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– Déjame ver qué te ha hecho -le insistió Robichon varias veces.

– Es solo un pellizco. Incitato no quería hacerme daño, sino mostrar su enfado por el manotazo recibido. Anda, llévale de una vez a su establo.

El jinete obedeció y se despidió de Beatriz, a la que no volvió a ver hasta al cabo de tres días, cuando se corrió la voz por la Escuela de que no se encontraba bien de salud.

Esta vez la dolencia de la chica era auténtica y no se trataba de ninguna estratagema de su padre para ahuyentar a los moscones que a veces la rondaban.

Beatriz empezó a quejarse de dolor al tragar líquidos y alimentos y de rigidez en la mandíbula y don Leandro hizo llamar inmediatamente al médico de palacio, que llevó a cabo un diagnóstico certero aunque tardío.

Aunque la clostridrium tetani -nombre latino con el que los científicos bautizaron la enfermedad del tétanos- no sería descubierta hasta finales del XIX, los médicos conocían desde la antigüedad la relación letal entre cierto tipo de heridas y la rigidez muscular que provocaban en el paciente. La infección tetánica, que casi siempre era mortal, y cuya vacuna no sería inventada hasta la Primera Guerra Mundial, estaba provocada por una potente neurotoxina, la exotoxina tetanospasmina, que penetra en las fibras nerviosas motoras periféricas hasta llegar al sistema nervioso central.

Al escuchar el diagnóstico, el padre, que sabía de sobra cómo se contraía la temible enfermedad -por más que esta no hubiera sido aún bautizada- y sus fatídicas consecuencias, se fue derecho hasta su hija, que comenzaba ya a retorcerse con los primeros espasmos musculares en el lecho del dolor y le dijo:

– Beatriz, esto es muy importante ¿te has hecho alguna herida en los últimos días?

– Ninguna, padre -respondió la chica con una voz muy débil, pues debido a la rigidez de los músculos, le costaba articular las palabras.

– Hace muy poco te vi manejando clavos y martillo en el suelo de tu habitación. ¿Estás completamente segura de que no te has pinchado con nada, especialmente con alguna punta oxidada?

– Estoy segura, padre. Solo tengo una ligera mordedura de caballo, aquí, junto al cuello.

Beatriz se retiró por un momento el pañuelo que había utilizado para taparse el bocado que le había propinado Incitato -algún malintencionado podría haber pensado que la marca en el cuello la había causado algún amante demasiado fogoso- y su padre vio, por vez primera, la herida que su hija se había preocupado tanto en ocultar.

– Eche un vistazo, doctor.

El médico inspeccionó la herida y confirmó que la infección había entrado por ahí:

– Es algún tipo de bacteria anaeróbica -anunció-. Si la herida sangra abundantemente, se lava con agua y jabón y luego se deja sin cerrar, es muy difícil que se infecte, porque estos microoganismo no pueden florecer en presencia de oxígeno. Pero veo que su hija ha llevado la herida tapada durante varios días, y aunque esta no es muy profunda no ha recibido la suficiente ventilación.

Don Leandro se tapó la cara con las manos en un gesto de impotencia y desesperación. Así permaneció un buen rato, y luego, sin importarle que su hija le escuchara, preguntó:

– ¿Va a morir, doctor?

El médico, violento ante el hecho de que se le forzara a emitir el pronóstico delante de la chica, no dijo nada. Don Leandro, al ver que este no contestaba, se levantó del borde de la cama donde estaba sentado, y agarrándole con furia de las solapas lo zarandeó violentamente:

– ¡Conteste, matasanos! ¡Le he preguntado si va a morir!

Beatriz, a la que la reacción violenta del padre le recordó en el acto el lamentable incidente ocurrido días atrás con su amado Beethoven, intervino para que cesara el maltrato:

– ¡Padre, él no tiene la culpa!

– Tienes razón -afirmó don Leandro soltando al médico, que se había tenido que poner de puntillas para evitar que le desgarraran la ropa-. ¡Dime qué caballo fue! ¡Dime cuál te mordió!

– Padre ¿qué vais a hacer?

– Voy a matar a esa bestia en este mismo instante. ¡Dime el nombre! ¡Ahora!

Aunque Beatriz hubiera querido delatar a Incitato y a su jinete, Robichon de la Guerinière, no le hubiera sido posible, porque en ese instante fue presa de un dolor abdominal tan intenso que parecía que le estuvieran practicando una cesárea sin anestesia.

El médico logró contener con láudano ese primer episodio de dolor pero no pudo hacer nada para evitar que los síntomas característicos de la enfermedad se fueran haciendo, a medida que pasaban las horas, cada vez más pronunciados y numerosos.

– Si el caballo no la hubiera mordido en el cuello, tan cerca del sistema nervioso central -confesó desolado el médico a don Leandro-, tal vez yo pudiera haber hecho algo. Pero ahora ya es demasiado tarde, la bacteria se ha adueñado por completo de su organismo.

Beatriz de Casas murió a las cuarenta y ocho horas de aquel primer diagnóstico, entre espantosas convulsiones y anoxia progresiva provocada por la paralización de los músculos respiratorios.

La capilla ardiente, a la que a Beethoven se le impidió el acceso, se llevó a cabo con el féretro tapado, pues la neurotoxina tetánica había dejado estampada en el rostro de la muchacha su firma siniestra: los músculos de la cara de Beatriz se habían contraído en una sonrisa sardónica, que producía escalofríos contemplar.

El destino quiso que Beatriz de Casas, la mujer que había inspirado a Beethoven la más revolucionaria de sus sinfonías, falleciera el 17 de diciembre. El compositor había nacido el mismo día, en 1770.

54

Doce números más. Eso era lo que separaba a Daniel, según la juez y el forense, de la caja de seguridad donde estaba escondida la partitura de la Décima Sinfonía. En algún banco austríaco, probablemente vienés, Thomas había guardado el manuscrito musical más importante de los últimos siglos y nadie tenía por el momento la clave para establecer de qué entidad se trataba. Faltaban doce números que, en teoría, estaban codificados en el tatuaje de la cabeza del músico asesinado y que Daniel Paniagua, por más que le daba vueltas al asunto, no era capaz de descifrar. ¿Y si la juez y el forense estaban equivocados y el resto de la clave estaba en otro lugar, por ejemplo, en un segundo tatuaje? Eso resultaba sumamente improbable, pensó, ya que el cuerpo de Thomas debía de haber sido revisado e inspeccionado por el equipo forense de Pontones hasta el último pliegue de su piel. ¿Y si el asesino había descifrado ya la clave y estaba ya a miles de kilómetros de distancia, con la partitura en su poder? En ese caso tendría que haberse presentado en el banco para retirar la partitura y los empleados de la entidad podrían dar una descripción pormenorizada de su aspecto físico. Cada vez le resultaba más claro que descifrar la partitura hasta el final era el camino para detener al criminal que había decapitado al musicólogo.

Lo primero que hizo al salir del despacho de doña Susana fue llamar a su amigo Malinak para que averiguase si había habido un apellido De Casas en relación con la Escuela Española de Equitación. Luego consultó el buzón de voz y comprobó que tenía dos mensajes grabados, que respondió por orden. Primero telefoneó a Humberto, que se casaba con Cristina al cabo de tres días.

– Tengo un mensaje tuyo, pero como haces siempre, no me dices para qué.

– Nos ha pedido que fuera secreto pero eres amigo mío y te lo tengo que decir: Alicia viene a la boda y lo más fuerte…

– ¿Qué? Pero si no me ha dicho nada -le interrumpió Daniel.

– Es que quiere darte el notición por sorpresa.

– O sea que cuando vea a Alicia ¿tengo que hacerme el tonto y decirle que no sabía que venía?