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– No sé… -balbuceó-. Majestad imperial… Yo…

Emhyr le cogió la mano. Notó cómo temblaba. El temblor se transmitió a su propia mano, a su brazo, a su hombro.

– Mi padre -dijo- fue un gran soberano, pero nunca prestó atención a los mitos y leyendas, nunca tenía tiempo para esas cosas. Y siempre los confundía. Siempre, me acuerdo como si lo estuviera viendo. Cada vez que me traía hasta aquí, al parque, me decía que la estatua representa al pelícano resurgiendo de sus cenizas… Bueno, muchacha, al menos sonríe cuando el emperador te cuente una anécdota graciosa. Gracias. Mucho mejor así. Sería una pena si tuviera que pensar que no estás contenta paseando aquí conmigo. Mírame a los ojos.

– Estoy contenta… de poder estar aquí… con su majestad imperial. Es un inmenso honor para mí… pero también una gran alegría. Estoy muy feliz…

– ¿De verdad? ¿No será también esto adulación cortesana? ¿Mera etiqueta, fruto de las buenas enseñanzas de Stella Congreve? ¿Un papel que Stella te ha obligado a aprenderte de memoria? Confiesa, muchacha.

Bajó la mirada y no le respondió.

– Tu emperador te ha hecho una pregunta -insistió Emhyr var Emreis-. Y, cuando un emperador pregunta, nadie se atreve a quedarse callado. Naturalmente, tampoco nadie osa mentirle.

– De verdad -dijo con voz melodiosa-. De verdad que estoy contenta, majestad imperial.

– Te creo -dijo Emhyr después de un momento-. Te creo, aunque estoy sorprendido.

– Yo también… -susurró-. Yo también estoy sorprendida.

– ¿Cómo? Por favor, sin miedo.

– Me gustaría que pudiéramos… pasear más a menudo. Y conversar. Pero entiendo… entiendo que eso es algo imposible.

– Y entiendes bien. -Se mordió los labios-. Los emperadores gobiernan sus imperios, pero hay dos cosas que no pueden dominar: su corazón y su tiempo. Ambos pertenecen al imperio.

– Lo sé -susurró-, y muy bien además.

– No te entretengo mucho más -dijo tras un momento de incómodo silecnio-. Tengo que viajar a Cintra, a honrar con mi presencia la firma solemne de la paz. Tú vuelves a Darn Rowan… Levanta la cabeza, muchacha. Vaya. Ya es la segunda vez que te sorbes los mocos en mi presencia. ¿Y qué veo en los ojos? ¿Lágrimas? Son graves infracciones contra la etiqueta. Me voy a ver obligado a expresarle a la condesa de Liddertal mi profundo descontento. Levanta la cabeza, te he dicho.

– Os ruego… que perdonéis a doña Stella… majestad imperial. Es culpa mía. Sólo mía. Doña Stella me ha enseñado… y me ha preparado bien.

– Me he dado cuenta, y lo aprecio. No temas, Stella no corre ningún riesgo de caer en desgracia. Nunca ha corrido ese riesgo. Sólo estaba bromeando contigo. No ha estado bien.

– Me he dado cuenta -susurró la muchacha, pálida, asustada de su propia osadía. Pero Emhyr se limitó a sonreír. De manera un tanto forzada.

– Así me gusta -aseguró-. Créeme. Valiente. Igual que…

No terminó. Igual que mi hija, pensó. Un sentimiento de culpa le sacudió como la mordedura de un perro.

La joven le aguantó la mirada. Eso no es únicamente obra de Stella, pensó Emhyr. Seguramente es cuestión de carácter. A pesar de las apariencias, es un diamante que no se raya con facilidad. No. No autorizaré a Vattier a asesinar a esta chiquilla. Cintra será Cintra, el interés del imperio será el interés del imperio, pero para este asunto me parece que sólo hay una salida sensata y honrosa.

– Dame la mano.

Fue una orden pronunciada con voz y tono severo. Pero, a pesar de eso, dio la sensación de que fue cumplida de buena gana. Sin violencia.

La mano de la muchacha era pequeña y estaba fría. Pero ya no temblaba.

– ¿Cómo te llamas? Por favor, no me respondas Cirilla Fiona.

– Cirilla Fiona.

– Me entran ganas de castigarte. Con severidad.

– Ya lo sé, majestad imperial. Me lo merezco. Pero yo… Yo tengo que ser Cirilla Fiona.

– Podría pensarse -dijo, sin soltarle la mano- que lamentas no ser ella.

– Y lo lamento -susurró-. Lamento no ser ella.

– ¿De verdad?

– Si fuera… la auténtica Cirilla… el emperador me miraría con buenos ojos. Pero yo no soy más que una falsificación. Una imitación. Un doble que no es digno de nada. De nada…

Emhyr se volvió bruscamente, la cogió de los hombros. Y de inmediato la volvió a soltar. Dio un paso atrás.

– ¿Ansias la corona? ¿El poder? -dijo en voz baja, pero deprisa, haciendo como si no la viera negar enérgicamente con la cabeza-. ¿Los honores? ¿El esplendor? ¿Los lujos?

Se calló, respiró profundamente. Hizo como si no viera que la muchacha seguía negando con la cabeza gacha, rechazando los injustos reproches que pudieran seguir. Tanto más injustos cuanto que ni siquiera habían sido formulados.

Suspiró profundamente, de un modo ruidoso.

– ¿No sabes, pequeña polilla, que todo esto que ves aquí delante es una llama?

– Lo sé, majestad imperial.

Estuvieron mucho rato callados. De pronto, se sintieron embriagados con los aromas primaverales. Los dos.

– Ser emperatriz -dijo por fin Emhyr, con tono apagado-, a pesar de las apariencias, no es tarea sencilla. No sé si estaré capacitado para amarte.

La muchacha asintió con la cabeza, dando a entender que también de eso era consciente. El emperador vio una lágrima en su mejilla. Igual que entonces, en la ciudadela de Stygga, sintió cómo se movía la esquirla de frío cristal que tenía clavada en su corazón.

La abrazó, estrechándola con fuerza contra su pecho, le acarició los cabellos que olían a muguetes.

– Pobrecita mía… -dijo con una voz extraña-. Mi pobre y pequeña razón de estado.

*****

Por toda Cintra se oían tañidos de campanas. Tañidos respetables, profundos, solemnes. Pero también extrañamente fúnebres.

Una belleza fuera de lo común, pensaba el jerarqua Hemmelfart, mirando, como todo el mundo, el retrato que estaban colgando, que mediría, como el resto, media braza por una braza, si no más. Una belleza extraña. Me juego la cabeza a que es una mestiza. Me apuesto la cabeza a que le corre por las venas la maldita sangre de los elfos.

Guapa, pensaba Foltest, más guapa que en la miniatura que me enseñaron los agentes del servicio secreto. Bueno, ya se sabe que los retratos suelen ser lisonjeros.

No se parece en nada a Calanthe, pensaba Meve. No se parece en nada a Roegner. No se parece en nada a Pavetta… Hum… Se comenta… Pero no, no es posible. Tiene que ser de sangre real, la legítima soberana de Cintra. Es fundamental. Lo requiere la razón de estado. Y la historia.

Ésta no es la que he visto en mis sueños, pensaba Esterad Thyssen, rey de Kovir, llegado recientemente a Cintra. Estoy seguro de que no es la misma. Pero no voy a decírselo a nadie. Me lo guardaré para mí y para mi Zuleyka. Juntos decidiremos de qué modo podemos aprovechar mejor el conocimiento que nos proporcionan los sueños.

Poco faltó para que fuera mi mujer, esa Ciri, pensaba Kistrin de Verden. En tal caso, habría sido príncipe de Cintra, heredero del trono, de acuerdo con la tradición… Y seguramente habría acabado como Calanthe. Menos mal, menos mal que en aquella ocasión huyó de mí.

Ni por un momento me he creído esa historia del gran amor a primera vista, pensaba Shilard Fitz-Oesterlen. Ni por un momento. Y, sin embargo, Emhyr se va a casar con esa muchacha. Renuncia a la posibilidad de reconciliarse con sus duques y, en lugar de tomar por mujer a alguna de las duquesas nilfgaardianas, elige a Cirilla de Cintra. ¿Por qué? ¿Para extender su dominio a este pequeño y miserable paisucho, la mitad del cual, si no más, habría podido incorporarla al imperio de Nilfgaard durante las negociaciones? ¿Para controlar la desembocadura del Yaruga, que ya está en poder de las sociedades de comercio marítimo de Nilfgaard, Novigrado y Kovir?