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– International Bank Account Number -respondió inmediatamente el forense, antes de que Daniel pudiera contestar. Se trata de una serie de caracteres alfanuméricos que identifican una cuenta determinada en una entidad financiera en cualquier lugar del mundo.

– La primera fila corresponde a un IBAN español -continuó la magistrada-. Las letras es nos dicen que la cuenta está en España, luego hay dos dígitos de control del IBAN y a continuación los veinte números de la cuenta.

La segunda fila es un IBAN austríaco, at son las siglas para Austria, luego dos dígitos de control, cinco números para identificar el banco, y once para la cuenta corriente.

– Veinte caracteres en total -dijo el forense-. En la cabeza de Thomas hay ocho números. ¿Dónde están los otros doce caracteres?

52

Viena, noviembre de 1826

Ocho meses después de que Beethoven conociera a la joven Beatriz de Casas en las dependencias de la Escuela Española de Equitación, ambos se habían convertido en amantes.

El pretexto para empezar a verse sin despertar demasiadas habladurías -la diferencia de edad entre ambos era de más de treinta años- fue relativamente sencillo. Era conocido en todo Viena que Beethoven tenía por costumbre anotar las ideas que se le iban ocurriendo mientras paseaba en unas libretas de apuntes que llevaba consigo siempre que no estaba en casa. Los fragmentos de temas o los simples motivos de tres o cuatro notas estaban, la mayor parte de las veces, escritos a lápiz y en una caligrafía que hasta el propio autor debía de tener a veces problemas en descifrar. Dado que Beatriz era alumna del Conservatorio, a Beethoven no le fue difícil convencer a su padre de que necesitaba la ayuda de un copista para pasar a limpio la ingente cantidad de material que su mente enfebrecida era capaz de garabatear cuando caía preso de un ataque de inspiración. De modo que, una vez resuelto el problema del caballo, que Beethoven acabó malvendiendo a un tercero para poder pagar a un acreedor, el músico pactó con Beatriz, con la aquiescencia plena de su padre, que era un gran admirador de su obra, que esta le visitaría tres veces por semana para trabajar como copista en su casa-estudio de la Schwarzspanierstrasse. Después de tantos años sin haber mantenido vínculos erótico sentimentales con ninguna mujer, Beethoven volvía por sus fueros, irresistiblemente atraído por la sensibilidad y el desparpajo de Beatriz, cuyas observaciones sobre los más variados temas le hacían sonreír frecuentemente, y que compensaban una apariencia física algo escuálida que la convertía en poco menos que invisible a los ojos de algunos hombres.

Beethoven estaba otra vez enamorado.

Incluso al propio compositor le hubiera resultado imposible decir, de habérselo preguntado alguno de los escasos amigos que formaban parte de su círculo de confianza, con cuántas mujeres, deslumbradas casi exclusivamente por su formidable talento musical, había mantenido algún affaire amoroso desde su triunfal llegada a Viena en noviembre de 1792. Su especialidad habían sido, sin duda, las alumnas de piano, entre las que había destacado con luz propia la jovencísima condesa italiana Giulietta Guicciardi. Cuando se enamoró de Beethoven tenía tan solo dieciséis años, y él le doblada la edad. Para el músico fue tan decisiva esa relación que decidió dedicarle a su amada quizá la más célebre de sus sonatas, la Claro de Luna. A su amigo el doctor Wegeler, Beethoven le contó en cierta ocasión por carta:

… no se puede usted ni imaginar qué triste y desolada ha sido mí vida durante los últimos años, en los que, para ocultar mi pérdida de oído, he tenido que apartarme cada vez más de la vida social y simular que soy un misántropo, cuando en realidad no lo soy. El gran cambio en mi vida ha venido de la mano de una encantadora y adorable jovencita que me quiere y a la que quiero. Por primera vez, después de dos espantosos años, tengo la sensación de que podría ser feliz gracias al matrimonio.

Beethoven tenía la sensación, en este momento concreto de su vida, de que Beatriz de Casas podía desempeñar el papel salvador que había jugado en su vida la joven condesa Guicciardi.

– ¿Por qué no llegaste a casarte con ninguna de las mujeres con las que todo Viena sabe que tuviste relación? -le preguntó una tarde a bocajarro Beatriz, mientras ayudaba al maestro a terminar de pasar a limpio el último de los siete revolucionarios movimientos de la que iba a ser su última y definitiva sinfonía.

Beethoven había permanecido en silencio casi toda la tarde, mientras rumiaba hasta los más pequeños detalles de instrumentación de la obra. Pero cuando leyó la pregunta de su amada, salió inmediatamente de su ensimismamiento.

– No hables mientras copias la música -le dijo el maestro tratando de cerrar el cuaderno de conversación privado con el que se solían comunicar dentro de casa-. Acabarás por cometer algún error y tendrás que rehacer la página entera.

– Ya que desde hace una semana no recibo compensación económica alguna por mi trabajo de copista -replicó ella reteniendo el cuaderno como pudo- podrías, al menos, mostrarte algo más comunicativo.

Beethoven se atusó su imponente melena, que ahora solía llevar más limpia y ordenada para tratar de agradar a Beatriz.

– Te pagaré los atrasos en cuanto cierre el acuerdo con mi editor para los próximos cuartetos.

Beatriz volvió a escribir: «¿Por qué no te casaste?».

– ¿Por qué no me casé? Tal vez porque no encontré a la mujer que me diera lo que me das tú. Debe de ser tu sangre gitana.

– Yo no soy gitana -aclaró ella-. Mi padre es del norte del país, de una ciudad llamada Bilbao, aunque nosotros la llamamos El Botxo, que quiere decir «el agujero».

– ¿Se trata de una ciudad subterránea?

– No, es porque está rodeada de montañas.

– Botxo, Bonn, nuestras dos ciudades de nacimiento empiezan con b. ¿Os llaman bocheros?

– O chimbos, por los pájaros que viven en la zona. ¿Por qué te llaman a ti el español negro? ¿Tienes tú sangre española?

– Si quieres saberlo, no te queda otro remedio que venir aquí -le dijo Beethoven palmeándose los muslos, en un tono que tenía mucho de lúbrica insinuación. Beatriz permaneció en su silla, como desconfiando.

Al músico le hizo gracia la actitud recelosa de la chica:

– ¿De qué tienes miedo?

– No es miedo, es que hay un tiempo para cada cosa. Ahora estamos hablando. Y no me has respondido a la pregunta que te hice antes, ¿por qué no llegaste a casarte?

A Beatriz ni siquiera le hizo falta escribirle de nuevo la pregunta; Beethoven entendió perfectamente que ella estaba insistiendo en la cuestión y que esta vez se iba a salir con la suya.

El músico permaneció en silencio durante medio minuto, bajo la mirada expectante de Beatriz. No es que se estuviera negando a contestar, sino que estaba dándole forma en la cabeza a la respuesta, para tratar de evitar alguna palabra que pudiera herir los sentimientos de la mujer. Después añadió:

– Para mí, la música es lo primero.

La frase pareció llenar de indignación a Beatriz. -Eso es una estupidez.

– Ya sabía yo que no teníamos que hablar de este asunto. Anda, termina de pasar a limpio los compases que te quedan.

– No, quiero que me aclares la frase «para mí la música es lo primero». ¿Es que Bach no estuvo casado y tuvo veinte hijos?

– Sí, pero…

– ¿Y Mozart? ¿Y Haydn? Todos estuvieron casados, a ninguno se le ocurrió rechazar el matrimonio porque para ellos «la música es lo primero».

Beethoven fue a contestar, pero se quedó sin palabras.

– ¿Es que todas las mujeres que se han cruzado en tu vida eran arpías absorbentes y egocéntricas que lo único que pretendían de ti es que estuvieras pendiente de ellas las veinticuatro horas del día?