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– Os lo ruego. -Cyrus Engelkind Hemmelfart, jerarca de Novigrado, elegido por aclamación, en virtud de su edad, posición y respeto generalizado, para presidir los debates, hizo un gesto con su mano temblorosa-. Hagan el favor sus señorías de ocupar sus puestos.

Se sentaron a una mesa redonda, donde los asientos estaban identificados con unas tablillas de caoba. Mave, reina de Rivia y Lyria. Foltest, rey de Temería y su vasallo, el rey Venzlav de Brugge. Demawend, rey de Aedirn. Henselt, rey de Kaedwen. El rey Ethan de Cidaris. El joven rey Kistrin de Verden. El duque Nitert, cabeza del consejo de regencia de Redania. Y el conde Dijkstra.

Habría que intentar quitarse de encima a ese espía, apartarlo de la mesa de debates, pensó el jerarca. El rey Henselt y el rey Foltest, y hasta el joven Kistrin, ya se han permitido algunos comentarios ácidos, sólo se desmarca del resto el representante de Nilfgaard. Ese Segismundo Dijkstra es un hombre que no responde ante ningún estado, tiene además un pasado muy turbio y muy mala fama, es una persona turpis. No podemos permitir que la presencia de un individuo como ése envenene el clima de las negociaciones.

La persona que encabezaba la delegación de Nilfgaard, el barón Shilard Fitz-Oesterlen, a quien precisamente le había correspondido en la mesa redonda el puesto situado enfrente de Dijkstra, saludó al espía con una gentil reverencia diplomática.

Viendo que todos estaban ya sentados, el jerarca de Novigrado también tomó asiento. No sin ayuda de unos pajes que le sostenían las manos temblonas. El jerarca se sentó en una silla fabricada años atrás para la reina Calanthe. Aquella silla tenía un respaldo bellamente tallado, de una altura imponente, que la distinguía de las restantes.

Por muy redonda que sea una mesa, conviene que se sepa quién manda.

*****

Asi que fue aquí, pensaba Triss Merigold, contemplando la estancia, mirando los tapices, los cuadros, los numerosos trofeos de caza, la cornamenta de un animal que la hechicera no había visto en su vida. Allí mismo, tras la famosa demolición de la sala del trono, había tenido lugar la célebre conversación privada entre Calanthe, el brujo, Pavetta y el Erizo Embrujado. Cuando Calanthe dio su consentimiento a aquel extravagante matrimonio. Y Pavetta ya estaba encinta. Ciri nació cuando aún no habían transcurrido ocho meses… Ciri, la heredera al trono… La Leoncilla, de la sangre de la Leona… Ciri, mi hermanita pequeña. que ahora está lejos de aquí, en el sur. Por suerte ya no está sola. La acompañan Geralt y Yennefer. Está a salvo.

Lo más seguro es que ellas me hayan vuelto a mentir.

– Sentaos, queridas -las instó Filippa Eilhart, que llevaba ya un rato mirando fijamente a Triss-. Los soberanos del mundo van a empezar de un momento a otro a pronunciar sus discursos de apertura, no querría perderme una sola palabra.

Las hechiceras, interrumpiendo sus chismorreos entre bastidores, ocuparon rápidamente sus puestos. Sheala de Tancarville, con un boa de zorro plateado que daba un toque femenino a su severa vestimenta masculina. Assire var Anahid, con un vestido de seda violeta que combinaba con singular gracia la modesta sencillez con la elegancia más distinguida. Francesca Findabair, majestuosa, como siempre. Ida Emean aep Sivney, misteriosa, como siempre. Margarita Laux-Antille, digna y seria. Sabrina Glevissig, adornada con turquesas. Keira Metz, de verde y amarillo limón. Y Fringilla Vigo. Abatida. Triste. Y pálida, con una palidez mortal, enfermiza, espectral.

Triss Merigold estaba sentada al lado de Keira, enfrente de Fringilla. Sobre la cabeza de la hechicera nilfgaardiana colgaba un cuadro que representaba a un jinete galopando como una exhalación por un camino flanqueado por dos hileras de alisos. Los alisos alargaban hacia el jinete los monstruosos brazos de sus ramas, se reían burlonamente con las horribles fauces de sus huecos. Triss no pudo evitar estremecerse.

Había un telecomunicador tridimensional encendido en medio de la mesa. Filippa Eilhart, con un conjuro, ajustó la imagen y el sonido.

– Como podéis ver y oír -dijo, con cierta acritud-, en la sala del trono de Cintra, justo debajo de nosotras, en la planta inferior, los soberanos del mundo se disponen en estos momentos a decidir su destino. Y nosotras, aquí, un piso más arriba, tenemos que andarnos con ojo, para que estos mozuelos no nos hagan una jugarreta.

*****

Al aullador que aullaba en Elskerdeg se le unieron otros aulladores. A Boreas no le cabía duda alguna. No eran lobos.

– Yo tampoco -dijo, para animar nuevamente la charla mortecina- me esperaba gran cosa de esas negociaciones de Cintra. La verdad es que nadie a quien yo conozca contaba con que fuesen a traer nada bueno.

– Fue importante -el peregrino, tranquilamente, mostró su desacuerdo- el hecho mismo de que se iniciaran las negociaciones. Un hombre llano, que es lo que yo soy, si se me permite decirlo, piensa llanamente. Y un hombre llano sabe que los reyes y los emperadores, cuando están guerreando, sienten tanto encono que, si pudieran, si tuvieran fuerzas, se matarían sin descanso. ¿Que han dejado de matarse los unos a los otros, y en vez de eso se han sentado alrededor de una mesa? Eso significa que las fuerzas les flaquean. Se sienten, por decirlo llanamente, impotentes. Y de esa impotencia se sigue asimismo que ninguna fuerza armada ataca la hacienda de la gente sencilla, que no mata, que no mutila, que no quema las casas, que no degüella a los niños, que no viola a la mujer, que no esclaviza. No. En lugar de hacer todo eso, se han reunido en Cintra y negocian. ¡Regocijémonos!

El elfo, mientras movía con su bastón un leño que chisporroteaba en la hoguera, miró al peregrino de reojo.

– Por muy llano que sea un hombre -dijo, sin disimular el sarcasmo-, por muy encantado de la vida que esté, por muy eufórico que se llegue a sentir, no puede dejar de entender que la política es lo mismo que la guerra, sólo que llevada de otra manera. Y tampoco puede dejar de entender que las negociaciones no son sino una forma de comercio. Se desarrollan de idéntico modo. Los éxitos en la negociación se obtienen a base de concesiones. Lo que se gana por aquí, se pierde por allí. En otras palabras, para poder comprar a unos, no hay más remedio que vender a otros.

– En verdad -dijo después de un momento el peregrino-, es algo tan llano y evidente, que cualquiera lo puede entender. Hasta el más llano de los hombres.

*****

– ¡No, no y mil veces no! -gritó el rey Henselt, descargando los dos puños sobre el tablero de la mesa, haciendo que volcara la copa y saltara el tintero-. ¡No admito discusiones al respecto! ¡Nada de regateos! ¡Se acabó, no hay más que hablar, deireadh!

– Henselt -dijo tranquilo, sobrio y muy conciliador Foltest-. No compliques las cosas. Y no nos comprometas con tus gritos ante su excelencia.

Shilard Fitz-Oesterlen, negociador en nombre del imperio de Nilfgaard, se inclinó con una sonrisa falsa que venía a sugerir que los desplantes del rey de Kaedwen ni le iban ni le venían. jí

– ¿Queremos entendernos con el imperio -prosiguió Foltest-, y vamos a empezar de pronto a atacarnos entre nosotros como perros rabiosos? Qué vergüenza, Henselt.

– Ya hemos llegado a acuerdos con Nilfgaard en asuntos tan espinosos como el de Dol Angra y Tras Ríos -comentó Dijkstra con fingida desgana-. Sería una tontería…

– ¡No me gustan un pelo esos comentarios! -bramó Henselt con tanta fuerza en esta ocasión que más de un búfalo no habría estado a su altura-. ¡Y menos cuando vienen de espías de todos los pelajes! ¡Soy el rey, su puta madre!

– Eso ya se ve -refunfuñó Meve. Demawend, vuelto de espaldas, miraba los escudos heráldicos en la pared de la sala, sonriendo con desdén, como si su reinado no estuviera en juego.