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Y Dijkstra seguirá por aquí. Tanto tiempo como a mí me convenga.

*****

Ya cometerás un error alguna vez, pensaba el capellán Willemer, mirando los brillantes labios de Filippa, pintados de carmín. Alguna de otras cometerá un error. Os perderá la suficiencia, la arrogancia y soberbia. Las conjuras que tramáis. La inmoralidad. La atrocidad, la perversión a la que os entregáis, en la que vivís. Todo acabará por salir la luz, se extenderá la pestilencia de vuestros pecados, en cuanto cometáis un error. Ese momento ha de llegar.

Incluso, aunque no cometáis ningún error, siempre habrá una forma de haceros pagar. Alguna desgracia caerá sobre los hombres: una maldición, una plaga, tal vez una peste o una epidemia… Entonces todas las culpas serán para vosotras. Seréis castigadas por no haber sido capaces de prevenir la plaga, por no haber sabido evitar sus consecuencias.

Vosotras cargaréis con la culpa de todo.

Y entonces se encenderán las hogueras.

*****

Había muerto un viejo gato rayado, al que llamaban Taheño en virtud de su pelaje. Murió de un modo atroz. Se revolcaba, se ponía en tensión, arañaba la tierra, vomitaba sangre y flemas, sufría convulsiones. Además, padecía disentería. Maullaba, aunque eso no fuera digno de él. Maullaba de un modo lastimero, silencioso. No tardo en decaer.

Taheño sabía por qué se estaba muriendo. O al menos sospechaba qué era lo que le había matado.

Unos días antes había arribado al puerto de Cintra un extraño carguero, una vieja y mugrienta coca, una embarcación muy descuidada, poco más que unos despojos. Catriona: asi decían las borrosas letras en la proa de la coca. Como es natural, Taheño no sabía leer tales letras. Una rata, aprovechando un cabo de amarre, bajó de la coca al muelle. Sólo una. Era una rata despeluchada, sarnosa, torpe. Y le faltaba una oreja.

Taheño mordió a la rata. Tenía hambre, mas su instinto le dijo que no tenía que comerse a aquel bicharraco repugnante. Pero algunas de las muchas pulgas, grandes y lustrosas, que pululaban por el pelaje del roedor, pudieron saltar a Taheño y acomodarse en su pellejo.

– ¿Qué le ha pasado a este gato? ¿Dónde se había metido?

– Lo habrán envenenado. ¡O le habrá echado alguien mal de ojo!

– ¡Puaj, qué asco! ¡Pero si apesta, el muy cabrón! ¡Échalo de las escaleras, mujer!

Taheño se puso rígido y abrió sin hacer ruido la boca ensangrentada. Ya no sentía los escobazos con los que la señora le agradecía sus once años cazando ratones. Expulsado del patio, agonizaba en un sumidero lleno de espuma de jabón y orina. Agonizaba y les deseaba a aquellas gentes tan desagradecidas que también cayeran enfermas. Que pasaran por lo mismo que él estaba pasando.

Su deseo se iba a ver satisfecho en breve. Y además a gran escala. A una escala colosal.

La mujer que, a patadas y escobazos, había echado a Taheño del patio se detuvo un momento. Se levantó las sayas y se rascó una pantorrilla, por debajo de la corva. Le picaba.

La había mordido una pulga.

*****

Las estrellas titilaban intensamente sobre Elskerdeg. Las chispas de la hoguera se desvanecían sobre su fondo.

– Ni la paz de Cintra -dijo el elfo- ni menos aún el pomposo desfile de Novigrado pueden ser considerados hitos ni piedras miliares. ¿Cuál es, entonces, su sentido? El poder político no puede construir la historia a base de documentos o decretos. Tampoco puede el poder político juzgar la historia, calificarla ni esquematizarla de un modo simplista, aunque ningún poder, en su soberbia, reconoce esta evidencia. Una de las manifestaciones más notorias de vuestra arrogancia humana es la llamada historiografía, un intento de manifestar opiniones y de emitir veredictos sobre los «sucesos del pasado», como soléis llamarlos. Es algo típico de vosotros, humanos, y obedece al hecho de que la naturaleza os ha concedido una existencia efímera, propia de insectos, de hormigas, con vuestra ridícula vida media por debajo de los cien años. Pero vosotros os empeñáis en acomodar el mundo a vuestra existencia insectil. Por otra parte, la historia es un proceso que se desarrolla de forma ininterrumpida y que jamás termina. No se presta la historia a ser dividida en segmentos, desde aquí hasta aquí y desde aquí hasta aquí, desde tal fecha hasta tal otra. No es posible definir la historia, ni mucho menos cambiarla, mediante una proclama de un monarca. Por mucho que haya ganado una guerra.

– No voy a entrar en una disputa filosófica -aseguró el peregrino-. Como ya he dicho, me tengo por hombre sencillo y poco elocuente. Pero sí me atrevería a señalar dos cosas. En primer lugar, esta vida nuestra tan breve, como la de los insectos, nos protege a los humanos de la decadencia. Nos lleva a valorar nuestra vida, lo cual nos inclina a vivir intensamente, de un modo creador, para aprovechar cada minuto de nuestra vida y disfrutar de él. Hablo y pienso como un ser humano, pero eso mismo pensaban los longevos elfos que se dirigían a combatir y a morir en los comandos de Scoia'tael. Corregidme, por favor, si me equivoco.

El peregrino esperó un tiempo prudencial, pero nadie le corrigió.

– En segundo lugar -prosiguió-, me parece a mí que el poder político, a pesar de no ser capaz de modificar la historia, lo que sí puede hacer con sus actuaciones es crear una ilusión, una apariencia, bastante conseguida, de que posee esa capacidad. El poder tiene medios e instrumentos para eso.

– Oh, sí -dijo el elfo, volviendo la cara-. El poder tiene métodos e instrumentos. Y con ellos no hay forma de discutir.

*****

La galera golpeó con la borda en los pilotes cubiertos de algas y conchas. Procedieron a amarrar. Se oían gritos, juramentos, órdenes.

Chillaban las gaviotas que buscaban desperdicios entre las aguas lucias y verdes del puerto. El muelle se llenó de gente. La mayoría uniformada.

– Final de trayecto, señores elfos -dijo el nilfgaardiano que estaba a mando del transporte-. Estamos en Dillingen. ¡Todo el mundo a tierra! Os esperan.

Cierto. Les estaban esperando.

Ninguno de los elfos -desde luego, no Faoiltiarna- se había trágado la promesa de los juicios justos y la amnistía. Los Scoia'tael y Los oficiales de la brigada Vrihedd no abrigaban esperanzas vanas sobre la suerte que les esperaba más allá del Yaruga. En su mayoría se habían hecho ya a la idea, y aceptaban lo que viniera con estoicismo, con resignación incluso. Creían que ya nada podía sorprenderles.

Estaban equivocados.

Les sacaron a empujones de la galera. Sus cadenas tintineaban con estrépito. Les obligaron a bajar al muelle, después les condujeron al malecón, entre dos filas de esbirros armados. También había civiles. Tenían unos ojos muy vivos, que saltaban muy deprisa de una cara a otra cara, de una silueta a otra.

Éstos se encargan de la selección, pensó Faoiltiarna. No se equivocaba.

Con lo que no podía contar, naturalmente, era con que su cara cosida a cuchilladas fuera a pasar inadvertida. Y no contaba con ello.

– ¿Señor Isengrim Faoiltiarna? ¿Lobo de Acero? Pero, ¡qué agradable sorpresa! ¡Tened la bondad!

Los esbirros le sacaron de la formación.

– ¡Va fail! -le gritó Coinneach Dá Reo, que había sido identificado por otros individuos que llevaban unos medallones con el águila de Redania-. ¡Se'ved, se caerme dea!

– Os veréis -siseó el civil que había seleccionado a Faoiltiarna-, pero seguramente en el infierno. A éste le esperan allí, en Drakenborg. ¡Eh, alto! ¿No será éste, por casualidad, el señor Riordain? ¡Cogedlo!

Sólo les habían apartado a ellos tres. Sólo a ellos tres. Faoiltiarna cayó en la cuenta de lo que estaba ocurriendo y de repente -para su sorpresa- empezó a tener miedo.