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– Lo habéis comprendido a la perfección, señor barón -respondió Merengar Leuvaarden, alargando las sílabas de un modo característico^-. Realmente, me admira vuestra viveza.

– Por el Gran Sol, señor Leuvaarden, ¿es que en la capital nunca meditáis las consecuencias de vuestras decisiones? ¡Los norteños ya andan murmurando a estas horas que nuestro imperio es un coloso con los pies de barro! ¡Ya están proclamando que nos han vencido, que nos han derrotado, que nos han expulsado! ¿Es que no entiende el emperador que prestarse a nuevas concesiones significa aceptar su arrogante y desmedido ultimátum? ¿Es que no comprende el emperador que ellos lo van a interpretar como una muestra de debilidad, lo cual podría tener consecuencias deplorables de cara al futuro? Y, por último, ¿es que no se da cuenta el emperador de la suerte que aguarda a varios millares de colonos nuestros en Brugge y en Lyria?

Berengar Leuvaarden dejó de menear la copa y clavó en Shilard sus ojos, negros como el carbón.

– Le he transmitido al señor barón una orden imperial -proclamó-. Cuando el señor barón la cumpla y regrese a Nilfgaard, podrá, si así lo desea, preguntar personalmente al emperador por todo aquello que no entienda. Tal vez también quiera hacerle al propio emperador estos reproches. Regañarle. Reprenderle. ¿Por qué no? Pero en persona. Sin mi mediación.

Aja, pensó Shilard. Ya lo veo. Tengo aquí delante al nuevo Stefan Skellen. Y habrá que actuar con él como con Skellen… Pero está muy claro que no ha venido hasta aquí sin motivo. La orden la podría haber traído un mensajero ordinario.

– Bueno -dijo, en tono visiblemente desenvuelto y hasta confidencial-. ¡Ay de los vencidos! Pero la orden imperial es clara y concreta, y así será cumplida, pues. Haré todo lo posible para que parezca que es resultado de las negociaciones, y no una capitulación absoluta. Yo entiendo de esas cosas. Soy diplomático desde hace treinta años. Diplomático de cuarta generación. Mi familia es una de las más notables, de las más acaudaladas… y de las más influyentes.

– Lo sé, lo sé, desde luego -le interrumpió Leuvaarden, con una leve sonrisa-. Por eso estoy aquí.

Shilard hizo una ligera reverencia. Esperaba impaciente.

– Los malentendidos -empezó a decir el enviado, meciendo la copa- han obedecido a que el señor barón es de la opinión de que la victoria y la conquista se basan en un disparatado genocidio. En poder clavar el mástil de una bandera en mitad de la tierra ensangrentada, gritando: «¡Hasta aquí todo es mío! ¡Lo he conquistado!». Semejante opinión, por desgracia, está bastante extendida. Para mí, sin embargo, señor barón, como para las personas que me han investido de plenos poderes, la victoria y la conquista dependen de factores extremadamente cambiantes. La victoria puede consistir en algo como lo siguiente: los derrotados se verán obligados a adquirir los bienes producidos por los vencedores, e incluso lo harán de buena gana, porque los bienes de los vencedores son mejores y más baratos. La divisa de los vencedores es más fuerte que la de los vencidos y los vencidos tienen mucha más confianza en ella que en la divisa propia. ¿Me entendéis, señor barón Fitz-Oesterlen? ¿Empieza poco a poco el señor barón a diferenciar a los vencedores de los vencidos? ¿Entiende de quién hay que sentir lástima?

El embajador asintió con la cabeza.

– Pero, para fortalecer y legitimar la victoria -prosiguió, tras una pausa, Leuvaarden, alargando las sílabas-, se debe firmar la paz. Inmediatamente, y al precio que sea. No un armisticio ni una tregua, sino la paz. Un compromiso creativo. Un acuerdo constructivo. Que no introduce bloqueos económicos, retorsiones aduaneras ni medidas proteccionistas en el comercio.

Shilard, con un nuevo gesto con la cabeza, aseguró que sabía a qué se refería.

– Si hemos destruido su agricultura y hemos arruinado su industria no ha sido sin motivo -siguió Leuvaarden con su voz tranquila, pausada e impasible-. Lo hemos hecho para que, ante la falta de productos propios, tengan que comprar los nuestros. Pero nuestros mercaderes y nuestros productos no van a cruzar a través de unas fronteras cerradas y hostiles. ¿Y qué va a pasar entonces? Yo os diré, querido barón, lo que va a pasar. Va a tener lugar una crisis de sobreproducción, porque nuestras manufacturas están trabajando a pleno rendimiento, con vistas a la exportación. También sufrirían grandes pérdidas las sociedades de comercio marítimo, fruto de la cooperación con Novigrado y Kovir. Vuestra influyente familia, querido barón, tiene una notable participación en tales sociedades. Y la familia, como sin duda sabrá el señor barón, es la célula básica de la sociedad. ¿Lo sabíais?

– Sí, lo sabía -dijo Shilard Fitz-Oesterlen en voz baja, a pesar de que la habitación estaba herméticamente asegurada contra el espionaje-. Entiendo, lo he captado. No obstante, querría tener la seguridad de que cumplo órdenes del emperador… Y no de alguna… corporación…

– Los emperadores pasan -dijo Leuvaarden, arrastrando las palabras-. Y las corporaciones permanecen. Y permanecerán. Pero eso no en más que una obviedad. Entiendo muy bien las reservas del señor Mirón. Y podéis estar seguro, señor barón, de que vais a cumplir una orden dada por el emperador. Que tiene por objeto el bien y el interés del imperio. Dada, no lo niego, como resultado de los consejos que ha recibido el emperador de cierta corporación.

El emisario se abrió el cuello y la camisa para mostrar un medallón dorado donde figuraba una estrella inscrita en un triángulo y envuelta en llamas.

– Bonito adorno. -Shilard, con una sonrisa y una leve inclinación, hizo ver que había comprendido-. Soy consciente de que es algo muy caro… y exclusivo… ¿Se puede comprar en alguna parte?

– No -negó con énfasis Berengar Leuvaarden-. Hay que hacerse acreedor a él.

*****

– Con su permiso, damas y caballeros. -La voz de Shilard Fitz-Oesterlen adoptó un tono muy peculiar, conocido ya por los participantes en las deliberaciones, que indicaba que aquello que el embajador se disponía a decir era, a su juicio, extremadamente importante-. Con su permiso, damas y caballeros, leeré el contenido del aide memoire que me ha enviado su majestad imperial Emhyr var Emreis, emperador de Nilfgaard por la gracia del Gran Sol…

– Oh, no. Otra vez no. -A Demawend le rechinaban los dientes, mientras que Dijkstra se limitó a gemir. Nada de eso escapó, ni podía escapar, a la atención de Shilard.

– La nota es larga -reconoció-. Así pues, la resumiré, en lugar de leerla. Su majestad imperial expresa su gran satisfacción por la marcha de las negociaciones y, como persona proclive a la paz, acoge con alegría los compromisos y acuerdos alcanzados. Su majestad imperial desea que se produzcan nuevos avances en las conversaciones hasta concluir con provecho mutuo…

– Vayamos, pues, al grano -le tomó la palabra Foltest-. ¡Y rapidito! Concluyamos con provecho mutuo y regresemos a casa.

– Así se habla -dijo Henselt, el cual estaba más lejos de casa que nadie-. Hay que ir acabando, porque, como nos dé por remolonear, se nos va a echar el invierno encima.

– Todavía nos espera un compromiso -recordó Meve-. Y un asunto al que nos hemos referido en algunas ocasiones, pero muy por encima. Probablemente por temor a que nos pudiera enfrentar. Ya va siendo hora de vencer ese temor. El problema no va a desaparecer así como así, sólo porque le tengamos miedo.

– Así es -confirmó Foltest-. Manos a la obra. Tenemos que resolver el estatus de Cintra, el problema de la herencia al trono, de la sucesión de Calanthe. Es un problema arduo, pero no dudo de nuestra capacidad para solucionarlo. ¿No es verdad, excelencia?