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Beatriz oyó los pasos de su padre bajando las escaleras, señal inequívoca de que se disponía a salir a la calle. Se asomó a la ventana para cerciorarse de que, efectivamente, estaba abandonando el edificio y hasta que no le vio alejarse unos metros, camino de la Heldenplatz, no reanudó su forcejeo con el tablón que estaba tratando de levantar.

Gracias a las contundentes herramientas que había conseguido en las cuadras, en cinco minutos logró desclavar un par de maderos y pudo comprobar que, efectivamente, había sitio suficiente entre la solera y el entarimado de la habitación para ocultar el voluminoso manuscrito de Beethoven. Sacó la partitura de debajo del colchón, la ocultó bajo el suelo, clavó otra vez los maderos e hizo una profunda marca en forma de B en uno de ellos, para acordarse del lugar exacto en el que había escondido el manuscrito. Cuando ya iba camino de las cuadras, dispuesta a devolver las herramientas a su sitio escuchó el relincho de un caballo proveniente de la gran explanada de arena donde los lipizanos deleitaban a los vieneses con sus tradicionales exhibiciones.

Aprovechando la salida de don Leandro, y desobedeciendo frontalmente sus instrucciones -el veterinario no quería que los jinetes sometieran a los caballos a un sobre esfuerzo inútil que pudiera ocasionarles lesiones y estrés-, François Robichon de la Guerinière había ensillado a Incitato II mientras llevaba a cabo un entrenamiento en solitario en el impresionante picadero cerrado donde tenían lugar las célebres exhibiciones de los lipizanos. El recinto, tan elegante y majestuoso que se había utilizado durante el reciente Congreso europeo para ofrecer ágapes y recepciones de gala a los mandatarios de los países participantes, era un rectángulo de color blanco, con balaustradas a lo largo de sus dos pisos de altura, de 55 metros de largo por 18 de ancho, que podía albergar a un total de diez mil espectadores. Por el día recibía la luz de las más de dos docenas de ventanales que había a los lados más largos del rectángulo, mientras que por la noche eran necesarias cientos y cientos de velas, fijadas en los brazos de cuatro gigantescas arañas colgadas de un techo que estaba a 17 metros de altura, para iluminar completamente la inmensidad de aquel gigantesco escenario. Todo el mundo en la Escuela Española de Equitación sabía que los entrenamientos de los lipizanos -que estaban abiertos al público- tenían lugar por la mañana y que estaba terminantemente prohibido que los jinetes los sacaran de nuevo a la arena por la tarde, sin la autorización expresa de don Leandro. Por eso, cuando Beatriz se asomó al picadero desde la balaustrada del piso inferior exclamó:

– ¡Como se entere mi padre, te vas a meter en un buen lío!

Robichon, que no había visto llegar a Beatriz, caracoleó sobre el caballo durante unos instantes y luego se acercó al trote hasta ella, exhibiendo su empalagosa sonrisa.

– ¡Beatriz! ¿Ya estás totalmente recuperada? Me había comentado tu padre que habías tenido algunos problemas de salud.

– No es mi salud lo que debe preocuparte, François, sino la de tu caballo. Mi padre…

– Tu padre sabe mucho de caballos, no lo niego -interrumpió el jinete en un tono de cierta dureza-, pero el que se pasa cuatro horas diarias a lomos de Incitato II soy yo.

– Lo sé pero…

– Déjame terminar. Soy yo el que queda en mal lugar cuando, como ocurrió la semana pasada durante la Grande Quadrille, el caballo no ejecuta a la perfección los movimientos que se le han enseñado.

La Grande Quadrille, que se llevaba a cabo con los dieciséis mejores lipizanos de la Escuela, era el número estrella del espectáculo, una especie de ballet ecuestre perfectamente coreografiado y ejecutado al compás de una orquesta de cámara de primera fila.

– Además -continuó-, cuando el caballo está agobiado o nervioso se nota inmediatamente. ¿Tú ves que Incitato tenga algún problema?

Beatriz permaneció un segundo en silencio y tras echar un rápido vistazo al caballo dijo:

– No, el caballo parece estar perfectamente. Pero quiero que lo devuelvas a la cuadra ahora mismo.

A Robichon le atraía el carácter fuerte de Beatriz, a la que consideraba una especie de yegua asilvestrada a la que él creía que iba a ser capaz de domar. Por eso dijo:

– Llevaré a Incitato a la cuadra inmediatamente con una condición: que te subas conmigo al caballo y me acompañes a devolverlo.

– ¿Crees que tengo miedo de subirme a un caballo? -dijo la chica muy resuelta.

– No, creo que es a mí a quien temes.

Beatriz dudó unos instantes.

– Con tal de no soportar a mi padre enrabietado durante una semana por que lo que le pueda pasar a Incitato, soy capaz de cualquier cosa. Espérame ahí, que bajo a la arena en un santiamén.

– Vamos, Beatriz, si estás a un paso de mí. ¿Acaso no te atreves a saltar desde la balaustrada?

– Hay tres metros de altura.

– No seas boba, yo te cojo.

Robichon acercó a Incitato a la pared y poniéndose ágilmente de pie sobre la silla de montar extendió los brazos hacia Beatriz para que esta se animara a saltar la balaustrada y se pusiera en sus manos.

– No llego -dijo la chica, que con una mano se estaba sujetando a uno de los balaustres y con la otra casi podía tocar las enguantadas puntas de los dedos del jinete-. Será mejor que no hagamos el idiota y que baje por la escalera.

– Tienes que confiar en mí y dar un pequeño salto -le contestó Robichon-. Claro que si tienes miedo…

Beatriz no estaba dispuesta a dar muestra de temor alguno delante del jinete y saltó decidida a sus brazos, en una maniobra que sorprendió al francés y que casi provocó la caída de ambos a la arena del picadero debido a un súbito movimiento de vaivén del corcel.

Una vez que estuvieron los dos de pie sobre el caballo, Robichon ayudó a tomar asiento a Beatriz y luego se sentó él delante, asiendo con firmeza las riendas de Incitato.

– ¿Estás bien? -preguntó el francés, como si él mismo no hubiera estado a punto de desnucarse un segundo antes.

– Claro que estoy bien. Anda, lleva a Incitato a su casa.

En el momento mismo en que Robichon hizo el gesto de picar espuelas para que el caballo se pusiera en movimiento, este, que no estaba acostumbrado a notar sobre el lomo el peso y los movimientos de dos personas, se encabritó bruscamente, y levantando las patas delanteras casi hasta la altura de la balaustrada, pilló desprevenida a Beatriz, que acabó rodando por el suelo.

Una caída como esa normalmente le podía costar a uno la rotura de la clavícula y de varias costillas, pero Beatriz se levantó inmediatamente, sacudiéndose la tierra del vestido.

– ¿No te has roto nada? -preguntó preocupado el jinete, que se había bajado del caballo para ayudar a incorporarse a la chica.

– Me he dado una buena torta, pero mi padre me enseñó a caer del caballo desde muy pequeña y eso ha evitado que me rompiera la crisma.

– Este maldito Incitato todavía no ha aprendido cómo hay que tratar a una dama.

Robichon le dio un fuerte manotazo en el morro al caballo, a modo de castigo, cosa que este no se tomó muy a bien, porque descubrió los dientes y amagó con cargar contra el jinete.

– Y tú no has aprendido todavía a tratar a un caballo -dijo indignada Beatriz-. Lo que tienes que conseguir es que el animal sienta respeto y no temor por ti.

La chica se agachó para recoger las riendas del caballo, que colgaban ahora hasta el albero por la parte delantera del animal, y el caballo, que ya estaba a la defensiva tras el fenomenal guantazo que le había propinado Robichon, se asustó con el gesto y mordió a Beatriz en el cuello.

La herida fue tan leve que la hija de don Leandro, que temía además que el jinete se cebara de nuevo con el caballo pretextando que este la había agredido, le dio aún menos importancia de la que tenía.