– No me corresponde a mí decir si me parece bien o mal, señora, pero sí, me agrada, y le agradezco que me lo haya preguntado -le respondió. Así que la casarían. Era mejor que estuviera casada y a salvo, en su hogar. Que no fuera presa del príncipe ni de su grupito de pequeños señores a los que les encantaba la caza pero que no se preocupaban por las consecuencias para sus víctimas.
– ¿No te da curiosidad saber a quién he elegido, Owein Meredith. Mi instinto me dice que sí.
– Estoy seguro de que ha elegido al caballero adecuado para lady Rosamund -respondió y rogó para que el hombre designado la tratara bien y respetara su conocimiento del feudo. Rogó, rápido y en silenció, que incluso ella encontrara el amor.
La madre del rey siempre había sido una estratega hábil en el juego de la vida. Se decía que era muy parecida a su bisabuelo, Juan de Gante, o de los hijos del rey Eduardo III. La condesa vio las emociones en el rostro de Owein Meredith y que intentaba ocultarlas. Él quería a esa muchacha. Estaba preocupado por quién sería su esposo y por si la tratarían bien. Margarita Beaufort estuvo tentada de seguir atormentando al pobre hombre, pero se acercaba la hora de la comida.
– Te he elegido a ti, sir Owein Meredith, como esposo para Rosamund Bolton de Friarsgate -dijo, en voz baja-. Espero que estés complacido.
– ¿A mí? ¿Me ha elegido a mí? -¿Había oído bien o se estaba volviendo loco?
Margarita Beaufort vio el asombro genuino en el rostro del caballero. Estiró la mano y la apoyó, tranquilizadora, en el brazo de él.
– Te he elegido a ti, sir Owein Meredith y el rey está contento con mi decisión.
– ¿Yo voy a casarme con Rosamund Bolton? -dijo, mareado por la sorpresa.
– Están preparando el contrato de matrimonio lo más rápido posible. Hay que proteger a tu Rosamund -dijo la Venerable Margarita.
– ¿Pero por qué yo?
Ahora la condesa de Richmond rió fuerte, complacida por su actitud y genuinamente divertida.
– No seas tan modesto, Owein Meredith. Has servido a la Casa de Tudor durante casi veinticinco años. La has servido bien. Recuerdo cuando tu pariente te trajo a Jasper Tudor. Estabas tan ansioso por agradar, y nos cantaste con tu dulce voz galesa. Yo estoy vieja, Owein Meredith. Mi hijo no está bien. El mundo de antes está muriendo y, tal vez ya no exista para cuando reine mi nieto. Los niños que ahora sirven en la Corte crecerán muy distintos de como crecimos tú o yo. Tendrán otras oportunidades. Tú ya no eres joven, Owein Meredith. Necesitas una esposa. Es hora de que te establezcas. ¿Por qué tú, preguntas, y no otro? Tal vez, en los tiempos de mi nieto las cosas sean diferentes, pero mi hijo todavía es considerado un intruso, en especial por las familias del norte, cuya lealtad hoy está con York. Darles la heredera de Friarsgate no los traería con nosotros. Ellos se sirven a sí mismos siempre ha sido así. Son aliados en los buenos tiempos, en el mejor de los casos.
– Friarsgate está en la frontera. Se espera que el matrimonio de mi nieta traiga paz por un tiempo. Pero los escoceses y los ingleses tienen una historia demasiado larga de enemistad como para que la paz dure mucho. Ha habido reinas inglesas antes de Margarita. Mi propia antepasada, lady Juana Beaufort, fue la primera esposa de Jacobo. No podemos confiar en las familias del norte. Necesitamos un hombre en quien podamos depositar una fe absoluta para que vigile la frontera. Tú eres ese hombre, Owein Meredith. No eres muy conocido fuera de la Corte, ni atraes atención indebida sobre tu persona. Pero los que te conocen te quieren. Tu matrimonio no ofenderá a nadie, porque Rosamund no es importante. Es la ubicación de sus tierras lo que nos interesa.
– Los escoceses no acosan a su gente, porque las colinas que rodean Friarsgate son demasiado escarpadas para acarrear ganado por ellas. Friarsgate está bastante aislada, señora. Es improbable que yo me entere de nada antes de que suceda. Antes de que lo sepa su propia guardia real de la frontera del norte.
– Se puede enseñar a los pastores de las colinas a que estén alerta, Owein Meredith.
– En otras palabras, señora, quiere que espiemos.
– En cierto sentido sí, queremos eso. La vigilancia desde tus propias tierras no pondrá en peligro a Friarsgate ni a su gente, y no estaría de más estar un poco más alerta que en el pasado. Nos complacería que así fuera.
Él asintió.
– Eso puede arreglarse cuando yo sea señor de Friarsgate. ¿Le ha dicho a Rosamund que va a casarse y que yo seré su esposo, señora?
– Todavía no. Quería hablar primero contigo. Conversaré con la muchacha después de la comida. Luego la enviaré al jardín privado, al río. Búscala. Podrás hablar con ella. Mi nieto y sus amigos bien serán informados. Lo harás tú, creo -dijo, con una risita-, después de la comida y antes de ir a ver a Rosamund. Puedes decirle Príncipe Enrique que yo instruí que la noticia se la dieras tú.
– Puedo ganármelo de enemigo, señora, y preferiría que no fuera así -dijo Owein, con franqueza-. Recuerde que fui yo quien lo encontró n Rosamund. Creo que sería mejor no relacionar ambos incidentes.
– Tienes razón. Con la edad me he vuelto descuidada. Haré que el rey anuncie el compromiso esta tarde en la sala. -Volvió a reír-. No hará falta decirle a mi nieto que se comporte después de una declaración real. Sí puedes sugerirle a Charles Brandon que devuelva todas las apuestas a los jóvenes caballeros. Él no dirá nada, porque es un individuo muy diplomático.
Owen Meredith hizo una reverencia.
– Agradezco a Su Alteza por la benevolencia hacia mi persona. Siempre seré un leal servidor a la Casa de Tudor.
– Lo sé -dijo la condesa con énfasis-. Ahora bien, tengo hambre, y ya pasó la hora de la comida. Acompáñame hasta la sala, Owein Meredith. Me estarán esperando, y mi hijo se pone loco cuando tiene hambre.
Él se incorporó y con delicadeza ayudó a la madre del rey a ponerse de pie.
– Es un honor acompañarla, señora.
En la sala, el príncipe Enrique trató de atraer la atención de Rosamund, pero, aunque ella lo vio, lo ignoró alevosamente. Sus compañeros se burlaban de la incomodidad del príncipe.
– No la tendrás nunca -lo acicateó Richard Neville, complacido.
– No tienes paciencia, Dick. Un día voy a trabajar duro entre esos muslos blancos como la leche -fue la tranquila respuesta-. Ah, aquí está mi abuela. ¡Por fin podemos comer!
Sir Owein Meredith se dio cuenta de que no tenía apetito. Iba a Casarse. No era un sueño. Se había pellizcado varias veces cuando estaba con la madre del rey. De verdad iba a casarse. Y con Rosamund Bolton. Nunca había pensado que tendría una esposa. Siempre pensó que no tenía nada que ofrecerle a una mujer, pero ahora su lealtad y su servicio a los Tudor le habían ganado una esposa, propietaria de una buena finca. Su primogénito heredaría Friarsgate, que era mucho más grande que las tierras de su padre, en Gales. Poseería una finca más grande que la de su hermano. Por fin tendría casa propia. Una casa y una esposa.