Выбрать главу

– Yo no puedo ir -le dijo Rosamund a Maybel.

– ¡Claro que sí!

– ¿Cómo voy a dejar a mis niñas? -gimió Rosamund-. Bessie acaba de ser destetada. Tengo responsabilidades.

– Rosamund -la tranquilizó su tío Edmund, viendo que su apasionada esposa comenzaba a alterarse-. Querida sobrina, esto no es solo una invitación. La reina te ha pedido que te unas a su Corte. No esperará que te quedes mucho tiempo con ella, pero es una orden real, Rosamund. La cosecha está recogida y todo se encuentra listo para el invierno. Mañana te acompañaré, junto con mi querida esposa, a Carlisle, donde comprarán tela para los trajes. No tenemos demasiado tiempo para prepararnos, querida mía, pero debes ir.

– ¿Cuánto tiempo piensas que deberé quedarme? Sabes cuánto me disgusta estar lejos de casa, tío.

– Unos pocos meses, no más, niña. Recuerda que la última vez que visitaste la Corte estabas a cargo del rey, pero ahora eres una mujer adulta. Tal vez incluso encuentres un nuevo esposo entre los hombres del rey.

– ¡Jesús, María y José! -exclamó Maybel, mirando con furia a Edmund. El pobre Owein estaba tibio en su tumba y ahí estaba su esposo hablando de otro hombre.

– ¡Ay, tío, yo jamás volveré a casarme!

– Bien, fuera como fuese, sobrina, tendrás más libertad en esta visita. Se dice que el joven rey es muy alegre y que su Corte es divertida. Owein no querría que lo lloraras el resto de tu vida.

– Tío, hace apenas dos meses que se ha ido de mi lado -señaló Rosamund, con los ojos llenos de lágrimas.

– ¡Cállate, viejo imprudente! -le siseó Maybel a Edmund.

Fueron a Carlisle y encontraron ricas telas para los trajes que usaría en la Corte. Rosamund no quería escoger colores brillantes para honrar su viudez. En las siguientes semanas, ella, Maybel y muchas de las mujeres de Friarsgate cosieron para hacerle un guardarropa apropiado. Llevaría cuatro trajes. Dos serían negros; uno, de un tono verde oscuro y el otro, azul violáceo. Las faldas eran campana pues, según les había asegurado el mercero de Carlisle que les vendió un miriñaque, esa era la moda en la Corte.

– Es la influencia española de la reina -dijo, con un guiño.

Los corpiños eran difíciles, porque ahora las mangas se habían vuelto más intricadas, explicó la esposa del mercero. Tenía una hermana en Londres que le había enviado dibujos de cómo debía vestirse ahora. Le copió uno a Rosamund y le dijo que los españoles eran muy elegantes.

– Mi hermana dice que la reina siempre ha estado mejor que cualquiera. Sostiene que los trajes que trajo de España eran magníficos.

"Si supiera la verdad" -pensó Rosamund, pero asintió y le agradeció a la esposa del mercero su gran ayuda.

Su nuevo guardarropas estuvo terminado dos días antes de que llegara su escolta. Los trajes tenían escote cuadrado. Los corpiños eran ajustados y las faldas llegaban al piso. El de brocado negro estaba decorado con bordado en oro para aliviar su severidad, y también llevaba bordado de oro en los puños. El de terciopelo verde tenía un borde de una suave piel castaña, con anchos puños de piel; el de brocado azul, un canesú de terciopelo azul más claro alrededor del escote y puños bordados en oro y plata y el de terciopelo negro, un canesú de terciopelo blanco bordado en plata y mangas ajustadas con puños de piel.

– Nunca usé ropa como esta. Por cierto que no avergonzaré a la reina, mi protectora, aunque casi todos los trajes de la Corte serán magníficos comparados con los míos. -Miró la ropa extendida prolijamente para su inspección. Había seis camisas, más de las que ella había visto en toda su vida; dos trajes para dormir y una gorra de noche bordada y con cintas rosadas; seis pares de medias tejidas con una lana muy delicada proveniente del primer peinado de las ovejas de primavera. Tenía una hermosa capa nueva con capucha hecha de lana de Friarsgate, teñida del famoso y exclusivo color azul de la finca. Estaba forrada y bordeada con piel de conejo, al igual que los guantes de cuero color castaño que hacían juego.

El zapatero de la finca le había hecho zapatos nuevos y un par de botas, además de una protección especial por si llovía o había barro. También preparó para ella un elegante costurero que encajaba en un precioso bolso de cuero con unas tijeras pequeñas.

Rosamund tenía pocas joyas, pero empacó las que poseía, pues las damas de la Corte ciertamente usarían joyas. Tenía un collar de una vuelta de perlas del que pendía una cruz de oro y perlas, que había pertenecido a su madre y a su abuela; un broche de plata y malaquita verde que le había regalado Owein para el quinto aniversario de su casamiento; otro broche de jaspe rojo que había sido de su madre y tres anillos, además del nupcial. Entonces recordó el hermoso broche de esmeraldas y perlas que la Venerable Margarita le había enviado a Philippa cuando nació. Su hija era demasiado pequeña para usar joyas y la abuela del rey había muerto unos meses después que su hijo. Nadie lo sabría y el broche le quedaría espléndido con el traje de terciopelo verde. Rosamund guardó esa joya también.

Se había decidido que Annie, una joven criada a quien Maybel quería mucho, acompañaría a Rosamund a la Corte.

– Yo ya estoy demasiado vieja para ir contigo, querida niña. Además, tienes que dejar a alguien de confianza aquí para que se ocupe de las niñas, y esa persona soy yo. He estado instruyendo a Annie y te servirá bien. Yo no voy a vivir para siempre, Rosamund. Debes tener a otra persona que se ocupe de ti.

– Que no se te ocurra dejarme, pero estoy de acuerdo en que es mejor que venga una persona más joven conmigo. Ya conoces los horarios de la Corte. Si estoy con el séquito de la reina no se me permitirá irme a la cama hasta que Su Majestad esté bien metida en la suya.

Rosamund preparó a sus hijas para su partida, pero solo Philippa pareció interesarse. Banon quería saber si su madre le traería algo cuando regresara y Bessie era demasiado pequeña para entender lo que sucedía.

– ¿La reina tiene una hijita? -preguntó Philippa.

– No, todavía no tiene hijos -respondió su madre.

– No te vas a ir mucho tiempo, mamá, ¿verdad? -preguntó Philippa, mirándola, y eran los ojos de Owein que escudriñaban el rostro de Rosamund.

– Yo no quiero irme y no lo haría, pero ningún súbdito leal puede desobedecer la orden de la reina, mi niña. -Rosamund alisó con suavidad el cabello de su hija-. Preferiría quedarme con mis tres niñas antes que ir a la Corte. Creo que no soy una criatura muy social, queridísima.

– Ya hemos perdido a nuestro padre, no queremos perderte a ti.

– No me perderán, mi niña, y tendrán a Maybel aquí para cuidarlas. Mi mamá murió cuando yo tenía tres años. Casi no la recuerdo, pero Maybel me crió y me amó como si fuera su hija; puedes confiar en que ella las cuidará bien, a ti y a tus hermanas. Pero regresaré lo antes posible. Y te prometo que te escribiré.

Philippa abrazó a su madre y se alejó con sus hermanas. Rosamund suspiró hondo, pero Maybel la consoló.

– A ningún niño le gusta que la madre o el padre se vayan, mi niña. No te preocupes. Estaré aquí con ellas, como estuve contigo. Y Edmund cuidará Friarsgate. -Le dio una palmadita a Rosamund, consolándola.

– ¿Y si viene mi tío Henry? ¿Y si roba a Philippa para casarla con su odioso hijo? Ah, no me gusta dejar a mis hijas.

– Tu tío no está bien, según cuenta la cocinera, y tiene muchos problemas con su esposa -le recordó Maybel-. Además, Edmund no permitiría que nadie se llevara a las niñas. Ahora, deja de preocuparte y termina los preparativos para la Corte. La escolta de la reina estará aquí muy pronto.

Rosamund volvió a suspirar.

– Supongo que tienes razón, como siempre, querida Maybel. No conseguiré nada preocupándome. Pero estaré más contenta cuando emprenda el viaje de regreso a casa.

Al día siguiente el Hepburn de Claven's Carn llegó a la casa y entró temerario, en la sala donde Rosamund pulía sus pocas joyas. Ella levantó la mirada, sorprendida, pero no se levantó hasta que no hubo guardado sus joyas en la bolsa de terciopelo.