– ¡Va fail! -gritó Angus Bri Cri, dirigiéndose a los otros dos camaradas que habían sacado de la formación, al tiempo que hacía sonar sus cadenas-. ¡Va fail, fraeren!
Un esbirro le empujó brutalmente.
No se los llevaron muy lejos. Sólo hasta uno de los cobertizos del puerto. Junto a la dársena, donde se mecía un bosque de mástiles.
El civil hizo una señal. Empujaron a Faoiltiarna hasta un poste, bajo una viga por encima de la cual habían echado una soga. Estaban atando un gancho de hierro a la soga. Sentaron a Riordain y Angus en dos escabeles colocados en el piso de tierra.
– Señor Riordain, señor Bri Cri -dijo con frialdad el civil-. Os habéis beneficiado de una amnistía. El tribunal ha decidido mostrarse clemente… No obstante, es preciso que se haga justicia -añadió, sin esperar a sus reacciones-. Para eso han pagado las familias de aquéllos a quienes habéis asesinado, señores. La sentencia ha sido pronunciada.
Riordain y Angus no tuvieron tiempo ni de gritar. Desde detrás les echaron un lazo al cuello y los estrangularon. Les derribaron a la vez de sus asientos y les arrastraron por el piso. Con las manos encadenadas trataron en vano de arrancarse el dogal que se les clavaba en el cuello, pero los verdugos les aplastaron el pecho con las rodillas. Salieron a relucir los cuchillos y cayeron sobre ellos. Ya ni los lazos eran capaces de sofocar sus gritos, sus silbidos, que ponían los pelos de punta.
Duró mucho. Como pasa siempre.
– En su sentencia, señor Faoiltiarna -dijo el civil, girando despacio la cabeza-, se ha introducido una cláusula adicional. Un pequeño extra…
Faoiltiarna no tenía ninguna intención de esperar a averiguar en que consistía ese pequeño extra. El cierre de las cadenas, en el que llevaba trabajando dos días con sus noches, cayó en ese momento de tus muñecas como tocado por una varita mágica. Un golpe tremendo con las gruesas cadenas derribó a los dos esbirros que le vigilaban. De un salto, Faoiltiarna le dio una patada en la cara al siguiente, azotó con las cadenas al civil y se lanzó en plancha por un ventanuco del cobertizo, cubierto de telarañas. Lo atravesó volando, llevándose por delante el marco y el bastidor, dejando en los clavos restos de sangre y jirones de su ropa. Cayó con estrépito sobre los tablones del muelle. Dio unas volteretas, rodó y se zambulló en el agua, entre unos botes de pesca y unas barcazas. Las gruesas cadenas, que seguían unidas a su muñeca derecha, le arrastraban hacia el fondo. Faoiltiarna se resistió. Luchó con todas sus fuerzas por su vida, una vida que muy poco antes creía que le traía sin cuidado.
– ¡Ya eres nuestro! -vociferaban los esbirros, saltando desde el cobertizo-. ¡Estás muerto!
– ¡Ahí está! -gritaron otros, que corrían por el muelle-. Acaba de salir a la superficie.
– ¡A las lanchas!
– ¡Disparadle! -se desgañitaba el civil, tratando de atajar con ambas manos la sangre que le manaba con fuerza de la cuenca de un ojo-. ¡Acribilladlo!
Se oyeron los chasquidos de las ballestas. Las gaviotas echaron a volar dando chillidos. El agua sucia y verde entre las barcazas rompió a hervir con los flechazos.
– ¡Vivant! -El desfile se estaba alargando, la multitud de Novigrado daba ya síntomas de fatiga y de afonía-. ¡Vivant! ¡Que vivan! -¡Hurra!
– ¡Gloria a los reyes! ¡Gloria!
Filippa Eilhart miró a su alrededor. Al comprobar que nadie estaba pendiente de ella, se inclinó hacia Dijkstra.
– ¿Sobre qué querías hablar conmigo?
El espía también miró a su alrededor.
– Sobre el atentado contra el rey Vizimir en julio del año pasado.
– Dime.
– El medioelfo que cometió el asesinato -Dijkstra bajó más todavía la voz- no era ningún chiflado, Fil. Y no actuó solo.
– ¿Qué me estás diciendo?
– Más bajo -dijo Dijkstra con una sonrisa-. Más bajo, Fil.
– No me llames Fil. ¿Tienes pruebas? ¿De qué tipo? ¿De dónde las has sacado?
– Te quedarías sorprendida, Fil, si te dijera de dónde. ¿Cuándo se me concederá una audiencia, ilustrísima señora?
Los ojos de Filippa Eilhart eran como dos lagos negros, sin fondo.
– En breve, Dijkstra.
Sonaron las campanas. La muchedumbre vitoreaba con voz ronca. Las tropas desfilaban. Los pétalos de flores, como copos de nieve, cubrían el pavimento de Novigrado.
– ¿Sigues escribiendo?
Ori Reuven se sobresaltó y echó un borrón. Llevaba diecinueve años al servicio de Dijkstra, pero aún no se había acostumbrado a los movimientos sigilosos de su jefe, a sus repentinas apariciones sin saberse de dónde ni cómo.
– Buenas noches, cof, cof, excel…
– Gente de la sombra -Dijkstra leyó la portada del manuscrito que, con toda familiaridad, había cogido de la mesa-. Historia de los servicios secretos reales, escrita por Oribasius Gianfranco Paolo Reuven, licenciado… Ay, Orí, Ori. A tus años, estas bobadas…
– Cof, cof…
– He venido a despedirme, Ori.
Reuven le miró asombrado.
– Verás, mi fiel amigo -prosiguió el espía, sin esperar a que el secretario le soltara una de sus toses-, yo también estoy viejo, y resulta que, además, soy un estúpido. Le he dicho una palabra a una persona. Sólo a una. Y una sola palabra. Han sido una palabra de más y una persona de más. Presta atención, Ori. ¿Las oyes?
Ori Reuven puso los ojos a cuadros y negó con la cabeza. Dijkstra estuvo unos momentos en silencio.
– No las oyes -afirmó después de esa pausa-. Pues yo sí las oigo. Por todos los pasillos. Las ratas corren por la ciudad de Tretogor. Aquí las tenemos. Se aproximan sobre sus blandas patitas.
Surgieron de las sombras, de las tinieblas. Negros, enmascarados, veloces como ratas. Los guardias y los centinelas de las antecámaras sucumbieron sin un solo grito a sus fulgurantes ataques con estiletes de estrechos y angulosos filos.
La sangre corrió por los suelos del palacio de Tretogor, se extendió por los pavimentos, manchó el entarimado, caló las carísimas alfombras de Vengerberg.
Recorrieron todos los pasillos, dejando cadáveres a su paso.
– Ahí está -dijo uno de ellos, haciendo una señal. Una bufanda negra, que le envolvía la cara hasta los ojos, le sofocaba la voz-. Ha entrado ahí. Pasando por el despacho donde trabaja Reuven, ese viejo que siempre está tosiendo.
– De ahí no hay salida -dijo el que estaba al mando. Sus ojos brillaban a través de las aberturas de la máscara de terciopelo-. Detrás del despacho hay un cuarto ciego. Por no tener, no tiene ni ventanas.
– Hay gente apostada en todos los pasillos. Junto a todas las puertas y ventanas. No tiene escapatoria. Está en un atolladero.
– ¡Adelante!
Echaron abajo la puerta a patadas. Centellearon los estiletes.
– ¡Muerte! ¡Muerte al verdugo sanguinario!
– ¿Cof, cof? -Ori Reuven levantó de los papeles sus ojos miopes y lacrimosos-. ¿Qué deseáis? ¿En qué puedo, cof, cof, serviros?
Los asesinos, en su empuje, derribaron la puerta que daba a las habitaciones privadas de Dijkstra y las recorrieron como ratas, examinando hasta el último rincón. Arrojaron al suelo los gobelinos, cuadros y paneles destrozados. Con los estiletes desgarraron las cortinas y la tapicería.
– ¡No está! -gritó uno, entrando en el despacho-. ¡No está!
– ¿Dónde está? -dijo, soltando salivazos, el cabecilla, inclinándose sobre Ori. Le estaba taladrando con la mirada, por las aberturas de la máscara negra-. ¿Dónde está ese perro sanguinario?
– No está -respondió tranquilamente Ori Reuven-. Ya lo estáis viendo.