– ¿Has identificado la fórmula definitiva?
Jeremy sonrió abiertamente. Escogió una hoja de papel.
– Acabo de copiarla. Estaba en el diario de A.J., cuidadosamente anotada. Cualquiera lo pudo haber encontrado. -Le dio el papel a Tristan. La mitad era definitivamente trabajo de Cedric, pero sin A. J. y sus registros, habría sido endemoniado encajarlo.
– Sí, ¿pero surtirá efecto? -preguntó Jonathon. Había permanecido silencioso durante todo el interrogatorio, tranquilamente pensando en sus cosas. Tristan le alargó el escrito; él lo ojeó.
– No soy experto en hierbas medicinales -dijo Jeremy-. Pero si los resultados, según están reflejados en los diarios de su tía, son correctos, entonces sí, su brebaje definitivamente ayudará a coagular cuando se aplique a las heridas.
Y había estado en York durante los dos últimos años. Tristan pensó en los campos de batalla de Waterloo, luego desterró la visión. Se volvió hacia Leonora.
Ella se encontró con sus ojos y apretó su mano.
– Al menos ahora lo tenemos.
– Una cosa que no entiendo -introdujo Humphrey-. Si ese extranjero estaba tan desesperado por encontrar la fórmula, y podía ordenar que Jonathon fuese asesinado, ¿por qué no fue tras la fórmula él mismo? -Humphrey elevó sus peludas cejas-. Claro que estoy terriblemente contento de que no lo hicieran. Mountford era bastante malo, pero al menos le sobrevivimos.
– La respuesta es una de esas sutilezas diplomáticas. -Tristan se levantó y volvió a ponerse el abrigo-. Si un extranjero, de una de las embajadas, estaba implicado en un ataque directo hasta la muerte, del entonces un joven desconocido, o incluso dos del norte, el gobierno podría fruncir el ceño, pero principalmente lo ignoraría. Sin embargo, si el mismo extranjero estaba implicado en allanamiento de morada y violencia en una casa situada en una parte rica de Londres, la casa de distinguidos hombres de letras, el gobierno seguramente estaría más disgustado y de ningún modo inclinado a ignorar cualquier cosa.
Los recorrió con la mirada a todos, su sonrisa serenamente cínica.
– Un ataque en una propiedad cerca del corazón del gobierno crearía un incidente diplomático, así es que Duke era un instrumento necesario.
– ¿Y ahora qué? -preguntó Leonora.
Él vaciló, bajó la mirada a sus ojos, luego sonrió levemente, sólo a ella.
– Ahora Charles, Deverell y yo necesitamos llevar esta información al lugar adecuado, y ver lo que quieren hacer.
Ella le miró fijamente.
– ¿Tu antiguo jefe?
Él asintió, irguiéndose.
– Nos reencontraremos aquí para el desayuno si estás de acuerdo, y haremos, sean los que sean, los planes que necesitamos elaborar.
– Sí, de acuerdo. -Leonora extendió la mano y tocó la suya en despedida.
Humphrey saludó con la cabeza magnánimamente.
– Hasta mañana.
– Desafortunadamente, la reunión con su contacto del gobierno tendrá que esperar hasta mañana. -Jeremy inclinó la cabeza hacia el reloj de la repisa de chimenea- Son más de las diez.
Tristan, se dirigió hacia la puerta y cuando llegó, se giró sonriendo.
– Realmente, no. El Estado nunca duerme.
El Estado para ellos quería decir Dalziel.
Se anunciaron con antelación; no obstante, los tres tuvieron que esperar pacientemente en el antedespacho del maestro de espías durante veinte minutos, antes de que la puerta se abriera y Dalziel les hiciera pasar.
Cuando se hundieron en las tres sillas colocadas frente al escritorio, echaron un vistazo alrededor, luego se miraron unos a otros. Nada había cambiado. Incluido Dalziel. Éste rodeó el escritorio. Su cabello era oscuro, sus ojos oscuros y siempre se vestía austeramente. Su edad era extraordinariamente difícil de calcular; cuando empezó, primero trabajando a través de esta oficina, Tristan había dado por supuesto y considerado a Dalziel mayor que él. Ahora… comenzaba a preguntarse dónde se habían ido todos esos años. Él visiblemente había envejecido; Dalziel no.
Con la calma de siempre, Dalziel se sentó detrás del escritorio, de cara a ellos.
– Ahora. Explícaos, si hacéis el favor. Desde el principio.
Tristan lo hizo, relatando rigurosamente los acontecimientos que le concernían, omitiendo la gran participación de Leonora. Era sabido que Dalziel desaprobaba que las señoras se metiesen en el juego.
Aún así, no le pasó desapercibido que esa fija y firme mirada oscura estaba haciendo conjeturas.
Al final de la historia, Dalziel inclinó la cabeza, luego miró a Charles y a Deverell.
– ¿Y cómo es que vosotros dos estáis involucrados?
Charles sonrió abiertamente de forma lobuna.
– Compartimos intereses mutuos.
Dalziel sostuvo su mirada fija durante un instante.
– Ah, Sí. Vuestro club en Montrose Place. Por supuesto.
Miró hacia abajo. Tristan estaba seguro que era para poder parpadear con comodidad. El hombre era una amenaza. Ellos ya no eran parte integrante de su red.
– Esto… -Mirando por encima de las notas que había garabateado mientras estaba escuchando, Dalziel reclinándose hacia atrás y elevando el tono, los fijó a todos con su mirada-. Tenemos a un europeo desconocido intentando, seriamente intentando, robar una fórmula potencialmente valiosa para ayudar a curar heridas. No sabemos quién puede ser ese caballero, pero tenemos la fórmula, y tenemos a su peón local. ¿Es correcto?.
Todos asintieron con la cabeza.
– Muy bien. Quiero saber quién es ese europeo, pero no quiero que él sepa que tengo conocimiento de su existencia. Estoy seguro de que me entendéis. Lo que quiero hacer es lo siguiente. Primero, falsificar la fórmula. Encontrar a alguien que tenga un aspecto creíble. No tenemos idea de la formación que ese extranjero pueda tener. Convencer al peón para que mantenga su siguiente encuentro y entregue una falsificación de la fórmula; seguro que él comprende su posición, y que su futuro depende de su actuación. Tercero, necesito que sigais al caballero cuando regrese a su guarida y le identifiquéis.
Todos inclinaron la cabeza.
Luego Charles hizo una mueca. -¿Por qué todavía estamos recibiendo órdenes de usted?
Dalziel le miró, luego suavemente dijo.
– Por la misma razón que yo doy esas órdenes con la expectativa de ser obedecido. Porque somos quienes somos. -Levantó una ceja oscura- ¿No lo somos?
No había nada más que decir; se entendían unos y otros demasiado bien.
Se levantaron.
– Una cosa. -Tristan enfrentó la mirada inquisitiva de Dalziel-. Duke Martinbury. Una vez que él tenga la fórmula, ese extranjero puede tener propensión para relacionar y atar los cabos sueltos.
Dalziel inclinó la cabeza.
– Es de esperar. ¿Qué sugiere usted?
– Podemos vigilar el camino de Martinbury hasta la reunión, pero ¿después qué? En suma, debe algún castigo por su participación en este asunto. Tomando todo en consideración, la incorporación en el ejército durante tres años arreglaría las cuentas Dado que vive en Yorkshire, he pensado en el regimiento cerca de Harrogate. Sus filas deben estar un poco escasas estos días.
– Ciertamente. -Dalziel escribió una nota- El coronel Muffleton está allí. Le diré que espere a Martinbury, Marmaduke, ¿no es eso?, tan pronto como haya terminado de ser útil aquí.
Con aprobación, Tristan cambió de dirección; salió con los demás.
– ¿Una fórmula falsa? -Con la mirada fija en la hoja que contenía la fórmula de Cedric, Jeremy hizo una mueca-. No sabría por donde comenzar.
– ¡Aquí! Déjame ver. -Sentada al final de la mesa del desayuno, Leonora tendió la mano.
Tristan hizo una pausa en el consumo de una montaña de jamón y huevos para pasarle el papel.
Ella sorbió su té y estudió a los demás mientras se dedicaban a sus desayunos.
– ¿Cuáles son los ingredientes principales, los conoces?
Humphrey echó un vistazo alrededor de la mesa hacia ella.