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En el adoquinado de Novigrado retumbaban las botas herradas de los veteranos del Pelotón de Voluntarios. Los enanos marchaban a su estilo, en formación de a cinco. Sobre la columna ondeaba su bandera, donde figuraban unos martillos.

– ¡Que viva Mahakam! ¡V ivant los enanos!

– ¡Gloria y honor a ellos!

De repente, se oyó una risa entre la multitud. Algunas personas la secundaron. Y enseguida todo el mundo se estaba riendo a carcajadas.

– Es una afrenta… -El jerarca Hemmelfart tomó aire-. Es un escándalo… Es algo imperdonable…

– Maldita chusma -dijo entre dientes el capellán Willemer.

– Haced como si no lo hubierais visto -recomendó con calma Foltest.

– No deberían habérseles escatimado las vituallas -dijo Meve con acritud-. Ni negado los suministros.

Los oficiales enanos conservaron la dignidad y las formas, delante de la tribuna se cuadraron y saludaron. En cambio, los suboficiales y los soldados del Pelotón de Voluntarios expresaron su descontento con los recortes presupuestarios introducidos por los reyes y el jerarca. Algunos, al pasar por delante de la tribuna, les hicieron un corte de manga a los monarcas; otros exhibieron otro de sus gestos favoritos: el puño con el dedo corazón tieso, apuntando a lo alto. En los círculos académicos este gesto era conocido como digitus infamis. La plebe lo llamaba de un modo más contundente.

Las caras ruborizadas de los reyes y del jerarca eran una prueba de que conocían ambos nombres.

– No deberíamos haberles ofendido con nuestra tacañería -insistió Meve-. Esta gente es muy puntillosa.

*****

El aullador de Elskerdeg volvió a aullar, el aullido se convirtió en una melodía macabra. Ninguno de los que estaban junto al fuego volvió la cabeza.

El primero en hablar, tras un largo silencio, fue Boreas Mun.

– El mundo ha cambiado. Se ha hecho justicia.

– Bueno, igual se han pasado con esa justicia. -El peregrino esbozó una sonrisa-. Sí estaría de acuerdo en que el mundo se ajustó, por decir, a una ley fundamental de la física.

– Me gustaría saber -dijo el elfo- si estamos pensando en la misma ley.

– Toda acción -dijo el peregrino- provoca una reacción.

El elfo soltó un resoplido, aunque uno bastante afable.

– Ahí le has dado, humano.

*****

– Stefan Skellen, hijo de Bertram Skellen, antiguo coronel imperial, ponte en pie. El Tribunal Supremo del imperio eterno por la gracia del Gran Sol te declara culpable de los delitos y de las acciones ilegítimas de los que has sido acusado, a saber: traición al estado y participación en una conspiración orientada a atentar criminalmente contra el ordenamiento legal del imperio, así como contra la propia persona de su majestad imperial. Tu culpa, Stefan Skellen, ha sido ratificada y probada, y este tribunal no ha observado circunstancias atenuantes. Su serenísima majestad imperial no ha hecho uso de su facultad de gracia.

«Stefan Skellen, hijo de Bertram Skellen. Desde esta sala de audiencias serás conducido a la ciudadela, de donde serás sacado a su debido tiempo. Como traidor, eres indigno de pisar la tierra del imperio y serás colocado en una rastra de madera, y sobre esa rastra serás llevado, tirado por caballos, hasta la plaza del Milenio. Como traidor, eres indigno de respirar el aire del imperio, y en la plaza del Milenio, por mano del verdugo, serás colgado del cuello en una horca, entre el ciclo y la tierra. Y allí estarás colgado hasta morir. Tu cuerpo será quemado, y tus cenizas dispersadas por el viento.

«Stefan Skellen, hijo de Bertram, traidor. Yo, presidente del Tribunal Supremo del imperio, al sentenciarte pronuncio tu nombre por última vez. Desde este momento, que sea olvidado.

*****

– ¡Lo conseguí! ¡Lo conseguí! -gritó, al entrar corriendo en el decanato, el profesor Oppenhauser-. ¡Lo conseguí, señores! ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Y funciona! ¡Da vueltas! ¡Funciona! ¡Funciona!

– ¿De veras? -preguntó bruscamente, con notable esceptisismo, Jean Le Voisier, profesor de química, conocido entre los alumnos como Hedorcarburo-. ¡No es posible! ¿Y se puede saber cómo funciona?

– ¡El móvil perpetuo!

– ¿Perpetuum mobile? -preguntó intrigado Edmund Bumbler, profesor agregado de zoología-. ¿Tal cual? ¿No exageráis, estimado colega?

– ¡En absoluto! -exclamó Oppenhauser, brincando como un chivo-. ¡Ni una pizca! ¡Funciona! ¡El móvil funcional ¡Lo he puesto en marcha y funciona! ¡Funciona sin parar! ¡Sin descanso! ¡Perpetuamente! ¡Por los siglos de los siglos! ¡No hay palabras para describirlo, colegas, es algo que hay que ver! ¡Venid a mi gabinete, deprisa!

– Estoy desayunando -protestó Hedorcarburo, pero su protesta se perdió entre el jaleo, la excitación y el alboroto generalizados. Los profesores, los licenciados y los bachilleres se lanzaron a recoger sus togas, capas y delias, y corrieron hacia la salida encabezados por Oppenhauser, que no paraba de dar gritos y de gesticular. Hedorcarburo les despidió con un digitus infamis y volvió a su panecillo con paté.

El grupo de sabios, al que se incorporaron sobre la marcha nuevos individuos ansiosos de contemplar el fruto de treinta años de esfuerzos de Oppenhauser, recorrió rápidamente la distancia que los separaba del gabinete del afamado físico. Ya estaban a punto de abrir la puerta cuando de pronto tembló el suelo. De forma apreciable. O, más bien, con fuerza. Mejor dicho, con mucha fuerza.

Se trataba de un temblor de tierra, uno de los temblores de tierra originados por la destrucción de la fortaleza de Stygga, escondrijo de Vilgefortz, llevada a cabo por las hechiceras. La onda sísmica, partiendo del lejano Ebbing, había llegado hasta allí, a Oxenfurt.

Con un tintineo salieron volando los cristales de la vidriera que ocupaba el frontón de la cátedra de bellas artes. Cayó de su pedestal, pintarrajeado con obscenidades, el busto de Nicodemus de Boot, primer rector de la institución académica. Cayó de la mesa la taza de tisana con la que Hedorcarburo acompañaba su panecillo con paté. Cayó de un plátano del parque un estudiante de primero de física, Albert Solpietra, que había trepado a ese árbol para impresionar a unas estudiantes de medicina.

Y el perpetuum mobile del profesor Oppenhauser, su legendario invento, se movió por última vez antes de quedarse quieto. Para siempre.

Y jamás fue posible volver a ponerlo en marcha.

*****

– ¡Que vivan los enanos! ¡Que viva Mahakam!

Menuda pandilla, menuda tropa, pensaba el jerarca Hemmelfart, bendiciendo el desfile con su mano temblona. ¿A quién se vitorea aquí? Condotieros venales, enanos obscenos, ¿qué clase de locura es ésta? Al final, ¿quién ha ganado esta guerra, ellos o nosotros? Por todos los dioses, hay que hacer que los reyes se den cuenta. Cuando los historiadores y los escritores se pongan manos a la obra, convendrá someter a censura sus mamarrachadas. Mercenarios, brujos, asesinos a sueldo, no humanos y toda clase de elementos sospechosos deben desaparecer de las crónicas del género humano. Hay que tachar sus nombres, emborronarlos. Ni una palabra sobre ellos. Ni una

Sobre ese, tampoco una palabra, pensó, apretando los labios y mirando a Dijkstra, que estaba contemplando el desfile con una cara de aburrimiento más que evidente.

Habrá que dar a los reyes, siguió pensando el jerarca, algunos consejos acerca de ese Dijkstra. Su presencia constituye un ultraje para la gente decente.

Es un impío y un sinvergüenza. Tiene que desaparecer sin dejar ni rastro. Que no quede recuerdo de él.

*****

Que te lo has creído, cerdo mojigato vestido de púrpura, pensaba Filippa Eilhart, a la que no le costaba nada leerle los intensos pensamientos al jerarca. ¿Te gustaría gobernar, te gustaría dictar y ejercer influencia? ¿Te gustaría decidir? Jamás. Sólo podrás decidir acerca de tus hemoroides, e incluso ahí, en tu propio culo, tus decisiones no van a ser demasiado relevantes.