– Cásate conmigo. Quiero que seas mi mujer.
La Dulce Casquivana tardó mucho en contestar, mientras se rehacía de la sorpresa. La multitud vitoreaba. En la tribuna, el jerarca de Novigrado, sudoroso, tomando aire como un enorme siluro grasiento, daba su bendición a los burgueses, al desfile, a la ciudad y al mundo.
– ¡Pero si tú estás casado, Adam Pangratt!
– Estoy separado. Me voy a divorciar.
Julia Abatemarco no le respondió. Volvió la cabeza. Sorprendida. Confusa. Y muy feliz. Sin saber muy bien por qué.
La multitud vitoreaba y arrojaba flores. Los cohetes y los fuegos artificiales estallaban por encima de los tejados, entre el ruido y el humo.
Las campanas de Novigrado sonaban como un quejido.
Es una mujer, pensó Nenneke. Cuando la mandé a la guerra era una chiquilla. Y ha vuelto hecha una mujer. Segura de sí misma. Consciente de quién es. Tranquila. Relajada. Toda una mujer.
Ha ganado esta guerra. Al no permitir que la guerra la aniquilase.
– Debora – Eurneid siguió con la enumeración, en voz baja pero firme- murió de tifus en un campamento en Mayenna. Prune se ahogó en el Yaruga al volcar un bote cargado de heridos. A Myrrha la mataron los elfos, los Ardillas, durante un ataque a un hospital de campaña en Armería… Katje…
– Habla, chiquilla -la animó dulcemente Nenneke.
– Katje -Eurneid se aclaró la voz- conoció en el hospital a un nilfgaardiano herido. Tras firmarse la paz, con los intercambios de prisioneros, se fue con él a Nilfgaard.
– Siempre he dicho -suspiró la gruesa sacerdotisa- que el amor no conoce fronteras ni barreras. ¿Y qué es de Iola Segunda?
– Vive -se apresuró a asegurar Eurneid-. Está en Maribor.
– ¿Por qué no vuelve?
La adepta agachó la cabeza.
– No va a regresar al templo, madre -dijo en voz baja-. Está en el hospital de Milo Vanderbreck, ese cirujano, un mediano. Ha dicho que quiere cuidar enfermos. Que sólo se va a dedicar a eso. Perdónala, madre Nenneke.
– ¿Perdonarla? -La sacerdotisa soltó un resoplido-. Si estoy orgullosa de ella.
– Llegas tarde -dijo Filippa Eilhart entre dientes-. Llegas tarde a una fiesta solemne que cuenta con la presencia de los reyes. Por todos los diablos, Segismundo, tu desdén por el protocolo es bien conocido, y no necesitas hacer ostentación de él. Sobre todo, en un día como éste…
– Tengo mis razones. -Dijkstra respondió con una inclinación a la mirada de la reina Hedwig y a la elevación de cejas del jerarca de Novigrado. También capto el mal gesto en el rostro del capellán Willemer y la mueca de desprecio en el semblante, digno de ser acuñado en moneda, del rey Foltest.
– Tengo que hablar contigo un momento, Fil.
– A solas, me imagino…
– Sería lo mejor. -Dijkstra esbozó una sonrisa-. Pero, si así lo prefieres, no tengo ningún inconveniente en que haya más ojos observando. Por ejemplo, los hermosos ojos de las damas de Montecalvo.
– Más bajo -musitó la hechicera, sin borrar la sonrisa de sus labios.
– ¿Cuándo se me concederá audiencia?
– Lo pensaré. Ya te lo haré saber. Ahora déjame en paz. Éste es un acto solemne. Una fiesta grande. Te lo recuerdo, por si no te habías dado cuenta.
– ¿Una fiesta grande?
– Estamos en el umbral de una nueva era, Dijkstra. El espía se encogió de hombros.
La multitud seguía vitoreando. Lanzaron fuegos artificiales. Doblaban las campanas de Novigrado, sonaban en señal de triunfo, en señal de gloria. Pero su tañido resultaba extrañamente fúnebre.
– Venga, aguanta las riendas, Jarre -dijo Lucienne-. Me entró la jambre, quiero comer arguna cosilla. Trae, te voy a enrollar la correa a la mano. Ya sé que tú, con una sola, no pues.
Jarre, avergonzado y humillado, notó cómo le salían los colores. No conseguía acostumbrarse. No podía evitar la impresión de que nadie tenía nada mejor que hacer que quedarse embobado mirando su muflón, su manga doblada y cosida. De que todo el mundo se fijaba en él a todas horas, para compadecer hipócritamente al mutilado y lamentar falsamente su desgracia, mientras que en el fondo de su alma lo despreciaba y lo veía como algo que venía a alterar indebidamente, con su fealdad y su impertinencia, el hermoso orden reinante. Por el mero hecho de atreverse a existir.
Lucienne, no tenía más remedio que reconocerlo, era bastante distinta, en ese sentido, del resto de la gente. Ni hacía como que no lo veía ni caía en el amaneramiento de las atenciones humillantes y la aún mas humillante compasión. Jarre no andaba muy lejos de creer que la joven carretera rubia lo trataba con naturalidad y con normalidad. Pero procuraba descartar esa idea. No la aceptaba.
Porque seguía sin ser capaz de tratarse a sí mismo con normalidad.
La carreta que transportaba a los mutilados de guerra chirriaba y traqueteaba. Tras una breve temporada de lluvias, había llegado el calor sofocante. Los baches formados por el paso continuo de los convoyes militares se habían secado y endurecido, convirtiéndose en crestas, aristas y resaltes de fantásticas formas, y por ellas tenía que rodar el vehículo tirado por cuatro caballos. Según aumentaba el tamaño de los baches, los brincos que daba el carro eran cada vez mayores, al tiempo que crujía y la caja se balanceaba como un barco en plena tempestad. Los soldados lisiados -cojos en su mayoría- juraban de un modo tan rebuscado como obsceno, y Lucienne, para no caerse, se pegaba a Jarre y le abrazaba, compartiendo generosamente con el joven su mágico calor, su prodigiosa suavidad y su excitante mezcla de olores: a caballo, a riendas de cuero, a heno, a avena, a intenso sudor de chávala.
En uno de esos baches el carro pegó un brinco y Jarre tiró de las riendas enrolladas alrededor de su muñeca. Lucienne, dando bocados a un cacho de pan y a un salchichón, se pegó a su costado.
– Vaya, vaya… -Se había fijado en su medallón de latón y se aprovechó arteramente de que Jarre tuviera su única mano ocupada con las riendas-. ¿Qué tenemos aquí? ¿Un amuleto nomeolvides? Jo, menudo listeras el que se inventó estas memeces. Mucho hubo de demanda durante esta guerra, sólo la de vodka pue que haya sío mayor. A ver qué nombre de chica pone dentro…
– Lucienne -Jarre se puso colorado como un tomate, tenía la sensación de que en cualquier momento la sangre le iba a salir a chorros-, tengo que pedirte… que no lo abras… Disculpa, pero es un asunto personal. No quisiera ofenderte, pero…
El carro pegó un brinco, Lucienne se estrujó y Jarre cerró el pico.
– Ci… ril… la -silabeó con esfuerzo la carretera, cogiendo por sorpresa a Jarre, que no se esperaba que las habilidades de la aldeana llegasen tan lejos-. No te olvidaré. -Cerró de golpe el medallón, soltó la cadenilla y miró al mozo-. Esa Cirilla, mira… Si en verdá te quiere… Menuda bobada, los sortilegios y los amuletos… Si en verdá, ya verás cómo no te olvida, te será fiel. Esperará.
– ¿A esto? -Jarre levantó el muñón.
La chica parpadeó ligeramente. Tenía los ojos azules como el aciano.
– Si en verdá te quiere -repitió con firmeza-, te esperará. To lo demás son tonterías. Lo sé muy bien.
– ¿Tanta experiencia tienes en esto?
– No es cosa tuya -esta vez le tocó a Lucienne ruborizarse ligeramente- qué clase de asperiencias tuviera, ni con quién. Mas no te vayas a pensar que yo soy una de ésas que con un simple meneo ya se prestan a hacer de to entre el heno. Pero sé lo que sé. Y, si se quiere a un chico, se le quiere entero, no a cachos. Así que tampoco na pasa porque le falte un cacho.
El carro pegó un brinco.
– Estás simplificando un poco las cosas -dijo Jarre, apretando los dientes, mientras respiraba con avidez el olor de la muchacha-. Estás simplificando mucho, e idealizando mucho, Lucienne. Te olvidas de un pequeño detalle, y es que, cuando un hombre está entero, se supone que está capacitado para mantener a su mujer y a todos los suyos. Un inválido no está capacitado…