– Por supuesto -dijo Maybel, casi ofendida.
– Creo que hoy me pondré mi traje verde Tudor -respondió Rosamund, simulando no haberse dado cuenta.
– ¡Por supuesto que no! -la reprendió Maybel, indignada-. Eres una novia, mi niña. Una novia de verdad. El traje que usó tu madre está guardado desde hace años en el ático para ti. Hace días que lo estoy amoldando a tu cuerpo. Tillie me enseñó cómo tomar una prenda anticuada y renovarla. Me dijo que el rey, que Dios lo bendiga, es muy tacaño. Se niega a gastar dinero en trajes nuevos si los viejos no están gastados. Y no te voy a decir que no estoy de acuerdo con él. Tillie tuvo que aprender a arreglárselas porque su ama insistía en estar siempre vestida a la moda.
– Sí, es cierto -recordó Rosamund-. Cómo odiaba Meg usar luto. ¡Ay, Maybel, gracias! Tener un traje adecuado para mi boda con Owein es más de lo que yo podía esperar. ¿Qué haría yo sin ti? -Los ojos ambarinos se llenaron de lágrimas, que resbalaron por las mejillas de la muchacha.
– ¡Sécate la cara, mi niña! -respondió Maybel con voz ronca, ya que ella también estaba a punto de llorar. Rosamund había estado a su cuidado desde su nacimiento, porque su madre nunca había sido muy fuerte. La hija de Maybel con Edmund había muerto antes de cumplir un año. Y ella había alimentado a Rosamund con sus propios pechos llenos de leche, casi sin tiempo de llorar a su Jane. Rosamund se había convertido en su hija en todo sentido: solo le faltaba haberla parido- ¡Y lávate bien el cuello! -le dijo, medio como un rezongo, con una sonrisa en los labios.
Rosamund, feliz, rió, se restregó con fuerza el cuello con la franela enjabonada y se enjuagó. Se puso de pie, salió de la tina y se secó con la toalla que Maybel había calentado al fuego. Estaba ansiosa por ver su traje de novia.
Maybel primero le dio a la muchacha una camisa de delicado lino con un cuello de encaje, que no era alto como la camisa de diario, sino bajo, ara amoldarse al escote cuadrado del corpiño de seda blanca que Maybel había bordado con hilo de plata, con un diseño de flores y rosas pequeñas. El encaje de la camisa aparecería por debajo del corpiño. Las medias de seda se sujetaban por encima de la rodilla con ligas de rosetones blancos. Los zapatos de punta redonda eran de cabritilla blanca. Algunas partes del vestido no habían cambiado. Las mangas eran ajustadas, como las del original, y la falda larga conservaba un plisado grácil.
– Ah -se quejó Rosamund-, cómo me gustaría que tuviéramos un espejo de cuerpo entero como el de Meg para ver cómo estoy. -Giró a un lado y otro, apreciando la falda-. ¿Esto era de mi madre? ¿Se lo puso el día de su boda?
– Sí. La falda era más larga porque iba recogida para mostrar una hermosa enagua de brocado. El escote no era tan pronunciado y no tenía el corpiño bordado. Pero era el traje más bonito de esta comarca. Dicen que el padre de tu madre lo mandó comprar en Londres cuando dio a su única hija en matrimonio a Guy Bolton, el heredero de Friarsgate. Recuerdo bien a tu madre, porque éramos de la misma edad. Estaba hermosa. La haría tan feliz saber que llevas su traje el día de tu boda.
– Me vestí de verde para Hugh y creo que me trajo buena suerte -dijo Rosamund, pensativa-. Recuerdo bien aquel día de octubre.
Maybel asintió.
– Henry Bolton pensó amarrarte para siempre a su rama de la familia con esa boda. Tuviste suerte con Hugh Cabot, niña, no hace falta que yo lo diga.
– Y también la tendré con Owein. Meg cree que me ama. ¿A ti te Parece que me amará o ella me lo habrá dicho para que yo no tuviera miedo o no me enojara?
– Por Dios, mi niña, ¿no te das cuenta? Es claro como el agua. Sí que te ama. Y a partir de hoy será mejor que tú aprendas a amarlo a él. Es mejor cuando hay amor.
– ¿Tú amas a Edmund? -preguntó Rosamund, atrevida-…él dijo alguna vez que te amaba?
– Mi padre era el molinero de Friarsgate cuando yo era una muchacha. Como tú, era hija única, y él quería un buen matrimonio para mí. Se fijó en Edmund Bolton, nombrado administrador aquí por su propio padre, porque no podía heredar Friarsgate, como ya sabes. Pero tu abuelo quería a todos sus hijos y trató de darles un buen futuro a todos Yo era bonita entonces, como son bonitas todas las muchachas jóvenes. Todo el mundo sabía que era muy trabajadora. Mi padre me dio una dote generosa, cinco monedas de plata, un baúl de lino, cuatro trajes, cuatro camisas, gorras, una capa de lana y un par de zapatos resistentes de cuero. Fue ante el señor de Friarsgate y le pidió permiso para casarme con Edmund, porque yo era una muchacha decente con una buena dote. El señor sabía que cuando muriera mi padre, yo heredaría lo que era de él. Mi madre ya había partido. Tu abuelo nos dio nuestra cabaña de regalo. ¿Si lo amaba? No entonces. Pero tu tío es un hombre que se le mete a uno en el alma. Un día, de la nada, y no sé por qué, porque nunca me animé a preguntárselo, Edmund me dijo: "Te amo, Maybel. ¿Tú me amas?". "Te amo", le respondí, y eso fue todo. No hemos vuelto a hablar de eso, y no es necesario. Él lo dijo, yo lo dije, y allí termina la historia. Ahora, quédate quieta, mi niña, que te cepillaré el cabello. Margery te hizo una preciosa corona de flores. -Tomó el cepillo de cerda de jabalí y lo pasó por el largo cabello de Rosamund hasta que brilló con reflejos dorados. La joven lo llevaría suelto sobre los hombros, porque era virgen.
– ¿Todavía no llegó el tío Henry? -preguntó la muchacha, nerviosa.
– Todavía no, y me alegro -dijo Maybel, con aspereza-. Me pregunto si soportaría ver que todas sus estratagemas no lo han llevado a ninguna parte, pero ya aparecerá, mi niña. -Dejó el cepillo, tomó la corona de flores y se la colocó a Rosamund en la cabeza-. ¡Ahora sí! Ya estás lista, y te aseguro que no he visto novia más linda que tú.
Rosamund abrazó con fuerza a Maybel.
– Te quiero y nunca podré agradecerte lo suficiente, porque has sido una madre para mí, queridísima Maybel. -Dio un paso atrás-. Qué linda estás -le dijo a Maybel, que sonreía de oreja a oreja-. ¿Ese es el traje que te ayudó a hacer Tillie?
– Sí -dijo Maybel-, y puede que sea demasiado para Friarsgate, pero quería estar especial para ti en este día. -El traje de Maybel era azul oscuro; la camisa de lino de cuello redondo con volados aparecía por debajo del escote cuadrado del traje. Las mangas largas y ajustadas terminaban en puños celestes. Llevaba una capucha corta de terciopelo azul con un velo blanco como la nieve sobre la cofia blanca.
Afuera, la campana de la pequeña iglesia comenzó a repicar, llamando a misa. Juntas, las dos mujeres bajaron la escalera de la casa; al final las esperaban Edmund y sir Owein Meredith. Ambos hombres llevaban calzas bajo los jubones y sobre-túnicas. La de Edmund era azul oscuro, haciendo juego con el traje de su esposa, pero el novio tenía una calza de seda en negro, blanco y oro. Su sobre-túnica era de un color borgoña intenso adornada con piel oscura, y los zapatos de punta redonda eran de cuero negro. El color del sombrero armonizaba con el resto del traje.
A Owein se le iluminó la cara al ver a Rosamund con su vestido de novia y ella lo miró sorprendida. Nunca lo había visto tan elegante, ni siquiera en la Corte. La ropa de ambos había sido más práctica.
– Qué apuesto estás -dijo ella, casi sin aliento.
Él la tomó de la mano para ayudarla a bajar los últimos escalones.
– Y tú eres la novia más hermosa que ningunos ojos hayan visto jamás, mi amor. Si quedara ciego en este momento, tu imagen me quedaría grabada en la memoria para siempre. -Galante, le dio un beso en la mano. Después, la tomó del brazo y salió con ella por la puerta de la casa.