Escuchó sus palabras. Retazos de palabras.
… tienes que traerla hasta nosotras, Yennefer. Te lo ordenamos.
No podéis darme órdenes. ¡No podéis darle órdenes a ella! ¡No tenéis ningún poder sobre ella!
No les tengo miedo, madre. No pueden hacerme nada. Si así lo desean, me presentaré ante ellas.
…se reúne el primero de junio, con la luna nueva. Os ordenamos a las dos que os presentéis. Os advertimos de que castigaremos la desobediencia.
Allí estaré sin falta, Filippa. Que ella siga un poco más a su lado. Que él no esté solo. Sólo por unos días. Yo acudiré de inmediato. Como rehén, en señal de buena voluntad.
Atiende mi ruego, Filippa. Te lo pido por favor.
La luz empezó a latir. Los caballos resoplaron enloquecidos, patearon con fuerza con los cascos.
El brujo se despertó. Esta vez de verdad.
Al día siguiente Yennefer confirmó sus aprensiones. Tras una larga charla por separado con Ciri.
– Me marcho -dijo secamente, sin más preámbulos-. Tengo que hacerlo. Ciri se quedará contigo. Por un tiempo. Después la llamaré, y ella también se vendrá. Y más tarde volveremos a encontrarnos los tres.
Geralt asintió con la cabeza. De mala gana. Ya estaba harto de asentir en silencio. De estar de acuerdo con todo lo que le comunicaba, con todo lo que decidía. Pero asintió. La quería, pasara lo que pasara.
– Es un imperativo -le explicó con dulzura- al que no hay modo de oponerse. Tampoco es posible aplazarlo. Hay que limitarse a cumplirlo. Por otra parte, también lo hago por ti. Por tu bien. Y sobre todo por el bien de Ciri.
Geralt asintió con la cabeza.
– Cuando volvamos a encontrarnos -siguió con más dulzura aún-, te compensaré por todo esto, Geralt. Ha habido demasiados silencios, demasiadas medias palabras entre nosotros.Y ahora, en lugar de asentir con la cabeza, abrázame y bésame.
La obedeció. La quería, pasara lo que pasara.
– Y ahora, ¿adonde? -preguntó Ciri secamente, muy poco después de que Yennefer desapareciera dentro del resplandor del teleportal ovalado.
– Este río… -Geralt se aclaró la voz, tratando de sobreponerse al dolor en la boca del estómago que le dejaba sin aliento-. Este río que estamos remontando es el Sansretour. Lleva hasta un país que quiero enseñarte sin falta. Porque es el país de los cuentos.
Ciri se entristeció. Geralt vio cómo apretaba los puños.
– Todos los cuentos -dijo entre dientes- terminan mal. Y el país de los cuentos no existe.
– Sí que existe. Ya lo verás.
Era el primer día después del plenilunio cuando divisaron Toussaint, bañado en el verdor y los rayos del sol. Cuando divisaron las colinas, las laderas, los viñedos. Los tejados de las torres y de los castillos, brillantes tras la llovizna matinal.
La vista no les decepcionó. Les causó impresión. Como siempre.
– ¡Qué preciosidad! -dijo Ciri entusiasmada-. ¡Caray! Esos castillos parecen de juguete… Son como las figuritas de azúcar de las tartas… ¡Dan ganas de chuparlos!
– El arquitecto es el mismísimo Faramond -le informó Geralt, con tono erudito-. Espérate a ver de cerca el palacio y los jardines de Beauclair.
– ¿El palacio? ¿Vamos a palacio? ¿Conoces al rey de este país?
– Es una condesa.
– Y esa condesa -preguntó mordaz, mirándole detenidamente a través del flequillo-, ¿no tendrá ojos verdes? ¿O una melenita morena?
– No -la cortó, apartando la mirada-. No se parece en nada. No sé de dónde te has sacado…
– Déjalo, Geralt, ¿vale? Entonces, ¿cómo es esa condesa que manda aquí?
– Como ya te he dicho, la conozco. Un poco. Pero no demasiado bien… ni de demasiado cerca, si es eso lo que quieres saber. En cambio, conozco muy bien al conde consorte, o aspirante a serlo. Tú también lo conoces, Ciri.
Ciri espoleó a Kelpa, haciéndola danzar por la calzada.
– ¡No me hagas sufrir!
– Jaskier.
– ¿Jaskier? ¿Con la condesa? ¿Cómo es posible?
– Es una larga historia. Le dejamos aquí, en compañía de su amada. Le prometimos que pasaríamos a verle, ya de vuelta, cuando…
Se calló y se puso muy serio.
– Ya no hay nada que hacer -dijo Ciri en voz baja-. No te tortures, Geralt. No es culpa tuya.
Sí es culpa mía, pensó. Mía. Jaskier me preguntará. Y yo tendré que contestar.
Milva. Cahir. Regis. Angouléme.
La espada es un arma de dos filos.
Ah, por todos los dioses, ya basta. Ya basta. ¡Hay que acabar con esto de una vez por todas!
– Vamos, Ciri.
– ¿Con estos vestidos? -protestó-. ¿A palacio?
– No veo nada indecoroso en nuestros vestidos -la interrumpió-. No vamos a presentar nuestras credenciales. Ni a un baile. Y a Jaskier podemos verle en las cuadras, si hace falta… Además -añadió, viendo que Ciri estaba de morros-, tengo que ir primero a la ciudad, al banco. Saco algo de dinero, y en la plaza, en el mercado de paños, hay un montón de sastres y de modistas. Te compras lo que quieras y te arreglas a tu gusto.
– ¿Tanto dinero tienes? -preguntó en tono de broma, torciendo la cabeza.
– Cómprate lo que quieras -repitió-. Como si quieres un manto de armiño. O unos zapatos de basilisco. Conozco a un zapatero al que le deben de quedar existencias.
– ¿Cómo has ganado tanto?
– Matando. Vamos, Ciri, no perdamos el tiempo.
En la sucursal del banco de los Cianfanelli, Geralt solicitó una transferencia y una asignación de crédito, cobró un cheque bancario y sacó algo de efectivo. Escribió unas cartas que debían añadirse al correo urgente con destino a la otra orilla del Yaruga. Declinó cortésmente la invitación a comer con la que quería agasajarle el servicial y hospitalario banquero.
Ciri le esperaba en la calle, vigilando los caballos. La calle, vacía poco antes, estaba ahora abarrotada de gente.
– Se ve que hemos coincidido con alguna fiesta. -Ciri señaló conla cabeza a la multitud que se dirigía hacia la plaza-. Igual es día de mercado…
Geralt echó un rápido vistazo.
– Eso no es un mercado.
– Ah… -Ciri también miró, poniéndose de pie sobre los estribo-. No me digas que es otra…
– Otra ejecución-confirmó Geralt-. El más popular de los pasatiempos en esta posguerra. ¿Cuántas hemos visto ya, Ciri?
– Por deserción, por traición, por cobardía ante el enemigo -recitó de corrido-. Y por delitos económicos.
– Suministro de bizcochos mohosos al ejército -precisó el brujo, asintiendo con la cabeza-. Triste suerte la del mercader avispado en tiempos de guerra.
– Aquí no van a despachar a un mercachifle. -Ciri tiró de las riendas de Kelpa, sumergida en medio de la muchedumbre como en un ondulante campo de trigo-. Fíjate: han cubierto el cadalso con una tela, y el verdugo tiene una capucha nueva y reluciente. Se van a cargar a alguien importante, a un barón por lo menos. Así que puede que se trate de algún acto de cobardía ante el enemigo.
– Toussaint -Geralt negó con la cabeza- no tenía tropas con las que hacer frente a ningún enemigo. No, Ciri, me imagino que tendrá que ver, una vez más, con la economía. Debe de ser alguno que haya hecho trampas con el comercio de su célebre vino, base de la economía local. Muévete, Ciri. No nos vamos a quedar a ver el espectáculo.
– ¿Y cómo quieres que me mueva?
Efectivamente, era imposible seguir cabalgando. Sin darse ni cuenta, se habían quedado atrapados en mitad del gentío reunido en la plaza, y así, varados entre la multitud, les resultaba imposible cruzar al otro lado. Geralt soltó un taco y echó la vista atrás. Por desgracia, tampoco era posible retroceder, pues las oleadas de gente que seguían afluyendo a la plaza habían taponado por completo el acceso a sus espaldas. Por un momento, la muchedumbre les arrastró como un río, pero el movimiento cesó en cuanto el vulgo se topó con el compacto muro de alabarderos que rodeaba el cadalso.