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– Está muerto, pobre criaturita -dijo. Y agregó, tratando de suavizar la tragedia-: Pero tú vivirás, mi querida, y le darás otro heredero a Friarsgate.

– Déjame verlo -pidió Rosamund-. Déjame ver a mi Hugh.

Maybel le limpió la sangre al bebé, lo envolvió en una faja blanca y se lo dio a Rosamund.

La doliente madre miró al niño en sus brazos. La criatura era la viva imagen de su padre; sus rasgos diminutos imitaban a la perfección los de Owein: una pelusita idéntica al cabello rubio del padre sobre la cabecita redonda, las pestañas color arena, casi invisibles, sobre las mejillas. Las lágrimas mudas de Rosamund cayeron sobre el pequeño cuerpito» lo tenía apretado contra sus pechos doloridos. Maybel había cortado e cordón que tenía enrollado al cuello, pero el niño seguía azulado.

Maybel tendió los brazos para tomar al niño, pero Rosamund la miró con furia.

– Todavía no. Todavía no.

Por fin Owein dijo, en voz baja.

– Dame a mi hijo, Rosamund -entonces ella besó la frente fría del niño y se lo entregó a su padre. Owein miró la pequeña humanidad que tenía en brazos-. Es perfecto y, a pesar de que nació un mes antes, es casi tan grande como sus hermanas al nacer. Hicimos un hermoso niño, mi amor. Haremos otro, te lo prometo. -Y le entregó la criatura al joven sacerdote.

– Lo bautizaré, milady, antes de que lo enterremos -dijo suavemente el padre Mata-. Sé que es Hugh.

Ella asintió y preguntó, con tristeza:

– ¿Cómo puede enterrarlo, con tanta nieve en el suelo, padre?

– La tierra es más blanda junto a la iglesia, milady.

Rosamund volvió a asentir.

– Vaya, entonces -fue todo lo que dijo.

El sacerdote salió de la sala con el niño muerto.

– ¿Por qué no puedo darte un hijo? -dijo Rosamund, desolada.

– Me has dado un hijo -respondió Owein.

– ¡Pero está muerto! ¡Nuestro hijo está muerto!

Él la abrazó y la dejó llorar hasta que no le quedaron lágrimas. Tenía los ojos hinchados, casi cerrados por la sal de las lágrimas. Estaba agotada del parto, y por fin cayó rendida de pena y cansancio. Después de que Maybel limpió la evidencia del malogrado nacimiento, Owein la levantó en brazos y la llevó al dormitorio. La metió en la cama, le llevó una copa de vino caliente con especias y, sosteniéndola de los hombros, la ayudó a tomárselo todo. Sabía que Maybel le había puesto jugo de amapolas al vino. Rosamund se quedó dormida de inmediato.

– Haré que duerma varios días seguidos -le dijo Maybel a Owein cuando él volvió a la sala-. El sueño es un gran restaurador, aunque ella va a sufrir mucho tiempo por la pérdida de su hijo. Qué pena, Owein, el niño era perfecto.

– ¿Entonces por qué vino antes y por qué nació muerto? -preguntó Owein, con amargura. Estaba enojado, aunque Rosamund no debía saberlo, pues podía culparse a sí misma. -Sí, era hermoso. Igual que sus hermanas.

– Nació muerto porque se le enrolló el cordón al cuellito y lo estranguló. Estaba muerto en su vientre y quién sabe cuánto hacía. ¿Por qué? El sacerdote dirá que es la voluntad de Dios, aunque yo no podré entender jamás por qué Dios puede querer que un dulce inocente nazca muerto. Es un misterio, pero Rosamund ha demostrado que puede dar a luz varones. Harán otro y, la próxima vez, todo saldrá bien. Esto fue un accidente. Nada más, diga lo que diga el sacerdote.

– Sí, pero ella lo llorará mucho, Maybel. -Se sentó en la silla junto al fuego, con una mano se puso a acariciar al galgo y con la otra aceptó el copón de vino que ella le alcanzó.

– Claro que lo llorará. Es una mujer cariñosa, una madre devota.

– ¿Qué les digo a las niñas?

– Que su hermanito decidió quedarse con los ángeles. Solo Philippa comprenderá. Banon y Bessie son demasiado pequeñas.

– Sí -dijo él, y bebió su vino, pensativo, sin darse cuenta de que ella lo había dejado a solas con sus pensamientos en la sala vacía, con el fuego calentándole los pies. Hacía mucho tiempo que no sentía tanta tristeza. Desde aquel día, hacía ya mucho, cuando murió su madre y lo dejó sin compañía por primera vez en su vida. Se había quedado solo hasta que se casó con su Rosamund. Llorarían juntos por la muerte de Hugh, dándose consuelo y amor en su dolor. Sería más fácil estando juntos.

Rosamund durmió varios días; despertaba por momentos breves para comer algo y recibir el consuelo de su esposo. Luego bebía de la copa y volvía a dormirse. Después de una semana ya no pudo seguir durmiendo. Sus tres hijas se subieron a la cama, acurrucándose con ella y hablando del hermanito que había decidido quedarse con los ángeles. Rosamund se tragó sus lágrimas al oír esas palabras y abrazó con fuerza a las niñas. Después de otra semana, se levantó de la cama y descubrió que la nieve estaba derritiéndose y que las colinas se tornaban verdes otra vez. Su primera salida fue a una pequeña tumba donde habían enterrado a su hijito. Estuvo ante ella durante lo que a Owein le pareció un largo rato, luego se volvió y dijo:

– Tengo hambre.

Él suspiró de alivio.

– Entonces vayamos a la sala a comer -dijo él.

Ella lo tomó de la mano.

– Fue un accidente, lo sé. No volverá a suceder, y tendremos otro hijo, Owein.

– Sí, así será -dijo él, pero cuando ella no podía oírlo le pidió a Maybel que le diera la poción que le impediría concebir durante un tiempo-. Que tengamos otro hijo o no será cuestión de Dios, pero yo no quiero arriesgarme a perder a mi amada.

– Sí, necesita recuperarse por completo -coincidió Maybel.

El ritmo de su vida continuó como antes. Se araron los campos y se los plantó con grano. Se recomenzaron los huertos. Las hierbas empezaron a verdecer bajo su capa de paja. La primavera había llegado con todos sus bríos. Los jardines florecieron; Rosamund nunca los había visto tan hermosos. Los pimpollos blancos y rosados que cubrían los arbustos lanzaban su dulce aroma.

Henry Bolton vino desde Otterly a visitarlos, a expresar su dolor por la pérdida y sugerir un matrimonio entre su hijo mayor y Philippa.

– Todavía no pienso casar a ninguna de mis hijas -le dijo Owein al tío de Rosamund-, pero, si lo pensara, buscaría en otra parte. La sangre fresca siempre mejora y fortalece un linaje, Henry. Encuentra otra muchacha para tu hijo. No tendrás ninguna de las mías.

Henry Bolton se fue, apesadumbrado.

– Creo que al fin se ha dado por vencido -comentó Rosamund-. Nunca pensé que renunciara a poseer Friarsgate, pero creo que ahora sí.

– Veo que es hombre quebrado -dijo Owein-. El comportamiento impropio de su esposa lo ha destruido. Si fuera un hombre valiente 'a echaría de la casa, pero no lo es. Se comporta como un tirano y un cobarde, siempre fue así.

Por un momento, Rosamund casi sintió pena por Henry Bolton. Se había creído tan superior a sus dos hermanos mayores, despreciándolos Por su nacimiento ilegítimo, y ahora se veía obligado a aceptar la infidelidad de su esposa y sus dos bastardos. No se animaba a hacer nada, para no quedar públicamente como un tonto, cosa que no podría tolerar. Así que apretaba los dientes y aceptaba lo que no podía cambiar.

Ahora que Enrique VIII reinaba en Inglaterra, las noticias llegaban a Friarsgate con más frecuencia, en especial por el tiempo benigno. Los buhoneros estaban de moda e iban a la finca porque sabían de su prosperidad.

Se enteraron de que el rey y la reina habían sido coronados el 24 de junio, día del solsticio de verano, en la abadía de Westminster. La pareja real había llegado de Greenwich, en barca, el 22 y se alojó en la Torre de Londres, como era costumbre. La ciudad era una gran fiesta. El joven rey estaba magnífico con sus ricos vestidos.