Выбрать главу

– Oh. -Fitz-Oesterlen sonrió de forma diplomática y enigmática-. Estoy seguro de que en la cuestión de la sucesión al trono de Cintra todo va a ir sobre ruedas. Es una cuestión más sencilla de lo que se cree.

*****

– Someto a discusión -anunció Filippa Eilhart en un tono que no invitaba a la discusión- el siguiente proyecto: hagamos de Cintra un territorio bajo fideicomiso. Otorguemos el mandato a Foltest de Temeria.

– Ese Foltest está creciendo más de la cuenta -dijo Sabrina Glevissig, torciendo el gesto-. Su apetito es excesivo. Brugge, Sodden, Angren…

– Necesitamos -Filippa eludió el tema- un estado fuerte junto a la desembocadura del Yaruga. Y en las Escaleras de Marnadal.

– No lo niego. -Sheala de Tancarville asintió con la cabeza-. Lo necesitamos. Pero no lo necesita Emhyr var Emreis. Y nuestro objetivo es un compromiso, no un conflicto.

– Hace algunos días Shilard propuso -recordó Francesca Finda-bair-, para trazar una línea de demarcación, dividir Cintra en zonas de influencia, una zona septentrional y una zona meridional…

– Un disparate y una chiquillada. -Margarita Laux-Antille mostró su indignación-. Esa clase de repartos no tienen ningún sentido, sólo sirven como foco de nuevos conflictos.

– Creo -dijo Sheala- que hay que convertir a Cintra en un condominio. Un poder ejercido por un comisariado designado por los representantes de los reinos norteños y del imperio de Nilfgaard. La ciudadela y el puerto de Cintra tendrían el estatus de ciudad libre… ¿Querías decir algo, mi querida Assire? Te lo ruego. Reconozco que por lo general sólo someto a discusión exposiciones completas y acabadas, pero adelante. Cuando quieras.

Todas las magas, sin excluir a Fringilla Vigo, pálida como un espectro, clavaron la mirada en Assire var Anahid. La hechicera nilfgaarna no tenía ninguna prisa.

– Propongo -anunció con su voz simpática y agradable- que nos concentremos en otros problemas. Podemos dejar Cintra en paz. Sobre ciertos asuntos que han llegado a mis oídos, ni siquiera he tenido tiempo de informar a las presentes. La cuestión de Cintra, estimadas cofrades, ya está decidida y resuelta.

– ¿Cómo? -Los ojos de Filippa se contrajeron-. ¿Qué quiere decir si se me permite la pregunta?

Triss Merigold soltó un sonoro suspiro. Ella ya se imaginaba, ya sabía lo que quería decir aquello.

*****

Vattier de Rideaux estaba triste y abatido. Su encantadora y adorable amante, la rubia Cantarella, le había dejado de forma repentina e imprevista, sin ofrecerle ninguna razón, sin más explicaciones. Para Vattier habia sido un golpe terrible, que le había dejado cabizbajo, nervioso, distraído y atontado. Tenía que prestar mucha atención, tener mucho cuidado para no meter la pata, para no soltar ninguna majadería mientras hablaba con el emperador. Esos tiempos de grandes cambios no eran aptos para gente insegura e incompetente.

– Al Gremio de los Mercaderes -dijo, arrugando la frente, Emhyr var Emreis- ya le hemos pagado por su inestimable ayuda. Les hemos otorgado suficientes privilegios, más de los que recibieron de los tres anteriores emperadores juntos. En cuanto a Berangar Leuvaarden, también estamos en deuda con él por su ayuda en el descubrimiento de la conjura. Se le ha concedido un puesto elevado y bien remunerado. Pero si resulta un incompetente, a pesar de los servicios prestados, saldrá disparado como un rayo. Sería bueno que estuviera informado al respecto.

– Me encargaré de que así sea, majestad. ¿Y qué hay de Dijkstra? Y de ese informante secreto suyo?

– Dijkstra estaría dispuesto a morir antes de revelarme quién es su informante. También a él, naturalmente, convendría agradecerle esas noticias que parecen caídas del cielo… Pero, ¿cómo hacerlo? Dijkstra no aceptaría nada de mí.

– Si se me permite, majestad imperial…

– Habla.

– Dijkstra estaría dispuesto a recibir información. Algo que no sepa, pero que le gustaría saber. Su majestad puede mostrarle su agradecimiento mediante información.

– Bravo, Vattier.

Vattier de Rideaux suspiró aliviado. Para ello, volvió la cabeza. Eso le permitió ver antes que nadie a las damas que se aproximaban hacia ellos. Stella Congreve, condesa de Liddertal, y una muchacha de rubios cabellos que estaba a su cargo.

– Ahí vienen… -Hizo una señal con las cejas-. Me permito recordarle a su majestad imperial… La razón de estado… El interés del imperio…

– Basta -le interrumpió de mala gana Emhyr var Emreis-. Ya te he dicho que lo meditaré. Pensaré bien la cuestión antes de tomar una decisión. Y después te informaré de cuál ha sido la decisión tomada.

– Muy bien, majestad imperial.

– ¿Algo más? -El Fuego Blanco de Nilfgaard, impaciente, dio unos golpecitos con un guante en la cadera de la nereida de mármol que embellecía el pedestal de la fuente-. ¿Por qué no te retiras, Vattier?

– El asunto de Stefan Skellen…

– No voy a adoptar ninguna medida de gracia. Muerte al traidor. Pero después de un proceso justo y riguroso.

– Como ordene su majestad imperial.

Emhyr no se dignó mirarlo mientras se despedía con una reverencia y se retiraba. Estaba pendiente de Stella Congreve. Y de la muchacha rubia.

Ahí viene el interés del imperio, pensó. La falsa princesa, la falsa reina de Cintra. La falsa soberana de la desembocadura del río Yarre, tan importante para el imperio. Ahí viene, con la mirada gacha, aterrada, con un vestido blanco de seda con las mangas verdes y un pequeño collar de peridoto sobre un escote mínimo. Entonces, en Darn Rowan, la felicité por ese vestido, elogié la elección de las joyas. Stella conoce mis gustos. Pero, ¿qué voy a hacer con esta muñequita? ¿Ponerla en un pedestal?

– Honorables señoras. -Las recibió con una reverencia. En Nilfgaard, fuera de la sala del trono, las normas de urbanidad y cortesía con las mujeres obligaban también al emperador.

Le respondieron con profundas reverencias e inclinaciones de la cabeza. Al fin y al cabo, estaban en presencia del emperador, por muy gentil que fuera.

Emhyr ya estaba cansado de tanto protocolo.

– Quédate aquí, Stella -ordenó secamente-. Y tú, muchacha, ven conmigo a dar un paseo. Toma mi brazo. La cabeza bien alta. Basta ya, basta ya de reverencias. No es más que un simple paseo.

Se adentraron por una vereda, entre arbustos y setos que empezaban a reverdecer. La guardia personal del emperador, soldados de la brigada de élite Impera, los renombrados Salamandras, se mantuvieron apartados, pero en permanente alerta. Sabían cuándo no había que molestar al emperador.

Pasaron junto a un estanque vacío y triste. Una carpa viejísima, traída por el emperador Torres, había muerto dos días antes. Habrá que soltar un nuevo ejemplar, joven, fuerte y hermoso, de carpa espejo, pensó Emhyr var Emreis, mandaré que le prendan una medalla con mi retrato y con la fecha. Vaesse deireadh aep eigean. Algo ha terminado, algo comienza. Es una nueva era. Nuevos tiempos. Una nueva vida. Que haya también una carpa nueva, joder.

Sumido en sus reflexiones, a punto estuvo de olvidarse de la joven que llevaba del brazo. Reparó en su presencia gracias a su calor, a su aroma a muguetes y al interés del imperio. En ese orden, justamente.

Se detuvieron junto al estanque, en mitad del cual emergía del agua una isla artificial. En ella había un jardín de montaña, una fuente y una escultura de mármol.

– ¿Sabes qué representa esa figura?

– Sí, majestad imperial -respondió, aunque no de inmediato-. Es un pelicano, que se desgarra el pecho con el pico para alimentar a sus crías con su propia sangre. Es una alegoría del sacrificio generoso. Y también…

– Te escucho con atención.

– También de un gran amor.

– ¿Crees que de ese modo -la obligó a volverse hacia él, apretó los labios- el pecho desgarrado dolerá menos?