Выбрать главу

El brujo y la bruja dejaron atrás un nuevo descansillo.

– Cuando lleguen aquí abajo, será más fácil rodearlos -les animaba Skellen-. ¡Ánimo, muchachos! ¡Valor! ¡A las armas!

Geralt miraba detenidamente a Ciri. Y a punto estuvo de estallar al ver en sus cabellos grises unos mechones blanquecinos, brillantes como la plata. Se controló. No era el momento de enfadarse.

– Con cuidado -dijo tranquilamente-. No te alejes de mí.

– Nunca me pienso alejar de ti.

– Ahí abajo la cosa va a estar muy peliaguda.

– Ya lo sé. Pero estamos juntos.

– Estamos juntos.

– Estoy aquí cerca -dijo Yennefer, que bajaba detrás de ellos por las escaleras, rojas y resbaladizas con tanta sangre.

– ¡Todos! ¡A por ellos! -gritaba Antillo.

Algunos de los que habían ido a buscar las ballestas ya habían regresado. Sin ellas. Muy asustados.

Desde los tres pasillos que conducían a las escaleras les llegaba el estruendo de unas hachas echando abajo las puertas. Se oyeron unos golpes, un chasquido metálico y el eco de unos pasos pesados. Y, de pronto, por los tres pasillos empezaron a afluir soldados con cascos negros, con corazas y capas con una salamandra de plata. Los mercenarios de Skellen, intimidados por sus gritos y amenazas, fueron arrojando, uno tras otro, las armas al suelo. A los más indecisos los apuntaron con ballestas, con las puntas de bisarmas y picas, los apremiaron con gritos aún más inquietantes. Todos acabaron por obedecer, aunque se veía que los soldados negros se morían de ganas de apiolar a alguien y sólo buscaban un pretexto. Antillo estaba al pie de una columna, con las manos cruzadas sobre el pecho.

– ¿Salvación in extremis? -preguntó Ciri entre dientes. Geralt negó con la cabeza.

Las ballestas y los dardos también les apuntaban a ellos.

– ¡Glaeddyvan vort!

No tenía sentido resistirse. Los soldados negros pululaban como hormigas al pie de las escaleras y, aparte de eso, ellos estaban ya muy, pero que muy cansados. Pero no arrojaron las armas. Las deposiaron cuidadosamente en los escalones. Y después se sentaron. Geralt notaba el calor de Ciri a su lado, podía sentir su aliento.

Sorteando los cadáveres y los charcos de sangre, mostrando a los soldados negros sus manos inermes, llegó también Yennefer. Se dejó caer en el escalón, junto a ellos. Geralt notó también su calor, por el otro lado. Lástima que no pueda ser así siempre, pensó. Pero sabía que no era posible.

Fueron amarrando a los hombres de Antillo y llevándoselos de allí. Cada vez había más soldados negros, con aquellas capas con una salamandra. De pronto empezaron a aparecer entre ellos oficiales de alto grado, reconocibles por sus blancos penachos y los ribetes plateados en sus corazas. Y por el respeto con el que todos los demás les abrían paso.

A uno de esos oficiales, cuyo casco tenía más adornos de plata que ningún otro, le mostraban un respeto excepcional. Todo el mundo le hacía reverencias.

Este oficial se detuvo ante Skellen, que seguía junto a la comuna. Antillo -pudo verse claramente, aunque fuera a la luz vacilante de las teas y de los cuadros que ardían en cestones de hierro-palideció y se quedó blanco como una pared.

– Stefan Skellen -dijo el oficial con una voz potente que retumbó en la bóveda del vestíbulo-. Tendrás que rendir cuentas ante un tribunal. Se te acusa de traición.

Se llevaron a Antillo, aunque no le ataron las manos como a un vulgar plebeyo.

El oficial se volvió. De un tapiz que colgaba en lo alto se desprendió un fragmento llameante que cayó dando vueltas como un gran pájaro de fuego. El resplandor se reflejó en los ribetes plateados de su coraza y en la visera del casco, que le llegaba hasta la mitad de las mejillas y que tenía -como las de todos los soldados negros- la forma de una monstruosa mandíbula dentada.

Ahora nos toca a nosotros, pensó Geralt. No se equivocaba.

El oficial se fijó en Ciri. Sus ojos brillaban a través de las aberturas del casco, observándolo todo sin perderse un detalle. Su palidez. La cicatriz de la mejilla. La sangre en la manga y en la mano. Los mechones blancos en los cabellos.

Después el nilfgaardiano volvió los hacia el brujo.

– ¿Vilgefortz? -preguntó con su voz sonora.

Geralt negó con la cabeza.

– ¿Cahir aep Ceallach?

Otro gesto negativo.

– Cuánta sangre -comentó el oficial, mirando hacia las escaleras-. Una auténtica carnicería. En fin, quien a hierro mata… Además, le has ahorrado trabajo al verdugo. Has recorrido un largo camino, brujo.

Geralt no contestó. Ciri se sorbió los mocos haciendo ruido y se limpió la nariz con el dorso de la mano. Yennefer la reprendió con la mirada. Tampoco ese detalle se le escapó al nilfgaardiano, y sonrió.

– Has recorrido un largo camino -repitió-. Vienes del fin del mundo. Por ella y para ella. Aunque sólo sea por eso, algo se te debe. ¡Señor de Rideaux!

– ¡A sus órdenes, majestad!

El brujo no se sorprendió.

– Tened la bondad de buscar por aquí un cuarto discreto donde pueda conversar tranquilamente, sin que nadie nos moleste, con don Geralt de Rivia. Además, aseguraos de que estas damas dispongan de toda clase de servicios y atenciones. Naturalmente, bajo una estricta y permanente vigilancia.

– Así se hará, majestad.

– Por aquí, don Geralt.

El brujo se levantó. Miró a Yennefer y a Ciri, con ánimo de tranquilizarlas, y para advertirles de que no hicieran ninguna tontería. Su advertencia sobraba. Estaban terriblemente cansadas. Y resignadas.

*****

– Has recorrido un largo camino -volvió a repetir, quitándose el casco, Emhyr var Emreis, Deithwen Addan yn Carn aep Morvudd, el Fuego Blanco que Baila sobre los Túmulos de sus Enemigos.

– No sé si el tuyo, Duny -respondió Geralt con calma-, no habrá sido aún más largo.

– Vaya, me has reconocido. -El emperador sonrió-. Y eso que se supone que sin barba, y con esta forma de proceder, estoy muy cambiado. Muchas de las personas que me conocían de Cintra han estado después en Nilfgaard y han sido recibidas en audiencia. Y hasta ahora nadie me había reconocido. Y tú, en cambio, me habías visto sólo una vez, y hace de eso dieciséis años. ¿Hasta tal punto se te había quedado grabada en la memoria mi imagen?

– No te habría reconocido, es verdad que has cambiado mucho. Sencillamente, hice mis conjeturas sobre quién podrías ser. Hace ya tiempo de eso. No sin ayuda ajena, y basándome en determinados indicios, adiviné cuál podía ser el papel del incesto en la familia de Ciri. En su sangre. En alguna de mis peores pesadillas soñé incluso con el incesto más terrible, con el más abominable de todos los posibles. Y mira, aquí te tengo, en persona.

– Apenas te tienes en pie -dijo fríamente Emhyr-. Y las impertinencias forzadas te hacen vacilar aún más. Puedes sentarte en presencia del emperador. Te concedo ese privilegio… de por vida.

Geralt se sentó con alivio. Emyhr se quedó de pie, apoyado en un armario entallado.

– Le has salvado la vida a mi hija -dijo-. En varias ocasiones. Te lo agradezco. En mi nombre y en el de la posteridad.

– Me dejas sin palabras.

– Cirilla -Emhyr ignoró la ironía- irá a Nilfgaard. A su debido tiempo será emperatriz. Exactamente del mismo modo en que han sido y serán reinas decenas de muchachas. Es decir, sin conocer apenas a su esposo. A menudo, sin tener de él un buen concepto sobre la base del primer encuentro. A menudo, decepcionadas por los primeros días… y las primeras noches de matrimonio. Cirilla no será la primera.

Geralt se abstuvo de hacer comentarios.

– Cirilla -prosiguió el emperador- será feliz, como lo son la mayoría de las reinas a las que me acabo de referir. Eso vendrá con el tiempo. El amor, que no le voy a exigir de ninguna manera, lo proyectará sobre el hijo que engendraré en ella. Archiduque, y futuro emperador. Emperador que engendrará a un hijo. Un hijo que será el soberano del mundo y que salvará al mundo de la destrucción. Eso es lo que dice la profecía, cuyo contenido preciso sólo yo conozco… Por descontado -prosiguió el Fuego Blanco-, Cirilla nunca sabrá quién soy yo. Ese secreto morirá. Con los que lo conocen.