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– Me gustaría saber -preguntó el brujo con frialdad- cómo se sentía un hombre que había matado a su propia mujer.

– Peor que un perro sarnoso -respondió Emhyr sin demora-. Se sentía y se siente peor que un perro, como un auténtico canalla. El que yo nunca la hubiera querido no cambia nada las cosas. El fin justifica los medios. Pero lamento sinceramente su muerte. No la deseaba y no la había planeado. Pavetta pereció por casualidad.

– Mientes -dijo secamente Geralt-, y eso no es propio de un emperador. Pavetta no podía seguir viva. Te habría desenmascarado. Y nunca habría dado su consentimiento a lo que pretendías hacer con Ciri.

– Podría haber vivido -Emhyr le contradijo-. En otra parte… lejos. Hay muchas fortalezas… Por ejemplo, en Darn Rowan… No habría podido matarla.

– ¿Ni siquiera por un fin que justifica los medios?

– Siempre es posible -el emperador se rascó la cara- encontrar alguna solución menos drástica. Hay siempre muchas opciones disponibles.

– No siempre -dijo el brujo, mirándole a los ojos.

Emhyr rehuyó su mirada.

– Justo lo que estaba pensando. -Geralt asintió con la cabeza-. Acaba tu relato. El tiempo vuela.

– Calanthe custodiaba a la pequeña como a la niña de sus ojos. No podía soñar siquiera en raptarla… Mis relaciones con Vilgefortz se habían enfriado notablemente, a los demás magos les seguía teniendo inquina… Pero los militares y la aristocracia me empujaban decididamente a la guerra, me animaban a que atacara Cintra. Me aseguraban que el pueblo lo anhelaba, que el pueblo reclamaba espacio vital, que escuchar la vox populi supondría superar mi examen como emperador. Decidí matar dos pájaros de un tiro. Hacerme de una sentada con Cintra y con Ciri. El resto ya lo sabes.

– Sí, ya lo sé -asintió Geralt-. Gracias por la charla, Duny. Te agradezco que me hayas dedicado este tiempo. Pero no conviene demorarse más. Estoy muy cansado. He visto morir a unos amigos que me habían seguido hasta aquí desde el fin del mundo. Para salvar a tu hija. Ni siquiera la conocían. Excepto Cahir, ninguno había visto a Ciri. Y vinieron a salvarla. Porque había algo en ellos que era digno y noble. ¿Y para qué? Para encontrar la muerte. Creo que eso no es justo. Y, por si a alguien le interesa, yo no estoy conforme. Porque una historia en la que mueren los buenos y los canallas viven y se salen con la suya es una puta mierda. Ya no puedo más, emperador. Llama a tus hombres.

– Brujo…

– El secreto debe morir con quienes lo conocen. Tú lo has dicho. No tienes otra salida. No es verdad que haya muchas opciones disponibles. Me fugaría de todas las prisiones. Te quitaría a Ciri, pagaría cualquier precio que se me pidiera con tal de quitártela. Lo sabes de sobra.

– Sí, lo sé de sobra.

– Puedes permitir que viva Yennefer. No conoce el secreto.

– Ella -dijo muy serio Emhyr- también estaría dispuesta a pagar cualquier precio por salvar a Ciri. Y por vengar tu muerte.

– Es verdad. -Geralt asintió con la cabeza-. Las cosas como son, me había olvidado de lo mucho que quiere a Ciri. Tienes razón, Duny. Bueno, no hay manera de escapar al destino. Te quiero pedir una cosa.

– Dime.

– Permíteme que me despida de ellas. Después, me tienes a tu disposición.

Emhyr estaba al lado de la ventana, con la mirada fija en las cumbres de las montañas.

– No puedo negarme, pero…

– No temas. No voy a decirle nada a Ciri. La haría sufrir diciéndole quién eres. Y yo no sería capaz de hacerla sufrir.

Emhyr estuvo callado largo tiempo, siempre de cara a la ventana.

– Puede que sí esté en deuda contigo -dijo, girándose sobre los talones-. Escucha, pues, lo que tengo que ofrecerte como parte del pago. Hace mucho, mucho tiempo, en épocas remotas, cuando la gente aún tenía honor, orgullo y dignidad, cuando valoraba su palabra y temía la vergüenza más que nada en el mundo, solía ocurrir que, cuando un hombre respetado era condenado a muerte, para eludir la infamante mano del verdugo o del esbirro, se metía en un baño con agua caliente y se abría las venas. No sé si también podría añadir en la cuenta…

– Manda llenar el baño.

– No sé si también podría añadir en la cuenta -prosiguió tranquilamente el emperador- el que Yennefer te acompañara en ese baño…

– Estoy casi seguro. Pero habrá que preguntar. Tiene un carácter muy rebelde.

– Ya lo sé.

*****

Yennefer dio su consentimiento desde el primer momento.

– El círculo se ha cerrado -añadió, mirándose las muñecas-. La serpiente Uroboros va a clavar sus dientes en su propia cola.

– ¡No lo entiendo! -Ciri bufaba como un gato furioso-. No comprendo por qué tengo que irme con ellos. ¿Adonde? ¿Por qué?

– Hijita -dijo Yennefer con dulzura-. Ése, y sólo ése, es tu destino. Entiéndelo, no puede ser de otra manera, así de sencillo.

– ¿Y vosotros?

– A nosotros -Yennefer miró a Geralt- nos aguarda nuestro propio destino. Así es como tiene que ser. Ven aquí, hijita. Abrázame fuerte.

– Quieren asesinaros, ¿a que sí? ¡No estoy dispuesta! ¡Acabo de encontraros! ¡No es justo!

– Quien a hierro mata -dijo con voz sombría Emhyr var Emreis-, a hierro muere. Han combatido contra mí y han perdido. Pero han perdido con dignidad.

Ciri se plantó delante de él en tres pasos, y Geralt, sin hacer ruido, respiró hondo. Oyó suspirar a Yennefer. ¡Joder, pensó, pero si cualquiera lo puede ver! ¡Pero si todo ese ejército negro está viendo algo que resulta evidente! El mismo aire, los mismos ojos chispeantes, el mismo gesto con la boca. Esa forma idéntica de cruzar los brazos sobre el pecho. Por suerte, por gran suerte, el pelo gris lo ha heredado de su madre. Pero, de todos modos, basta con mirar para darse cuenta de cuál es su sangre…

– Tú, en cambio… -dijo Ciri, dirigiendo a Emhyr una mirada enardecida-. Tú, en cambio, has ganado. ¿Y crees que has ganado con dignidad?

Emhyr var Emreis no respondió. Se limitó a sonreír, dirigiendo a la chica una mirada visiblemente satisfecha. Ciri apretó los dientes.

– Tantos muertos. Tanta gente muerta por todo esto. ¿Han perdido con dignidad? ¿La muerte es digna? Sólo una bestia puede pensar eso. A mí, a pesar de que he mirado a la muerte tan de cerca, no han conseguido convertirme en una bestia. Y nadie lo va a conseguir.

No le respondió. La miraba como si quisiera empaparse de ella con la mirada.

– Yo ya sé -siguió Ciri, siseando- qué es lo que te propones. Qué es lo que pretendes hacer conmigo. Y te lo digo desde ahora mismo: no voy a dejar que me toques. Y como me… como me… Te mato. Aunque tenga las manos atadas. En cuanto te duermas, te destrozo el cuello a dentelladas.

El emperador, con un gesto tajante, acalló el murmullo que estaba creciendo entre los oficiales que le rodeaban.

– Cúmplase -sentenció, sin apartar la mirada de Ciri- la voluntad del destino. Despídete de tus amigos, Cirilla Fiona Elen Riannon.

Ciri miró al brujo. Geralt rechazó con la cabeza. La muchacha suspiró.

Ciri y Yennefer se abrazaron y estuvieron susurrando largo tiempo. Después Ciri se acercó a Geralt.

– Lástima -dijo en voz baja-. Parecía que todo iba a acabar mejor.

– Mucho mejor.

Se abrazaron.

– Sé valiente.

– No seré suya -le susurró-. No temas. Me escaparé. Tengo mis recursos…

– No puedes matarle. Recuérdalo, Ciri. No puedes.