– ¡Vaya, vaya, vaya! -le interrumpió sin contemplaciones-. No me as dar pena. Los Negros, que yo supiera, te han dejao la testa en su sitio, y pues un listillo tú eres, trabajas con la cabeza. No me mires con esa cara tonto. Yo seré de pueblo, mas ojos y oídos tengo. Lo baste despiertos como para que no se les escape un detallejo: que tienes una forma muy rara de hablar, propia de señor y de estudioso. Y aparte de eso…
Agachó la cabeza, tosió. Jarre también tosió. El carro pegó un brinco.
– Aparte de eso -prosiguió la chica-, he oído lo que otros dijeran, que eres un escribidor. Y sacerdote en un templo. Y tú ya estás viendo que con esa mano… Bah, todo eso son bobadas.
El carro llevaba ya un rato sin pegar ningún brinco, pero Jarre y Lucienne no parecían darse cuenta. Y no les importaba un comino.
– Pues yo -dijo la chica tras una larga la pausa- algo de suerte tengo con los sabios. Hubo uno… Hace tiempo… Anduvo detrás mío… Sabía mucho, había pasado por las academias. Hasta en el nombre se notaba.
– ¿Cómo se llamaba?
– Semester.
– Eh, moza -la llamó por detrás el sargento Derkacz, un tipo malvado y tétrico, que había resultado lisiado durante la batalla de Mnyenna-. Venga, moza, arréale bien al castrado en las ancas, que esta carreta tuya va más despacio que un moco resbalando por una pared.
– Vaya que sí -añadió otro lisiado, rascándose la lustrosa cicatriz en el muñón que le asomaba por debajo de la pernera subida-. ¡Hasta el gorro estoy de estos páramos! ¡Cuánto echo de menos una taberna! |No sabéis qué ganas tengo de tomar una cerveza! ¿No podríamos ir con más brío?
– Claro que sí. -Lucienne se volvió en el pescante-. Pero como se nos parta el timón o el cubo del carro al chocar con un terrón, te vas a pasar a lo menos dos semanas sin catar la cerveza, bebiendo agua de lluvia y jugo de abedul, hasta que den con nosotros. Vosotros solos no os las podéis apañar, y yo no pienso llevaros a cuestas.
– Pena de la güeña. -Derkacz enseñó los dientes-. Porque yo andome ensoñando todas las noches que tú cargas conmigo. Y yo me quedo muy pegadito a tu espalda…, Vamos, así, por detrás. Como a mí me gusta. ¿Y a ti, moza?
– ¡Cojo inútil! -gritó Lucienne-. ¡Bicho pestilente! Serás…
Se calló, al ver cómo en las caras de todos los inválidos que viajaban en el carro se extendía de repente una palidez mortal, cadavérica.
– Madre -dijo uno de ellos, entre sollozos-. Con lo poquillo que faltaba pa llegar a casa…
– Estamos perdíos -dijo Derkacz en voz baja, sin la menor emoción. Sencillamente, como quien constata un hecho.
Pero si decían, pensó de pronto Jarre, que habían acabado con los Ardillas. Que no habían dejado ni uno vivo. Que, como les gustaba decir, la cuestión élfica ya estaba solucionada.
Eran seis a caballo. Pero, cuando se fijaron mejor, resultó que los caballos eran seis, pero ocho los jinetes. En dos de las monturas había un par de jinetes. Todos los caballos llevaban un paso rígido, arrítmico, bajando mucho la frente. Parecían bastante mediocres.
Lucienne suspiró fuerte.
Los elfos se aproximaron. Parecían aún más mediocres que los caballos.
Nada quedaba de su orgullo, de su elaborada, arrogante, carismática diferencia. La ropa, que solía ser elegante y vistosa hasta entre los guerrilleros de las partidas, la llevaban toda sucia, rota, llena de manchas. El pelo, su orgullo y su gala, lo traían desgreñado, mugriento, pegajoso, con costras de sangre. Parecía de fieltro. Sus grandes ojos, normalmente altivos, desprovistos de toda expresión, se habían convertido en simas de pánico y desesperación.
Nada quedaba de su diferencia. La muerte, el terror, el hambre y las humillaciones les habían vuelto normales y corrientes. Muy corrientes.
Por un momento Jarre pensó que pasarían de largo, que se limitarían a cruzar la carretera para perderse en el otro lado del bosque, sin dedicarle siquiera una mirada al carro y a los pasajeros. Que sólo dejarían detrás de ellos aquel olor nada élfico, tan desagradable y repulsivo, un olor que Jarre conocía demasiado bien de los hospitales de campaña: el olor de la miseria, de la orina, de la roña, de las heridas purulentas.
Fueron pasando de largo, sin mirar.
No todos.
Una elfa de largos cabellos oscuros, apelmazados, con restos de sangre coagulada, detuvo el caballo muy cerca del carro. Iba inclinada en la silla, sosteniéndose de cualquier manera. Un brazo lo llevaba sujeto en un cabestrillo empapado de sangre. Alrededor de ese brazo revoloteaban y zumbaban las moscas.
– Toruviel -dijo uno de los elfos, volviéndose hacia ella-. En'ca digne, luned.
Lucienne se dio cuenta enseguida de lo que pasaba. Comprendió qué era lo que estaba mirando la elfa. Habiéndose criado en una aldea, había conocido desde niña a un espectro lívido e hinchado que acechaba detrás de la esquina de la cabaña: el fantasma del hambre. Por eso, reaccionó de forma instintiva e inequívoca. Le ofreció un poco de pan a la elfa.
– En'ca digne, Toruviel -repitió el elfo. Era el único de toda la partida que llevaba en una manga desgarrada de la cazadora polvorienta el rayo plateado de la brigada Vrihedd.
Los inválidos que iban en el carro, que se habían quedado de piedra y no habían movido un músculo hasta ese mismo instante, se estremecieron súbitamente, como si un conjuro los hubiera reanimado. En tus manos, tendidas hacia los elfos, aparecieron, como por arte de magín, mendrugos de pan, bolas de queso, tajadas de tocino y salchichón.
Y los elfos, por primera vez desde hacía mil años, tendieron sus manos hacia los humanos.
Lucienne y Jarre fueron las primeras personas que vieron llorar a la elfa. Que la vieron sollozar hasta el sofoco, sin intentar siquiera enjuagarse las lágrimas que le corrían por el rostro sucio. Desmintiendo la afirmación de que los elfos ni siquiera disponen de glándulas lacrimales.
– En'ca… digne -repitió con la voz entrecortada el elfo del rayo en tu manga.
Dicho lo cual, alargó la mano y tomó un pan que le ofrecía Derkacz.
– Te lo agradezco -dijo con la voz ronca, haciendo un esfuerzo para acomodar la lengua y los labios a un idioma extranjero-. Te lo agradezco, humano.
Al cabo de un rato, viendo que ya habían pasado todos, Lucienne chascó al caballo, dio un tirón a las riendas. El carro empezó a rechinar y traquetear. Iban todos en silencio.
Se acercaba ya la hora de la cena cuando la carretera se llenó de jinetes armados. Los dirigía una mujer de pelo blanquísimo, muy corto con una cara malhumorada y enérgica desfigurada por las cicatrices. Una de éstas le cortaba el pómulo desde la sien hasta la comisura de los labios, y después, formando un amplio semicírculo, le rodeaba la cuenca del ojo. A la mujer le faltaba además una buena parte pabellón de la oreja derecha, y su brazo izquierdo acababa justo por debajo del codo, en un manguito de cuero y un garfio de latón, al que llevaba enganchadas las riendas.
La mujer, con una mirada hostil que delataba un enconado afán de venganza, les preguntó por los elfos. Por los Scoia'tael. Por los terroristas. Por los fugitivos, restos de un comando derrotado dos días antes.
Jarre, Lucienne y los inválidos, eludiendo la mirada de la mujer manca, farfullaron confusamente y contestaron que no, que no se habían encontrado con nadie, que no habían visto a nadie.
Mentís, pensó Rayla la Blanca, la misma que había sido en otros tiempos Rayla la Negra. Mentís, estoy segura. Mentís por compasión.
Pero eso no tiene importancia.
Porque yo, Rayla la Blanca, no sé lo que es la compasión.
– ¡Hurraaa, arriba los enanos! ¡Viva Barclay Els!
– ¡Que vivan!