No faltaron voluntarios. Claremont tenía incluso su propio cuerpo de bomberos, dotado y mantenido por Houvenaghel. Hicieron todo lo que estaba en su mano para apagar el fuego. Pero fue inútil.
– No damos abasto… -se lamentaba el jefe de los bomberos, limpiándose el rostro cubierto de ampollas-. No es fuego corriente… ¡Es algo diabólico!
– Magia negra… -Otro de los bomberos se ahogaba con el humo.
Procedente del interior del anfiteatro, se oía el tremendo crujido de los cabrios, caballetes y pilares al resquebrajarse. Hubo estampidos, estallidos, chasquidos, bramidos, y una enorme columna de fuego se elevó hacia el cielo. El tejado implosionó, cayendo sobre la arena del anfiteatro. El edificio entero se inclinó: podría decirse que estaba saludando al público, al que había dado diversión por última vez, ofreciéndole un espectáculo impactante, de una fogosidad extraordinaria.
Y después las paredes se vinieron abajo.
Los esfuerzos de los bomberos y de los equipos de socorro permitieron salvar de las llamas medio granero y una pequeña parte de la fábrica de cerveza.
Amanecía un día maloliente.
Houvenaghel estaba sentado en medio del barro y las cenizas, con el gorro de noche tiznado y la delia de abortón. Lloraba amargamente, hacía pucheros como un crío.
Naturalmente, tenía asegurados el teatro, la fábrica de cerveza y el granero. El problema estaba en que la compañía de seguros también era propiedad de Houvenaghel. Nada, ni siquiera el fraude fiscal, le podría compensar mínimamente por las pérdidas.
– Y ahora, ¿adonde? -preguntó Geralt, contemplando la columna de humo que empañaba con su suciedad el sonrosado cielo matinal-. ¿A quién más quieres visitar, Ciri?
Ella le miró, y él no tardó en arrepentirse de habérselo preguntado. De repente, le entraron ganas de abrazarla, soñó con estrecharla en sus brazos, dándole su calor, acariciándole el cabello. Para protegerla. Para impedir que nunca, nunca más, volviera a estar sola. Para que no volviera a sufrir ningún mal. Para que no volviera a ocurrir nada que le hiciera ansiar la venganza.
Yennefer callaba. Yennefer callaba muy a menudo últimamente.
– Ahora -dijo tranquilamente Ciri- vamos a ir a una aldea llamada Licornio. El nombre se debe a un unicornio de paja que protege la localidad. Un pobre y ridículo monigote. Me gustaría que, como recuerdo de lo que allí ocurrió, los habitantes tuvieran… bueno, si no uno más valioso, sí por lo menos un tótem de mejor gusto. Cuento contigo, Yennefer, porque, sin magia…
– Muy bien, Ciri. ¿Y después?
– Los cenagales de Pereplut. Confío en que seré capaz de… de encontrar esa cabaña en mitad de los pantanos. En ella encontraremos los restos de un hombre. Quiero que esos restos descansen en una tumba decente.
Geralt no decía nada. Y no apartaba la mirada.
– Después -prosiguió Ciri, aguantándole la mirada sin la menor dificultad- pasaremos por la aldea de Dun Dáre. La posada, seguramente, la habrán quemado, y no me extrañaría que hubieran asesinado al posadero. Por culpa mía. Me cegaron el odio y el afán de venganza. Intentaré agradecérselo de algún modo a la familia.
– Eso -intervino Geralt- ya no tiene remedio.
– Lo sé -respondió de inmediato, con dureza, casi con rabia-. Pero me presentaré ante esa gente con toda humildad. Siempre recordaré la expresión de sus ojos. Tengo la esperanza de que ese recuerdo pueda preservarme de errores semejantes. ¿Lo entiendes, Geralt?
– Sí que lo entiende, Ciri -dijo Yennefer-. Los dos te entendemos, hija. Créeme. Vamos.
Los caballos volaban, como arrastrados por el viento. Por un remolino mágico. Un trotamundos que marchaba por la carretera, alarmado por el paso vertiginoso de los tres jinetes, levantó la cabeza. Levantó tambien la cabeza un comerciante que viajaba en su carro cargado de mercancías, un malhechor que huía de la justicia, un colono que se había echado al camino: los políticos le habían forzado a abandonar las tierras que había colonizado en su día, fiándose de las palabras de otros políticos. Levantaron la cabeza un vagabundo, un desertor y un peregrino con su bordón. Levantaron la cabeza asombrados, asustados. Sin dar crédito a sus ojos.
En Ebbing y Geso empezaron a circular historias. Sobre la Persecución Salvaje. Sobre los Tres Jinetes Fantasmas.
Historias pensadas y urdidas en los atardeceres, en estancias que olían a manteca fundida y a cebolla frita, en salas de reuniones, en posadas llenas de humo, en fondas, en chozas, en pegueras, en alquerías en medio del bosque y en puestos fronterizos. Historias en las que se contaba mucho, se inventaba mucho, se disparataba mucho. De la guerra. Del heroísmo y la caballería. De la amistad y la enemistad. De la villanía y la traición. Del amor fiel y sincero, del cariño que siempre se impone. Del crimen y del castigo, que siempre aguarda a los criminales. De la justicia, que siempre es justa.
De la verdad, que, como el aceite, siempre sale a flote.
Se inventaban patrañas, y se disfrutaba de esas fábulas. Se gozaba con la pura fantasía. Porque fuera, en la vida real, todo funcionaba justo al revés.
La leyenda crecía. Los oyentes, en auténtico trance, se quedaban embobados con las enfáticas palabras del cuentista que les narraba la historia del brujo y la hechicera. La historia de la Torre de la Golondrina. De Ciri, la bruja de la cicatriz en la cara. De Kelpa, la yegua mora hechizada.
De la Dama del Lago.
Eso vino más tarde, al cabo de los años. Al cabo de muchos, muchos años.
Pero, por el momento, como la semilla empapada por una lluvia tibia, la leyenda germinaba y crecía entre las gentes.
Sin darse ni cuenta, había llegado mayo. Lo notaron primero por las noches, brillantes y resplandecientes con los lejanos fuegos de Belleteyn. Cuando Ciri, con rara excitación, saltó a lomos de Kelpa y galopó en dirección a las hogueras, Geralt y Yennefer aprovecharon aquellos momentos de intimidad. Tras quitarse la ropa estrictamente necesaria, se amaron sobre una zamarra extendida en el suelo. Se amaron con premura, enajenados, en silencio, sin palabras. Se amaron deprisa, de cualquier manera. Deseosos de más y más.
Y, cuando llegó la calma, los dos, temblorosos y besándose las lágrimas, se asombraron mucho al comprobar cuánta dicha les había traído aquel amor hecho de cualquier manera.
– ¿Geralt?
– Dime, Yen.
– Cuando yo… Cuando no estábamos juntos, ¿estuviste con otras mujeres?
– No.
– ¿Ni una vez?
– Ni una sola.
– Ni siquiera te ha temblado la voz. No entiendo por qué no te creo.
– Siempre pensaba solamente en ti, Yen.
– Ahora ya te creo.
Sin darse ni cuenta, había llegado mayo. También lo notaron de día. Las cerrajas moteaban de amarillo los prados. En los huertos los árboles se volvían afelpados y se iban cuajando de flores. Los robledales, demasiado augustos para andarse con prisas, seguían estando oscuros y desnudos, pero ya se cubrían de una neblina verde, y en las lindes del bosque relucían las manchas verdosas de los abedules.
Cierta noche, estando acampados en una hondonada llena de sauces, el brujo tuvo un sueño inquietante. Una pesadilla, en la que se veía paralizado e inerme, mientras una enorme lechuza gris le arañaba el rostro con sus garras y le buscaba los ojos con su pico curvo y afilado. Se despertó. Pero no estaba seguro de si no había pasado de una pesadilla a otra pesadilla.
Surgió sobre su campamento un torbellino de luz, que puso nerviosos a los caballos, haciéndolos revolverse y bufar. En esa luz se podía ver una especie de interior, algo cuya forma recordaba a una sala de un castillo sostenida por una columnata negra. Geralt vio una gran mesa, en torno a la cual había diez personas sentadas. Diez mujeres.