que si le hubiese preguntado el nombre en ese instante, este habría respondido que se llamaba Chantilly.