Bonhart se miró el brazo, levantó la mano izquierda, surcada ya por un dibujo de culebrillas de color carmín. Observó las gruesas gotas que caían al suelo, al abismo.
– Vaya, vaya -dijo-. Veo que sí eres capaz de aprender de tus errores.
Su voz temblaba de rabia. Pero Ciri le conocía demasiado bien. Estaba sereno, concentrado, listo para matar.
Saltó a la viga de Ciri, segando con la espada, se abalanzó sobre ella como una tempestad, dando pasos firmes, sin vacilar, sin mirar siquiera dónde pisaba. La viga crujía, soltaba polvo y carcoma.
La presionó a base de golpes cruzados. La obligaba a andar para atrás. Sus ataques eran tan continuos que Ciri no podía intentar un salto o una pirueta, tenía que limitarse a parar sus golpes y a esquivarlos.
Advirtió un brillo en sus ojos de pez. Sabía de qué se trataba. Estaba intentando arrinconarla contra un pilar, empujándola hacia una cruceta bajo un caballete. Empujándola hacia un punto del que ya no había escapatoria.
Tenía que hacer algo. Súbitamente supo qué.
Kaer Morhen. El péndulo.
Te alejas tú del péndulo, y absorbes su ímpetu, su energía. Absorbes el ímpetu al alejarte de él. ¿Lo has entendido?
Sí, Geralt.
De improviso, veloz como una víbora al ataque, pasó de parar el golpe a devolverlo. La hoja de Golondrina gimió al chocar contra el filo de Bonhart. En ese mismo instante Ciri se impulsó hacia atrás, saltando a la viga vecina. Al caer, conservó de milagro el equilibrio. Dio unos pasos rápidos y saltó una vez más, de vuelta a la viga de Bonhart. A su espalda. Él se volvió justo a tiempo y ejecutó un amplio corte, prácticamente a ciegas, allí donde suponía que Ciri habría ido a parar. Falló por un pelo, la fuerza del golpe le desequilibró. Ciri atacó como un rayo. Le tajó en el salto, y cayó flexionando las rodillas. Fue un tajo poderoso y certero.
Y se quedó inmóvil, con la espada extendida hacia un lado. Mirando tranquilamente cómo el largo, oblicuo y liso corte en el caftán de Bonhart empezaba a llenarse y a cuajarse de una espesa sustancia roja.
– Tú… -Bonhart se tambaleaba-. Tú…
Se abalanzó sobre ella. Ahora estaba torpe y lento. Ciri lo evitó con un salto hacia atrás, y él perdió el equilibrio. Cayó sobre una rodilla, pero la rodilla se le salió de la viga. Y la madera estaba ya húmeda y resbaladiza. Miró a Ciri un segundo. Después cayó al vacío.
Ciri lo vio precipitarse sobre el entarimado, levantando un geiser de polvo, de cal y de sangre. Vio cómo su espada volaba para ir a caer a unos cuantos pasos de él. Quedó tendido, inmóvil, con los brazos abiertos, alto, delgado. Malherido y totalmente indefenso. Pero igual de temible que antes.
Tardó mucho en hacerlo, pero al final dio señales de vida. Intentó alzar la cabeza. Movió los brazos. Movió las piernas. Consiguió llegar hasta un pilar, apoyó la espalda en él. Volvió a gemir, tentándose con las dos manos el pecho ensangrentado y el vientre.
Ciri descendió de un salto. Cayó a su lado, flexionando las rodillas. Con la suavidad de un gato. Vio cómo sus ojos de pez se dilataban aterrorizados.
– Venciste… -dijo con voz enronquecida, con la mirada puesta en el filo de Golondrina-. Venciste, pequeña bruja. Lástima que no haya sido en la arena… Habría sido todo un espectáculo…
Ciri no respondió.
– Yo te di esta espada, ¿te acuerdas?
– Yo me acuerdo de todo.
– Puede que a mí… -Gimió-. Puede que a mí no me degüelles, ¿no? Tú no lo harás… No vas a rematar a un hombre caído e indefenso… Te conozco muy bien, Ciri. Eres… demasiado noble para hacerlo.
Ciri lo estuvo observando bastante tiempo. Mucho tiempo. Después se agachó. Los ojos de Bonhart se dilataron aún más. Pero ella se limitó a arrancarle los medallones que llevaba colgados al cuello: el lobo, el gato y el grifo. Después se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida.
Bonhart fue tras ella con un cuchillo, atacándola a traición, alevosamente. Silencioso como un murciélago. Sólo en el último momento, cuando el estilete ya estaba listo para hundirse en su espalda hasta el puño, dio un alarido, descargando en aquel grito todo su odio.
Evitó su cobarde acometida dando media vuelta rápida y apartándose de un salto. Inmediatamente se revolvió y le asestó un tajo, amplio y contundente, con todo el brazo, reforzando la energía del golpe con una torsión de cadera. Golondrina silbó y cortó, cortó con el extremo de su hoja. Siseó y chascó, Bonhart se llevó la mano al cuello. Sus ojos de pez se le salían de las órbitas.
– Te había dicho -comentó Ciri con frialdad- que yo me acuerdo de todo.
Bonhart desencajó aún más los ojos. Y después se derrumbó. Se inclinó y cayó de espaldas, levantando el polvo. Y así se quedó, alto, flaco como la muerte, tendido en aquel suelo sucio, entre tablones rotos. No dejaba de sujetarse la garganta, convulsivamente, con todas sus fuerzas. Pero, por más que intentaba retenerla, la vida se le escapaba presurosa entre los dedos, formando alrededor de su cabeza una gran aureola negra.
Ciri se quedó junto a él. Sin decir nada. Pero procurando que la viera. Para que fuera su imagen, su sola imagen, la que le acompañara allí donde iba.
Bonhart la miraba con una mirada turbia y perdida. Tembló de forma convulsiva, hizo crujir las tablas del suelo con sus talones. Después gorgoteó como un embudo cuando acaba de salir todo el líquido.
Y ése fue el último sonido que dejó escapar.
Una explosión, las vidrieras tintinearon y estallaron con un gran estrépito.
– ¡Cuidado, Geralt!
Saltaron, justo a tiempo. Un rayo cegador abrió un surco en el suelo, fragmentos de terracota y afilados trozos de mosaico retumbaron en el aire. El segundo rayo acertó en la columna que protegía al brujo. La columna se partió en tres pedazos. Media arcada se desprendió de la bóveda, cayendo sobre el piso con un bramido ensordecedor. Geralt, tendido en suelo, se cubrió la cabeza con las manos, consciente de que era una protección ridícula ante los cascotes que se le venían encima, cada uno de los cuales pesaba su buena docena de arrobas. Estaba preparado para lo peor, pero lo peor no ocurrió. Se levantó rápidamente, a tiempo de ver el resplandor del escudo mágico, y comprendió que se había salvado gracias a la magia de Yennefer.
Vilgefortz se volvió contra la hechicera y rompió en mil pedazos el pilar que la protegía. Bramó enrabietado, hilvanando una nube de polvo y humo con hilos de fuego. Yennefer pudo saltar, y quiso tomarse la revancha lanzando contra el hechicero su propio rayo, pero Vilgefortz lo rechazó sin esfuerzo y hasta con cierto desdén. Respondió con un nuevo ataque que obligó a Yennefer a aplastarse contra el suelo.
Geralt se dirigió hacia él, limpiándose la cara de restos de cal. Vilgefortz volvió los ojos y le apuntó con el brazo, y una llamarada salió volando con un rugido. El brujo se cubrió instintivamente con la espada. La hoja de los enanos, cubierta de runas, le protegió -¡oh prodigio!- partiendo en dos la lengua de fuego.
– ¡Vaya! -exclamó Vilgefortz-. ¡Impresionante, brujo! ¿Y qué me dices de esto?
El brujo no dijo nada. Voló como si lo hubiera embestido un ariete, cayó al suelo y salió despedido a rastras, hasta que pudo sujetarse a la base de una columna. La columna estalló y saltó hecha pedazos, arrastrando nuevamente en su caída una parte considerable de la bóveda. En esta ocasión Yennefer no fue capaz de proporcionarle una protección mágica. Un gran cascote desprendido de un arco le golpeó en un hombro, derrumbándole. Por unos instantes el dolor le dejó paralizado.
Al tiempo que escandía un sortilegio, Yennefer le arrojaba a Vilgefortz un rayo tras otro. Ninguno dio en el blanco, todos rebotaban impotentes en la esfera mágica que envolvía al hechicero. De improviso Vilgefortz extendió los brazos, los estiró con violencia. Yennefer aulló de dolor y se alzó del suelo, levitando. Vilgefortz retorcía las manos como quien estruja un trapo mojado. La hechicera soltaba penetrantes chillidos. Y empezó a retorcerse.