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A fines de la primavera de 1507, las dos hijas de Rosamund festejaron cumpleaños. Para alivio de sus padres, eran niñas fuertes y sanas. Donde iba Philippa seguro estaba Banon, persiguiendo a su hermana sobre sus piernitas regordetas. Para fines del verano, Rosamund supo que estaba encinta otra vez y se desesperó.

– ¡Otra niña, estoy segura! -gimió-. ¿Por qué no puedo darte un hijo varón, Owein?

– No puedes saberlo hasta que nazca. Y si viene otra niña me alegraré, siempre y cuando las dos estén bien. Además, me producirá un inmenso placer casar a mis niñas mientras tu tío Henry mira con furia cómo yo ignoro a sus hijos.

Ella rió a su pesar.

– Sí, lo volverá completamente loco ver a mi progenie de mujeres heredar Friarsgate. Oí decir que Mavis ha dado a luz a otro bastardo, aunque seguramente mi tío dice que es suyo.

– ¿Qué nombre le pondremos, si llega a ser una niña?

– Bien, a la primera la llamamos como mi madre y a la segunda, como la tuya. Creo que a esta la llamaré como la fallecida esposa del rey, la reina Isabel, que fue tan buena conmigo cuando llegué a la Corte. Es una niña, Owein. La siento como a las otras y estoy fuerte como una cerda. -Suspiró y agregó, con una sonrisa-: Bien que nos divertimos mientras hacemos estas hijas nuestras. Pero seguro que hacemos algo mal. Después de que haya dado a luz a Bessie, tenemos que pensarlo bien, ¡porque quiero un varón, maldita sea!

Rosamund dio a luz a su tercera hija, Elizabeth, el 23 de mayo de 1508. También le pusieron Julia, porque nació el día de santa Julia y Anne, por la madre de la santa Virgen, que, se decía, era la patrona de las mujeres embarazadas. Como sus hermanas, Bessie era una niña sana y fuerte, pero, a diferencia de ellas, tenía el cabello rubio, como el padre, y todos podían ver que Owein estaba muy complacido.

El mensajero de la princesa llegó desde Greenwich, lleno de novedades. Rosamund insistió en que la llevaran a la sala para poder reciario y enterarse de todas las noticias. No eran buenas. Los pocos criados que le quedaban a la princesa de Aragón eran el hazmerreír de la Corte del rey. Esos españoles llenos de orgullo andaban ahora casi en harapos. Eso no era todo, el rey estaba en negociaciones con el emperador Maximiliano, del Santo Imperio Romano, para comprometer al nieto del emperador, el archiduque Carlos, hijo de la reina loca de Castilla, con su hija menor, la princesa María. Como el archiduque era heredero de los Países Bajos, esto sería una inmensa ventaja para Inglaterra en el comercio de la lana y las telas que tenía con gran parte del mundo. También actuaría como un contrapeso para una sorprenden te alianza política celebrada hacía poco entre el rey Fernando y Francia

El rey inglés había decidido que ya no necesitaba a Fernando para sus planes. Se le transmitió claramente a la princesa de Aragón la falta de amor por ella, en sus delicadas palabras, de parte de Enrique Tudor. Ella le escribió a su padre rogándole que la ayudara. Volvió a explicarle que los pocos criados que le quedaban eran su responsabilidad. No pedía lujos, sino simplemente poder mantenerlos. Como todas las mujeres de su familia, Catalina había aprendido desde la cuna a someterse a los hombres. De ahí que no criticara, sino que implorara. Pero su inmenso orgullo de alguna manera la mantenía, en especial porque era acosada sin cesar por sus acreedores. Estos estaban al tanto de lo que se rumoreaba sobre los modales del rey con la princesa española. Temían que se la llevaran a España antes de que pudiera pagar lo que les debía. No comprendían que hasta las princesas pueden estar en la ruina.

Rosamund lloraba por la situación de su amiga, pero, como señaló Owein con sabiduría, no podía hacer más de lo que ya hacía por Catalina. Eran los asuntos de los poderosos, no de una pequeña terrateniente de Cumbria. El dinero que le enviaban a la princesa era mucho para ellos, aunque tal vez a ella le sirviera solo para mantenerse unos días y con algún faltante. Pero Rosamund apartaba lo que podía para enviarle a Catalina de Aragón a través de su mensajero.

El mensajero de la princesa no regresó a Friarsgate en más de un año, pero cuando fue, lo que contó habría merecido un bardo. Al rey Enrique Tudor se le había ocurrido casarse con la reina loca, Juana de Castilla. No le importaba el estado mental de ella. Lo que contaba era que Juana era madre de niños sanos. El rey decidió, de pronto, que debía tener más herederos. Catalina aprobaba el plan, porque su sabiduría le indicaba que su propio futuro dependía de él. Había conseguido convencer a s padre de hacer retornar a su embajador, el doctor De Puebla, que estaba enfermo. El rey Fernando, ahora atormentado por su conciencia, envió a su hija dos mil ducados y la nombró embajadora hasta que enviara a otro hombre. El dinero no era mucho, pero le permitió a Catalina cancelar algunas de las deudas más importantes, pagarles a los criados y ocuparse de su bienestar. Su nuevo puesto de embajadora de España volvió a elevar su condición en la Corte de Enrique. Durante un tiempo breve volvió a tener el favor de la Corte.

Como era de buen corazón, leal y carente de malicia, la princesa había aprendido, por fin, la dura lección de que la moralidad que practicaban los hombres, buenos o malos, era muy diferente de la de las mujeres. Se volvió más segura en su trato con el rey, seduciéndolo en un momento, aprendiendo a mirarlo a la cara y a mentirle de la misma manera. El rey, incluso, comenzó a darle un pequeño salario a la princesa, otra vez, pero la buena voluntad no duró mucho.

Enrique Tudor se dio cuenta rápidamente de que el rey Fernando no tenía la menor intención de entregar Castilla, ni a Juana, que a esa altura estaba completamente loca y encerrada. Comenzó entonces a buscar otra esposa. La estrella de Catalina cayó muy bajo otra vez. El rey volvió a intentar casar al príncipe Enrique con Leonor de Austria, pero las negociaciones fracasaron pronto.

Entonces, volvió los ojos a Francia en busca de una novia para su hijo, pero, al comenzar el año 1509, el rey enfermó. Un grupo de sus nobles le rogó que honrase el arreglo con Catalina. Al fin, se decidió que se pagaría el resto de la dote. Él estaba enfermo, y ellos temían por la sucesión si el príncipe no se casaba en breve y no producía herederos para Inglaterra de inmediato. Convencido por su madre, la Venerable Margarita, de que enfermaba más con cada día que pasaba, el rey aceptó considerar la posibilidad. Pero ahora se hablaba seriamente de que Catalina regresaría a España a esperar otro matrimonio. Tenía veintitrés años: un poco vieja para tener herederos.

Catalina estaba otra vez en aprietos económicos. La tensión en su pequeña casa era feroz. Al fin había despedido a doña Elvira, pero ahora no había nadie que administrara su casa. Su chambelán era insolente e impertinente con ella, que no podía despedirlo porque no tenía para Pagarle. Su confesor, fray Diego, un franciscano de una inmensa belleza, tenía una influencia excesiva sobre ella y una reputación de lujurioso entre las damas de la Corte. Catalina no aceptaba ningún comentario contra él, porque lo adoraba, y estaba decididamente embelesada con él. El nuevo embajador español, don Guitier Gómez de Fuensalida, notó la aterradora dependencia de la princesa del joven sacerdote. Le escribió al rey transmitiéndole su preocupación. Le pedía que reemplazara a fray Diego y le enviara a la princesa un confesor viejo… Y honesto.

Al enterarse de la correspondencia del embajador con su padre, la princesa le dio la espalda. Ante la insistencia de ella, el rey ordenó que el embajador volviera a España, y entonces Catalina se negaba a hacer nada sin el consentimiento de su confesor. El 22 de abril, finalmente, Enrique VII murió, en Richmond. Después del funeral, la Corte se mudó a Greenwich, y las intenciones del nuevo rey pronto quedaron bien en claro. Quería honrar su compromiso con Catalina de Aragón, aunque vaciló algunos días, preocupado por su conciencia. ¿Cometería un pecado, se preguntaba, casándose con la viuda de su hermano? Algunos hombres de la Iglesia no aprobaban la dispensa, pero, como señaló el rey Fernando, dos hermanas de Catalina se habían casado con el mismo rey de Portugal y las dos le habían dado hijos sanos.