– Lo haré. -La elfa se puso seria de repente-. Nada de rendir homenaje. Quiero que Dol Blathanna sea un alodio. Sin ningún vínculo de vasallaje, más allá de la promesa de lealtad y de no actuar en perjuicio del soberano.
– Demawend no lo aceptará -comentó lacónicamente Filippa-. No renunciará a los beneficios y rentas del Valle de las Flores.
– En esa cuestión -Francesca levantó las cejas- estoy dispuesta a entablar negociaciones bilaterales, estoy segura de que llegaremos a un consenso. Un alodio no está obligado a pagar rentas, pero el pago no está necesariamente prohibido ni excluido.
– ¿Y qué hay del fideicomiso? -Filippa Eilhart no se rendía-. ¿Y de la primogenitura? Si acepta el alodio, Demawend exigirá garantías de la indivisibilidad del ducado.
– A Demawend -Francesca volvió a sonreír- seguramente le podrían engañar mi cutis y mi tipo, pero me extrañaría que a ti te pasara lo mismo, Filippa. Hace ya mucho, mucho tiempo, que deje atrás la edad en que podía quedarme embarazada. En lo tocante a la primogenitura y el fideicomiso, Demawend no tiene nada que temer. Yo seré ultimus familiae de la casa real de Dol Blathanna. Pero, a pesar de la diferencia de edad, que aparentemente favorece a Demawend, la cuestión de mi herencia no creo que la trate con él, sino más bien con sus nietos. Os puedo asegurar que en ese asunto no habrá puntos conflictivos.
– En ése, no -concedió Assire var Anahid, mirando a los ojos a la hechicera elfa-. Pero, ¿qué pasa con las partidas de los Ardillas? ¿O con los elfos que han hecho la guerra en el bando imperial? Si no me equivoco, estamos hablando de la mayoría de tus súbditos, señora doña Francesca.
La Margarita de Dolin dejó de sonreír. Miró a Ida Emean, pero la elfa de las Montañas Azules, que guardaba silencio, evitó su mirada.
– Pro publico bono… -empezó a decir, pero se interrumpió. Assire, nbicn muy seria, hizo un gesto con la cabeza, indicando que lo había comprendido.
– Qué se le va a hacer -dijo despacio-. Todo tiene un precio. La reclama sus víctimas. La paz, como puede verse, también.
– Sí, eso es verdad se mire por donde se mire -repitió pensativo el peregrino, mirando al elfo que estaba sentado con la cabeza gacha-. Conversaciones de paz son un mercadillo. Un bazar. Para poder comprar a unos, no hay más remedio que vender a otros. Así es como funciona el mundo. Todo consiste en no comprar demasiado caro…
– Y en no venderse demasiado barato -concluyó el elfo, sin alzar la cabeza.
– ¡Traidores! ¡Golfos!
– ¡Hijos de puta!
– ¡AnTaadraigh aen cuach!
– ¡Perros nilfgaardianos!
– ¡Silencio! -gritó Hamilcar Danza, dando un golpe con su puño acorazado en la balaustrada del pórtico. Los ballesteros de la galería apuntaron sus armas contra los elfos que se apiñaban en el cul de sac-. ¡Haya paz! -gritó más fuerte aún-. ¡Ya basta! ¡Silencio, oficiales! ¡Más dignidad!
– ¿Cómo puedes tener el descaro de hablar de dignidad, canalla? -gritó Coinneach Dá Reo-. ¡Hemos derramado la sangre por vosotros, malditos dh'oine! ¡Por vosotros, por vuestro emperador, a quien juramos lealtad! ¿Y así nos lo agradecéis? ¿Entregándonos a esos verdugos del norte? ¡Como si fuéramos unos criminales! ¡Unos asesinos!
– ¡He dicho que basta! -Danza volvió a descargar un puñetazo atronador en la balaustrada-. ¡Que os quede muy clara una cosa, señores elfos! Los acuerdos firmados en Cintra, que establecen las condiciones para la paz, obligan al imperio a poner a los criminales de guerra en manos de los norteños…
– ¿A los criminales? -gritó Riordain-. ¿Qué criminales? ¡Serás cerdo, dh'oine!
– A los criminales de guerra -repitió Danza, sin prestar la menor atención al tumulto que se había formado allí abajo-. A los oficiales sobre quienes pesan acusaciones fundamentadas de terrorismo, de haber cometido asesinatos entre la población civil, de haber dado muerte y haber torturado a prisioneros de guerra, de haber masacrado a los heridos en los hospitales de campaña…
– ¡Pero seréis hijos de puta! -clamó Angus Bri Cri-. ¡Los matábamos porque estábamos en guerra!
– ¡Los matamos siguiendo ordenes vuestras!
– ¡Cuach'te aep arse, bloede dh'oine!
– ¡La decisión está tomada! -insistió Danza-. Vuestros insultos y vuestros gritos no van a cambiar nada. Así que más vale que os acerquéis de uno en uno al cuerpo de guardia y no opongáis resistencia mientras sois encadenados.
– Deberíamos habernos quedado cuando ellos huyeron cruzando el Yaruga. -A Riordain le rechinaban los dientes-. Deberíamos habernos quedado y habernos organizado en comandos. ¡Pero nosotros, idiotas, mentecatos, estúpidos, nos atuvimos a nuestro juramento de soldados! ¡Así nos ha ido!
Isengrim Faoiltiarna, el Lobo de Acero, jefe casi legendario de los Ardillas, y actualmente coronel imperial, con rostro imperturbable se arrancó de la manga y de las charreteras los rayos plateados de la brigada Vrihedd y los arrojó a las losas del patio. Otros oficiales secundaron su ejemplo. Hamilcar Danza, que estaba observando desde la galería, frunció las cejas.
– Es una demostración muy poco seria -dijo-. Además, yo en vuestro lugar no me desprendería tan a la ligera de las insignias imperiales. Me veo obligado a informaros de que, como oficiales imperiales, durante la negociación de las condiciones de paz se os ha garantizado un proceso justo, unas sentencias benévolas y una pronta amnistía…
Los elfos apiñados en el cal de sac soltaron una carcajada unánime, clamorosa, que retumbó en los muros.
– También debo haceros ver -añadió tranquilamente Hamilcar Danza- que no vamos a entregar a nadie más que a vosotros a los norteños. Treinta y dos oficiales. No vamos a entregar a ninguno de los soldados sobre los que habéis tenido el mando. A ninguno.
La risa en el cal de sac cesó, como cortada con un cuchillo.
El viento sopló sobre la hoguera, levantando una lluvia de chispas y llenando los ojos de humo. Volvió a oírse un aullido en el desfiladero.
– Con todo comerciaron -dijo el elfo, rompiendo el silencio-. Todo estaba en venta. El honor, la lealtad, la palabra de caballero, el juramento, la mera decencia… Simples mercancías que sólo tuvieron valor mientras hubo demanda de ellas y se prolongó la coyuntura. Y, cuando dejó de haber demanda, ya no valían un comino y fueron arrumbadas. Arrojadas al basurero.
– Al basurero de la historia. -El peregrino asintió con la cabeza-. Tenéis razón, señor elfo. Eso es lo que pareció, allá en Cintra. Todo tenía un precio. Y valía tanto como aquello que se podía obtener a cambio. Cada mañana abría sus sesiones la bolsa de valores. Y, como en la auténtica bolsa, continuamente se estaban produciendo subidas y bajadas repentinas. Y, como en la auténtica bolsa, era difícil no tener la impresión de que había alguien manejando los hilos.
– ¿He oído bien? -preguntó Shilard Fitz-Oesterlen, marcando las palabras y acompañando con el tono y la cara su expresión de incredulidad-. ¿O es que me engaña el oído?
Berengar Leuvaarden, enviado especial del imperio, no se tomó la molestia de contestar. Arrellanado en su butaca, se dedicaba a agitar la copa, contemplando el movimiento ondulante del vino.
El rostro del engreído Shilard era una máscara de desprecio y altivez. Que decía: «O estás mintiendo, hijo de perra, o lo que quieres es dármela con queso, ponerme a prueba. En cualquier caso, te he calado».
– ¿Debo entender, entonces -dijo, pavoneándose-, que, tras las desmesuradas concesiones en las cuestiones fronterizas, en la cuestión de los prisioneros de guerra y de la restitución de los botines, en la cuestión de los oficiales de la brigada Vrihedd y de los comandos de Scoia'tael, el emperador me ordena alcanzar un acuerdo y aceptar las exigencias imposibles de los norteños con respecto a la repatriación de los colonos?