Выбрать главу

– Toma -le dijo a Beatriz, entregándole todo el material-. Ahora lo importante es que termines de pasar a limpio mi Décima Sinfonía. Llévate todo a tu casa y dentro de unos días yo me las arreglaré para recoger el manuscrito de la manera más discreta posible.

A Beatriz aquello le sonó a despedida definitiva.

– Prométeme que volveremos a vernos -dijo.

Beethoven no respondió, sino que agarrando una gran pluma de oca que reposaba sobre su mesa de trabajo abrió la partitura por la primera página y escribió, con muy buena caligrafía, las siguientes palabras en italiano:

Sinfon í a Decima in do minore Op. 139

composta per festeggiare la belt à della mia amata inmortale

y un poco más abajo, también en la misma lengua

Dedicata a Beatriz de Casas, i cui occhi ridenti e fuggitivi

ispirarono queste pagine.

Y sin que mediaran más palabras entre ambos, se despidieron allí mismo con un largo y apasionado beso.

53

Viena, diciembre de 1826

Beatriz de Casas terminó de copiar los últimos compases de la Décima Sinfonía de Beethoven una semana después de que su colérico padre hubiera irrumpido en el apartamento de Beethoven, derribándole al suelo y amenazándole con denunciarle a la policía de Metternich. Aunque no se habían vuelto a ver desde entonces, el compositor consiguió mandarle recado, a través del pequeño Van Breuning, de que no le devolviera el manuscrito, transgresor y disonante como pocos, pues Beethoven había quedado tan mortificado tras la experiencia de la Gran Fuga, que no quería volver a padecer una experiencia similar por nada del mundo.

La Gran Fuga había nacido inicialmente como el último movimiento de su Cuarteto para cuerda n.° 13, pero la pieza estaba tan erizada de escollos técnicos para los ejecutantes y tan plagada de disonancias y de cambios abruptos para los siempre convencionales oídos de los vieneses, que su editor le había implorado que escribiera un final alternativo -y sobre todo, más suave- para el cuarteto de cuerda.

Beethoven accedió, tras haber visto con sus propios ojos las caras de horror y repugnancia de los espectadores que acudieron al estreno del cuarteto, cuando tuvieron que escuchar la fuga. El músico les llamó imbéciles, pero consintió en quitarla de la versión definitiva, publicándola como obra aparte y sustituyéndola en el cuarteto por un movimiento más accesible.

El plan de Beethoven era que Beatriz custodiara la partitura hasta después de su muerte, y que la enviara luego a su editor para que la publicara como obra póstuma. No deseaba que la sinfonía permaneciera en su propia vivienda, pues estaba convencido de que su intrigante amigo Schindler hubiera sido capaz incluso hasta de destruir la obra para que esta no mancillara, como un garbanzo negro, raro y disonante, el resto del impecable ciclo sinfónico del compositor.

Lo cierto es que la Décima Sinfonía, además de tener una revolucionaria estructura de siete movimientos, que Beethoven no había empleado en ninguna de sus composiciones anteriores, contenía innovaciones musicales y audacias armónicas tan avanzadas como un solo de timbal en el scherzo de cinco minutos de duración o pasajes bitonales en el rondó final, en los que acordes superpuestos en las tonalidades de do mayor y fa sostenido mayor anticipaban los experimentos que un siglo más tarde llevaría a cabo Stravinsky en su ballet Petrushka. En el sexto movimiento, Andantino con variazioni, Beethoven había utilizado escalas pentatónicas y creado pasajes de tal ambigüedad tonal que bien podía decirse que la revolución que iniciara Debussy con Preludio a la siesta de un Fauno había comenzado en realidad con la Décima Sinfonía. En el segundo allegro con brío, había pasajes tan deliberadamente repetitivos -una misma melodía expuesta, con ligeras variantes, hasta treinta veces seguidas- que le convertían en un auténtico pionero del minimalismo. Los siete movimientos no estaban separados entre sí, como suele ser habitual en las sinfonías, sino unidos mediante cadencias de engaño y otros recursos técnicos, de los que Beethoven se había servido para convertir su última y monumental sinfonía en un continuo musical de una hora y media de duración. La Décima era una obra destinada a ser para siempre, en cualquier época que se la escuchase, una obra contemporánea.

Beatriz volvió a mirar orgullosa la dedicatoria de la primera página, que equivalía poco más o menos que a un título de propiedad del manuscrito, y escrutó minuciosamente su propio dormitorio, tratando de establecer cuál podría ser el mejor escondrijo en el que ocultar la partitura. No quería que su padre, que había pasado de la noche a la mañana de reverenciar a Beethoven a aborrecer hasta la última corchea de la más sublime de sus obras, encontrase el manuscrito y, cegado por la ira, lo arrojara al fuego. Por un momento pensó en guardarlo bajo llave en su escritorio, camuflado bajo otros documentos, pero llegó a la conclusión de que tarde o temprano, y para asegurarse de que ella y el músico no anduvieran carteándose, su padre realizaría un registro minucioso de todos los papeles de su alcoba. Después probó a meterlo entre el somier y el colchón de su cama, y decidió que ese sería, de momento, el mejor escondite provisional. Al agacharse para meter la partitura bajo su lecho se fijó en que uno de los pesados tablones que conformaban el suelo de madera de su habitación estaba ligeramente desclavado y trató de levantarlo con las manos, para comprobar el hueco que había entre este y los rastreles sobre los que descansaba todo el entarimado. Solo consiguió romperse una uña y clavarse una astilla en el pulgar, que tuvo que sacarse con la ayuda de una aguja de coser. Bajó entonces a la herrería, donde sabía que encontraría herramientas de las habitualmente empleadas para herrar y desherrar a los lipizanos, y se apoderó de un escoplo, un martillo y unas tenazas, con los que estaba segura que lograría levantar el tablón de marras.

No habían transcurrido ni treinta segundos desde que empezara a forcejear con la madera cuando su padre, atraído por los martillazos, entró sin llamar en la habitación.

Beatriz quedó totalmente petrificada y sin saber qué decir cuando su padre la sorprendió, de rodillas en el suelo, con una herramienta de herrero en la mano.

Tanto en el tono de voz como en la dureza de su expresión resultaba evidente que aún seguía enojado por sus relaciones clandestinas con Beethoven.

– ¿Se puede saber qué haces?

– Padre ¿por qué entra en mi habitación sin llamar?

Don Leandro de Casas hizo caso omiso de la pregunta de su hija y avanzó con paso decidido hasta situarse a dos palmos del tablón que esta trataba de levantar.

– ¿Un listón suelto? Yo estuve a un tris de matarme con uno de ellos el mes pasado. Le diré a uno de los mozos que suba a clavarlo.

– Ya puedo hacerlo yo, padre.

Don Leandro llevó a cabo un rápido e inquisitorial barrido visual de la alcoba de su hija y vio que la mesa estaba llena de partituras.

– He hablado esta mañana con herr Golerich y me ha dicho que tus progresos en armonía y contrapunto son muy notables.

Beatriz se dio cuenta, un segundo antes de responder, de que iba a meter la pata con lo que dijo:

– Es que tengo un buen maestro, padre.

El fantasma de Beethoven planeó durante unos instantes por la habitación. Luego, don Leandro frunció el ceño, dio media vuelta y cerró la puerta tras de sí, con un enérgico movimiento que estuvo cerca del portazo.