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Un segundo después el laboratorio se convirtió en un infierno.

Los muebles se volcaron con gran estrépito. Los estridentes chasquidos y los crujidos del cristal al reventarse se confundieron con los aullidos infernales de la gente. Las decocciones, los filtros, los elixires, los extractos y otras sustancias mágicas que se derramaban por las mesas y por el suelo se mezclaban y se combinaban. Algunas, al entrar en contacto, siseaban y soltaban fumaradas de humo amarillo. En un momento la estancia se llenó de un hedor corrosivo.

En medio del humo, entre las lágrimas producidas por el tufo, Ciri observó espantada cómo se movía por el laboratorio con rara celeridad una figura negra que recordaba a un gigantesco murciélago. Vio cómo el murciélago enganchaba a los acólitos al vuelo, y cómo éstos se soltaban después, dando alaridos al caer. Ante sus ojos, alzó bruscamente del suelo a uno de los sirvientes que estaba tratando de zafarse y lo estampó después contra una mesa, donde empezó a aullar y a agitarse, rociando de sangre las retortas, alambiques, probetas y matraces.

Las mezclas vertidas salpicaron las lámparas. Se oyó un silbido, se percibió una peste horrorosa, y en un santiamén se declaró un incendio en el laboratorio. Una oleada ardiente disipó el humo. Ciri apretó los dientes para no gritar. En el sillón de acero, el mismo que estaba destinado a ella, vio a un hombre delgado, canoso, vestido con elegantes ropas negras. Con mucha calma, le estaba mordiendo y chupando el cuello a uno de los acólitos rapados que tenía sentado en sus rodillas. Éste ronroneaba débilmente y sufría convulsiones, las piernas y los brazos rígidos le brincaban rítmicamente.

Unas llamas, de palidez cadavérica, bailaban sobre el tablero metálico la mesa. Las retortas y los matraces iban estallando aparatosamente, uno tras otro. El vampiro retiró sus agudos colmillos del cuello de la víctima, clavó en Ciri sus ojos negros como ágatas.

– En ciertas ocasiones -dijo, en tono didáctico, mientras se relamía la sangre de los labios-, cuesta mucho renunciar a un buen trago… Sin miedo -dijo con una sonrisa, viendo la cara de la chica-. Sin miedo, Ciri. Me alegro de haberte encontrado. Me llamo Emiel Regis. Aunque te pueda parecer extraño, soy camarada del brujo Geralt. Hemos venido juntos a salvarte.

Un mercenario armado irrumpió en el laboratorio en llamas. El camarada de Geralt volvió la cabeza hacia él, siseó y le enseñó los colmillos. El mercenario chilló como un poseso. Su chillido tardó en acallarse ni la distancia.

Emiel Regis se quitó de encima el cuerpo del acólito, inmóvil y blando como un trapo, se levantó y se estiró como un gato.

– Quién lo habría pensado -dijo-. Un chiquilicuatro, pero qué sangre más potable. A eso se le llaman virtudes ocultas. Permite, Cirilla. que te lleve con Geralt.

– No -musitó Ciri.

– No tienes por qué tenerme miedo.

– No te tengo miedo -protestó, mientras luchaba valerosa con sus dientes, que se habían empeñado en castañetear-. No se trata de eso… Es que Yennefer está prisionera por aquí, en alguna parte. Tengo que liberarla cuanto antes. Me temo que Vilgefortz… Os lo ruego, señor

– Emiel Regis.

– Avisad, buen señor, a Geralt, de que Vilgcfortz está aquí. Es un hechicero. Un poderoso hechicero. Que Geralt esté alerta.

*****

– Que tienes que estar alerta -repitió Regis, mirando el cuerpo de Milva-. Porque Vilgefortz es un poderoso mago. Pero que ella iba a tratar de rescatar a Yennefer.

Geralt soltó un juramento.

– ¡Adelante! -gritó, tratando de levantar el ánimo de sus compañeros-. ¡Vamos!

– Vamos. -Angouléme se puso de pie, se enjugó las lágrimas-. ¡Vamos! Ya va siendo hora, su puta madre, de patear unos cuantos culos.

– Siento tanta fuerza en mi interior -susurró el vampiro, con una sonrisa sobrecogedora- que sería capaz de mandar todo este castillo al infierno.

El brujo le miró receloso.

– Tanto puede que no -dijo-. Pero abríos paso hasta la planta superior y armad un buen jaleo para que no se fijen en mí. Yo voy a tratar de encontrar a Ciri. No ha estado nada bien, pero que nada bien, vampiro, que la hayas dejado sola.

– Me lo ha exigido ella -explicó Regis tranquilamente-. En un tono y con unos aires que descartaban cualquier discusión. Reconozco que me ha sorprendido.

– Ya lo sé. Subid a la planta superior. ¡Y aguantad! Yo intentaré encontrarla. A ella o a Yennefer.

*****

La encontró, y además muy pronto.

Se topó con ellos de sopetón, de forma totalmente inesperada al salir de un recodo del pasillo. Miró. Y lo que vio hizo que la adrenalina le diera una punzada en las venas del dorso de la mano.

Unos rufianes llevaban a Yennefer por el pasillo. La hechicera iba a rastras, cargada de cadenas, lo que no le impedía revolverse, arrear coces y maldecir como un estibador.

Geralt no permitió a aquellos tiparracos reponerse de la sorpresa. Atacó sólo una vez, sólo a uno de ellos, asestándole un golpe seco con el codo. El sayón aulló como un perro, se tambaleó, descabezó con un ruido infernal una armadura instalada en una hornacina y se derrumbó con ella, poniendo perdidas de sangre las placas metálicas.

Los demás -otros tres- soltaron a Yennefer y se echaron atrás. Menos uno, que agarró a la hechicera de los pelos y le puso un cuchillo en el cuello, justo por encima del collar de dwimerita.

– ¡No te acerques! -gritó-. ¡O la degüello! ¡No bromeo!

– Ni yo tampoco. -Geralt hizo un molinete con la espada, mirando a los ojos al rufián. Éste no aguantó. Dejó a Yennefer y se unió a sus compañeros. Todos empuñaban ya sus armas. Uno de ellos había sacado de una panoplia que colgaba en la pared una alabarda vetusta, pero con un aspecto amenazante. Todos ellos, en posición encorvada, vacilaban entre el ataque y la defensa.

– Sabía que vendrías -dijo Yennefer, irguiéndose orgullosamente-. Anda, Geralt, enséñales a estos tunantes de lo que es capaz la espada de un brujo.

Levantó bien alto las manos encadenadas, tensando mucho las cadenas.

Geralt empuñó el sihill con las dos manos, ladeó ligeramente la cabeza, apuntó. Y dio un tajo. Tan rápido, que nadie percibió el movimiento de la hoja.

Las cadenas resonaron al caer al suelo. Uno de los rufianes jadeó. Geralt agarró la empuñadura con más firmeza aún, colocó el dedo índice debajo de la guarda.

– No te muevas, Yen. La cabeza levemente ladeada, por favor.

La hechicera no pestañeó siquiera. El sonido del metal golpeado por la espada fue muy débil.

El collar de dwimerita cayó al lado de las cadenas. En el cuello de Yrnnefer había una gotita diminuta, sólo una.

Se echó a reír, masajeándose las muñecas. Y se volvió hacia los esbirros. Ninguno de ellos le aguantó la mirada.

El de la alabarda, con mucho cuidado, como si tuviera miedo de que tintineara, depositó el arma antigua en el suelo.

– Con alguien así -musitó-, que se pelee Antillo en persona. Yo estimo mi vida.

– Nos ordenaron… -farfulló otro, retirándose-. Nos ordenaron… No ha sido decisión nuestra…

– Nunca la hemos tratado mal, señora. -El tercero tenía la boca seca-. Estando en prisión… La señora es testigo…

– ¡Largo! -dijo Yennefer. Libre del collar de dwimerita, erguida, con la cabeza orgullosamente alzada, era una figura titánica. Su negra crin alborotada casi parecía tocar la bóveda.

Los sayones pusieron pies en polvorosa. A hurtadillas, sin mirar atrás. Yennefer, menguada hasta recobrar sus dimensiones normales, se echó en brazos de Geralt.

– Sabía que vendrías a buscarme -murmuró, buscando con sus labios los labios de Geralt-. Que vendrías, a pesar de los pesares.

– Vamos -dijo Geralt algo más tarde, cogiendo aire-. Ahora, Ciri.

– Ciri -dijo ella. Y por un segundo ardió en sus ojos una chispa violeta que daba miedo-. Y Vilgefortz.