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– Ciri -dijo el brujo. Y se frotó los ojos.

– Ciri -dijo Yennefer, a la que sujetaba el brujo.

– Geralt -dijo Ciri.

– Ciri -respondió, con un nudo en la garganta-. Me alegro de volver a verte.

– Doña Yennefer.

La hechicera se soltó del brazo del brujo y se irguió, haciendo un tremendo esfuerzo.

– Hay que ver qué pinta, chiquilla -dijo con severidad-. ¡Tú mírate! ¡Haz el favor de arreglarte esos pelos! ¡Y no andes así encogida, ven aquí!

Ciri se acercó rígida, como un autómata. Yennefer le colocó y le alisó el cuello, intentó limpiarle la sangre de la manga, que ya estaba seca. Le sacudió un poco el pelo. Le descubrió la cicatriz de la mejilla. La abrazó con fuerza. Geralt vio las manos de Yennefer en la espalda e Ciri. Vio sus dedos deformados. No sintió ira, lástima ni odio. Sólo sintió cansancio. Y un deseo inmenso de que acabara todo aquello.

– Mamá.

– Hijita.

– Vámonos -Geralt se decidió a interrumpirlas. Pero sólo después de un instante muy largo.

Ciri se sorbió los mocos haciendo ruido y se limpió la nariz con el dorso de la mano. Yennefer la regañó con una mirada y se frotó un ojo. Seguramente se le había metido alguna motita de polvo. El brujo estaba pendiente del corredor del que había salido Ciri, por si pudiera aparecer alguien más por ahí. Ciri negó con la cabeza. Geralt comprendió.

– Vámonos de aquí -insistió.

– Sí -dijo Yennefer-. Quiero ver el cielo.

– Nunca más os dejaré -dijo Ciri con la voz apagada-. Nunca más.

– Vámonos de aquí -insistió Geralt-. Ciri, ayuda a Yen.

– ¡No necesito ayuda!

– Deja que te ayude, mamá.

Tenían delante unas escaleras, unas grandes escaleras que se hundían en el humo, en la claridad vacilante de las antorchas y las hogueras encendidas en cestones de hierro. Ciri se estremeció. Ya había visto esas escaleras. En sus sueños y visiones. Abajo, lejos, esperaban hombres armados.

– Estoy cansada -musitó Ciri.

– Y yo -reconoció Geralt, desenvainando el sihill.

– Ya estoy harta de tantas muertes.

– Y yo.

– ¿No habrá otra salida?

– No. No hay otra. Sólo estas escaleras. No hay más remedio, chiquilla. Yen quiere ver el cielo. Y yo quiero ver el cielo, a Yen y a ti.

Ciri miró a su alrededor, observó a Yennefer, la cual, para no derumbarse, se apoyaba en la balaustrada Sacó los medallones que le había quitado a Bonhart. Se colgó el gato del cuello, el lobo se lo dio a Geralt.

– Supongo que sabrás -dijo el brujo- que no es más que un simple símbolo.

– Todo es un simple símbolo.

Sacó a Golondrina de la funda.

– Vamos, Geralt.

– Vamos. No te apartes de mí.

Al pie de las escaleras les esperaban los mercenarios de Skellen, empuñando con fuerza las armas en sus manos sudorosas. Antillo, con un gesto expeditivo, mandó escaleras arriba al primer pelotón. Las botas reforzadas de los soldados resonaron en los peldaños.

– Despacio, Ciri. Sin prisa. Cerca de mí.

– Sí, Geralt.

– Y tranquila, niña, tranquila. No lo olvides: sin rabia, sin odio. Tenemos que salir de aquí y ver el cielo. Y quienes nos corten el paso deben morir. No titubees.

– No pienso titubear. Quiero ver el cielo.

No tuvieron ningún impedimento para llegar al primer descansillo. Los mercenarios retrocedieron al verlos, sorprendidos y asombrados ante su coraje. Pero enseguida hubo tres que se lanzaron al ataque dando gritos, blandiendo sus espadas. Murieron de inmediato.

– ¡A por ellos! -Antillo vociferaba al pie de las escaleras-. ¡Matadlos!

Les atacaron otros tres. Rápidamente Geralt les hizo frente, amagó con una finta, tajó a uno en la garganta desde abajo. Se dio la vuelta y le cedió el paso a Ciri, que se adelantó por su derecha. Ciri alcanzó limpiamente al segundo matón en el sobaco. El tercero intentó salvar su vida saltando por encima de la balaustrada. No le dio tiempo.

Geralt se limpió la cara de salpicaduras de sangre.

– Más tranquila, Ciri.

– Si estoy muy tranquila.

Otros tres. El brillo de la hoja, un grito, muerte.

La sangre resbalaba espesa hacia abajo, chorreaba por las escaleras.

Un rufián, con una brigantina con remaches de latón, fue a su encuentro armado de una larga pica. Tenía la mirada extraviada por los narcóticos. Ciri, con una rápida parada oblicua, desvió el asta, Geralt tajó. Se limpió la cara. Siguieron bajando, sin mirar atrás.

El segundo descansillo ya estaba al lado.

– ¡Matadlos! -gritaba Skellen-. ¡A por ellos! ¡Mueeerteee!

Pasos y voces en las escaleras. El brillo de la hoja, un grito, muerte.

– Bien, Ciri. Pero con calma. Menos euforia. Y no te apartes de mí.

– Nunca más me apartaré de ti.

– No golpees desde el hombro si puedes hacerlo sólo desde el codo. Atenta.

– Estoy atenta.

El brillo de la hoja, un grito, sangre. Muerte.

– Bien, Ciri.

– Quiero ver el cielo.

– Te quiero mucho.

– Y yo a ti.

– Cuidado. Esto resbala.

El brillo de la hoja, un alarido. Les precedía la sangre que chorreaba por las escaleras. Iban hacia abajo, siempre hacia abajo, por las escaleras de la ciudadela de Stygga.

Otro rufián que venía a por ellos se resbaló en un escalón manchado de sangre. Cayó de bruces a sus pies, se desgañitó implorando piedad, cubriéndose la cabeza con las manos. Pasaron de largo, sin reparar en él.

Hasta el tercer descansillo nadie más tuvo la osadía de cruzarse en mi camino.

– Preparad los arcos -gritaba Stefan Skellen al pie de las escaletas-. ¡Y también las ballestas! ¡Boreas Mun tenía orden de traerlas! ¿Dónde se ha metido?

Boreas Mun -cosa que Antillo no tenía por qué saber- estaba ya muy lejos de allí. Cabalgaba derecho hacia oriente, con la frente pegada a las crines del caballo, galopaba todo lo deprisa que podía, exigiéndole el máximo al animal.

De los soldados que tenían orden de acudir con arcos y ballestas sólo se presentó uno, dispuesto a disparar.

Y a éste las manos le temblaban sin parar y los ojos le lloraban por el fisstech. La primera flecha apenas arañó la balaustrada. La segunda ni siquiera dio en las escaleras.

– ¡Más arriba! -ordenaba Antillo-. ¡Sube un poco más, idiota! ¡No tires desde tan lejos!

El ballestero se hacía el sordo. Skellen juró por todos los demonios, le quitó la ballesta y subió a toda prisa un tramo de escaleras. Apoyó una rodilla en el suelo y apuntó. Inmediatamente Geralt cubrió con su cuerpo a Ciri. Pero la chica, en un santiamén, se coló por delante de él y, en el momento en que rechinaba la cuerda de la ballesta, ya estaba en guardia. Giró la espada hasta la cuarta superior y rechazó la saeta con tanta fuerza que estuvo un buen rato dando vueltas en el aire antes de caer a tierra.

– Muy bien -rezongó Geralt-. Muy bien, Ciri. Pero, como me vuelvas a hacer esto, te la ganas.

Skellen arrojó la ballesta. Y de pronto se dio cuenta de que estaba solo.

Todos sus hombres se apiñaban al pie de las escaleras. Ninguno tenía prisa por subir. Cada vez eran menos, algunos se habían marchado de allí a toda prisa. A buscar las ballestas, sin duda.

Y el brujo y la brujilla, tranquilamente, sin precipitarse pero sin aflojar tampoco el paso, seguían bajando, bajando, por las escaleras cubiertas de sangre de la ciudadela de Stygga. Muy juntos, hombro con hombro, tentando e hipnotizando con los veloces movimientos de las hojas.

Skellen se retiró. Y ya no paró en su retirada. Hasta la planta baja. Cuando se vio rodeado por su gente, cayó en la cuenta de lo lejos que había llegado. Maldijo impotente.

– ¡Muchachos! -gritó, pero le salió un gallo-. ¡Valor! ¡Sus y a ellos! ¡Todos! ¡Adelante, mis valientes! ¡Seguidme!

– Id vos solo -dijo uno entre dientes, llevándose a la nariz la mano con fisstech. Antillo, de un puñetazo, le blanqueó con el narcótico la cara, la manga y la pechera del caftán.