– El bicho fue lo que os trajera -no era una pregunta, sino una afirmación- hasta el mi campo, ¿no es así?
– En efecto. -El peregrino asintió con el ala del sombrero, tenía la voz ligeramente alterada-. Sin ánimo de presumir, debo decir que venteé el asado desde lejos. Pero me he andado con ojo. En una hoguera a la que me acerqué hace un par de días estaban asando a una mujer.
– Es cierto -confirmó el elfo-. Pasé por allí a la mañana siguiente, vi huesos humanos entre las cenizas.
– A la mañana siguiente -repitió pausadamente el peregrino, y Boreas se habría apostado lo que hiciera falta a que en su cara oculta por el sombrero se dibujaba una fea sonrisa-. ¿Hace mucho que me sigues los pasos, mi señor elfo?
– Sí, mucho.
– ¿Y qué te impedía dejarte ver?
– Mi buen juicio.
– En verdad, el desfiladero de Elskerdeg -Boeas Mun le dio la vuelta al espetón y rompió un silencio incómodo- no es sitio que goce de buena fama. También yo viera güesos en las hogueras, esqueletos ampalados. Ahorcados en los árboles. Está aquello plagao de devotos de horrendos cultos. Y de seres que no más están pendientes de cómo devorarte. Eso parece.
– No lo parece -le corrigió el elfo-. Es seguro. Y cuanto más subamos hacia el este, peor.
– ¿Vuesas mercedes también al este se dirigen? ¿Más allá de Elskerdeg? ¿A Zerrikania? ¿O tal vez más lejos aún, a Hakland?
No le respondieron ni el peregrino ni el elfo. Realmente, Boreas no se esperaba una respuesta. En primer lugar, la pregunta era indiscreta. En segundo lugar, era estúpida. Desde el sitio en el que se encontraban sólo era posible ir hacia el este. A través de Elskerdeg. A donde se dirigía él.
– Listo está el asado. -Boreas, con un movimiento hábil, que también pretendía servir de advertencia, abrió una navaja mariposa-. Venga, señores, sin reparos.
El peregrino sacó un cuchillo de monte, y el elfo un estilete que no tenía ninguna pinta de servir para cocinar. Pero las tres hojas, afiladas para los fines más inquietantes, sirvieron en esta ocasión para cortar la carne. Durante un tiempo se oyó el crujido de las mandíbulas masticando. Y el chisporroteo de los huesos roídos arrojados a la hoguera.
El peregrino eructó con rotundidad.
– Curioso animal -dijo, mirando la paletilla que acababa de zamparse y que había dejado tan limpia como si se hubiera pasado tres días en un hormiguero-. Por el sabor recordaba al cabrito, pero estaba tan tierno como el conejo… No recuerdo haber comido nunca nada parecido.
– Era un skrekk -dijo el elfo, haciendo ruido al triturar una ternilla con los dientes-. Yo tampoco recuerdo haberlo comido.
Boreas se limitó a carraspear. La nota de retranca, casi imperceptible, en la voz del elfo demostraba que sabía que el animal asado era una rata gigante de ojos sangrientos y enormes dientes, con una cola que medía sus buenos tres codos. El rastreador ni siquiera había cazado al descomunal roedor. Le había disparado en defensa propia. Pero decidió asarlo. Era un hombre sensato y que pensaba con frialdad. Nunca se habría comido una rata que se alimentara de basura y desperdicios. Pero desde el angosto paso de Elskerdeg hasta la comunidad más cercana capacitada para producir residuos había más de trescientas millas. Aquella rata -o, como prefería llamarlo el elfo, aquel skrekk- tenía que estar limpia y sana. No había entrado en contacto con la civilización. No tenía, pues, nada que pudiera resultar mortífero o contagioso.
Finalmente, la última, y la menor, de las costillas, mordida y chupada hasta quedar reluciente, fue a parar a las brasas. La luna se alzó sobre las quebradas cumbres de las Montañas de Fuego. El viento atizó la hoguera y saltaron chispas, que iban a morir y apagarse entre las miríadas de titilantes estrellas.
– ¿Ha mucho que vuesas mercedes -Boreas Mun se decidió nuevamente a hacer una pregunta poco discreta- andan por estos caminos? ¿Por acá, por estos despoblados? ¿Ha ya mucho, me atrevería a preguntar, que atrás dejarais las Puertas de Solveiga?
– Bueno, mucho o poco -dijo el peregrino-, según se mire. Crucé Solveiga el segundo día después del plenilunio de septiembre.
– Yo, en cambio -dijo el elfo-, al sexto día.
– Ja -continuó Boreas Mun, animado por las reacciones-. Qué raro que no nos hayamos encontrado antes, pues también yo pasé por allá en aquellos mismos días. Entonces aún iba a caballo.
Se quedó callado, ahuyentando los malos pensamientos y recuerdos asociados al caballo y a su pérdida. Estaba seguro de que a sus compañeros fortuitos también les tenían que haber ocurrido peripecias semejantes. Si hubieran ido siempre a pie, jamás habrían llegado tan lejos, hasta las inmediaciones de Elskerdeg.
– Deduzco entonces -volvió a hablar- que vuesas mercedes pusiéronse en camino justo al cabo de la guerra, tras la conclusión de la paz de Cintra. Naturalmente, eso no es cosa mía, mas me atrevo a suponer que no estarán vuesas mercedes muy satisfechas con el orden de cosas impuesto en Cintra.
El silencio que reinó durante bastante tiempo en torno al fuego lo rompió un aullido lejano. Un lobo, probablemente. Aunque en las cercanías del paso de Elskerdeg nunca se podía estar seguro de nada.
– Para ser sincero -intervino inesperadamente el elfo-, no tenía ningún motivo para que, tras la paz de Cintra, me gustara la faz del mundo. Por no hablar del orden impuesto.
– En mi caso -dijo el peregrino, cruzando sus enormes antebrazos sobre el pecho-, me pasaba algo parecido. Aunque me hice a la idea, como diría un conocido mío, post factum.
Volvió a hacerse el silencio. Cesaron incluso los aullidos en el desfiladero.
– Al principio… -dijo el peregrino, tras una larga pausa, a pesar de que tanto Boreas como el elfo se habrían apostado algo a que no seguiría hablando-. Al principio, todo apuntaba a que la paz de Cintra traería cambios favorables, que daría paso a un orden mundial muy llevadero. Si no para todos, sí al menos para mí…
– Los reyes -carraspeó Boreas- se reunieron en Cintra, si no macuerdo mal, en abril, ¿no?
– Exactamente el dos de abril -precisó el peregrino-. Me acuerdo de que había luna nueva.
A lo largo de toda la pared situada bajo las oscuras vigas que sustentaban la galería colgaba una hilera de escudos con las vistosas figuras de los emblemas heráldicos, los blasones de la nobleza de Cintra. Bastaba un simple vistazo para detectar la diferencia entre los timbres, algo descoloridos ya, de los escudos de los viejos linajes y las divisas de las familias ennoblecidas en tiempos más cercanos, durante los reinados de Dagorad y Calanthe. Estos últimos presentaban colores vivos, no ajados aún, y no se detectaba en ellos la menor señal de carcoma.
Con todo, los colores más intensos aparecían en los escudos incorporados más recientemente, con los blasones de los nobles nilfgaardianos. De aquéllos que se habían señalado en la conquista de la plaza fuerte y en los cinco años de administración imperial.
Cuando recuperemos Cintra, pensaba el rey Foltest, habrá que impedir que la gente destruya esos escudos en el fervor sagrado de la restauración. La política es una cosa, la decoración de las salas otra. Los cambios de régimen no pueden servir para justificar el vandalismo.
Así que aquí fue donde todo empezó pensaba Dijkstra, observando la gran sala. El célebre banquete de pretendientes, en el que hizo acto de presencia el Erizo de Acero y exigió la mano de la princesa Pavetta… Pero la reina Calanthe había contratado al brujo…
De qué forma tan asombrosa se entretejen los destinos humanos, pensaba el espía, sorprendiéndose de la trivialidad de sus propios pensamientos.
Hace cinco años, pensaba la reina Meve, hace cinco años los sesos de Calanthe, la Leona de la sangre de los Cerbin, se esparcieron sobre las losas del patio, precisamente del que se ve por esta ventana. Calanthe, cuyo orgulloso retrato hemos visto en el pasillo, era la penúltima persona de sangre real. Después de eso, y dado que su hija, Pavetta, había muerto ahogada, sólo ha quedado su nieta. Cirilla. Aunque probablemente sea cierta la noticia de que Cirilla tampoco vive.