– Este es el hombre, y de un momento a otro Duke y Charles llegarán. Nos estoy dando una razón perfectamente razonable para seguir al hombre cuando se vaya, juntos.
Sus labios permanecieron curvados; él deslizó un brazo rodeando su cintura y tiró de ella acercándola e inclinando la cabeza para susurrar en su oído.
– Tú no vienes conmigo.
Ella sonrió mirando a sus ojos, le palmeó el pecho.
– A menos que el hombre entre en los burdeles, y apenas parece probable, voy.
Él entrecerró los ojos hacia ella; Leonora sonrió más ampliamente, encontrando directamente su mirada.
– He sido parte de este drama desde el principio. Pienso que debería ser parte de su final.
Las palabras proporcionaron una pausa a Tristan. Y luego el destino intervino y tomó la decisión por él.
Los campanarios de las iglesias de Londres tañeron la hora, tres sonidos metálicos hicieron eco y se repitieron en múltiples tonos. Duke venía caminando rápidamente a grandes pasos a lo largo de la acera y giró en Queen Anne Gate’s.
Charles, con la apariencia de un camorrista de taberna, llegó paseando tranquilamente a lo largo de un camino trasero, cronometrando su acercamiento.
Duke hizo un alto, vio a su hombre, y se dirigió hacia él. No miró ni a derecha ni a izquierda; Tristan sospechaba que Charles le había aleccionado hasta que estuviese centrado en lo que tenía que hacer, tan desesperado en conseguir hacerlo correctamente, que poner atención a cualquier otra cosa estaba actualmente más allá de él.
El viento soplaba en la dirección correcta; hizo volar con un bufido las palabras de Duke hacia ellos.
– ¿Tiene mis pagarés?
La petición pilló al extranjero por sorpresa, pero se recuperó velozmente.
– Podría tenerlos. ¿Ha conseguido la fórmula?
– Sé dónde está, y la puedo traer para usted en menos de un minuto, si tiene mis pagarés a cambio.
A través de sus ojos entrecerrados, el caballero extranjero escudriñó la cara pálida de Duke, luego se encogió de hombros, y metió la mano en un bolsillo del abrigo.
Tristan se tensó, vio a Charles alargar la zancada; ambos se relajaron un tanto cuando el hombre alargó un pequeño paquete de documentos.
Los sostuvo hacia arriba para que Duke los viera.
– Ahora, -dijo, su voz con un acento frío y seco-. La fórmula, por favor.
Charles, hasta entonces aparentemente a punto de pasearse más allá, cambió de dirección y con un paso se unió a la pareja.
– La tengo aquí.
El extranjero se sobresaltó. Charles sonrió abiertamente, totalmente diabólico.
– No me preste atención, estoy aquí únicamente para cerciorarme de que a mi amigo el señor Martinbury no va a sobrevenirle ningún daño. -Entonces inclinó la cabeza hacia los documentos y miró de reojo a Duke- ¿Están todos?
Duke alargó la mano hacia los pagarés.
El extranjero los echó hacia atrás.
– ¿La fórmula?
Con un suspiro, Charles sacó la copia de la fórmula alterada que Humphrey y Jeremy habían confeccionado y preparado para que se viese convenientemente envejecida. La desdobló, la puso donde el extranjero podía verla, pero en absoluto leerla.
– No se la entregaré, de momento la sostengo aquí, tan pronto como Martinbury haya comprobado sus pagarés, podrá tenerla.
El extranjero estaba claramente descontento, pero no tenía otra opción; Charles era lo suficientemente intimidador con su aspecto civilizado de siempre, con aquel disfraz, exudaba agresividad.
Duke tomó los pagarés, los revisó rápidamente, entonces mirando a Charles inclinó la cabeza.
– Sí. -Su voz era débil-. Están todos.
– Correcto, entonces. -Con una sonrisa desagradable, Charles alargó la fórmula hacia el extranjero.
Él la agarró, se enfrascó en su lectura.
– ¿Ésta es la fórmula correcta?
– Eso es lo que usted quería, eso es lo que usted tiene. Ahora, -continuó Charles-, si eso es todo, mi amigo y yo tenemos otro negocio del que ocuparnos.
Saludó al extranjero, una parodia de gesto; agarrando el brazo de Duke, cambió de dirección. Marcharon hacia la puerta sin dar rodeos. Charles llamó a un coche de alquiler, metió dentro a un ahora tembloroso Duke y subió después de él.
Tristan vigiló la retumbante salida del carruaje. El extranjero miró hacia arriba, observó su partida, entonces cuidadosamente, casi respetuosamente, plegó la fórmula y la introdujo en el bolsillo interior de su abrigo. Hecho esto, ajustó el agarre de su bastón, se puso derecho, giró sobre sus talones y volvió, caminando rígidamente hacia el lago.
– Vamos. -Con el brazo alrededor de Leonora, Tristan se enderezó alejándose del árbol y se pusieron en marcha siguiendo al hombre.
Pasaron de largo a Humphrey; no miraba hacia arriba pero Tristan vio que había hecho un esbozo a lápiz en un bloc y dibujaba rápidamente, una vista algo incongruente.
El extranjero no miró hacia atrás; parecía haberse tragado su pequeña charada. Esperaban que se dirigiese directamente de nuevo a su oficina, en lugar de a alguna de las zonas menos salubres cercanas al parque. La dirección que estaba tomando parecía prometedora. La mayor parte de las embajadas extranjeras estaban ubicadas en la zona norte del parque de St. James, en el distrito del Palacio de St. James.
Tristan soltó a Leonora, después le cogió la mano y echó un vistazo hacia ella.
– Estamos fuera para una noche de entretenimiento. Hemos decidido mirar en alguno de los salones alrededor de Piccadilly.
Ella abrió los ojos de par en par.
– Nunca he estado en uno. ¿Debo esperar la perspectiva con entusiasmo?
– Precisamente. -Él no pudo evitar sonreír con placer, nada como un teatro de variedades para producir pura excitación.
Pasaron a Deverell, quien estaba agachado y se sacudía la ropa, preparándose para unírseles en la persecución de su presa.
Tristan era un experto en rastrear a las personas a través de las ciudades y las multitudes; así como Deverell. Ambos habían trabajado principalmente en las ciudades francesas más grandes; los mejores métodos de la persecución eran su segunda naturaleza.
Jeremy se reuniría con Humphrey y ambos regresarían a Montrose Place para aguardar acontecimientos; Charles iría por delante de ellos con Duke. Era el trabajo de Charles mantener el fuerte hasta que regresaran con el último retazo de información vital.
Su presa cruzó el puente al otro lado del lago y continuó adelante, hacia los alrededores del Palacio de St. James.
– Sígueme en todo, -murmuró Tristan, sus ojos puestos en la espalda del hombre.
Justo como había esperado, este hizo una pausa delante de la puerta de salida del parque y se inclinó como para quitar una piedra de su zapato.
Deslizando un brazo alrededor de Leonora, Tristan le hizo cosquillas; ella rió nerviosamente, se retorció. Riéndose, él la apoyó familiarmente contra él, y continuando recto pasaron al hombre sin siquiera una mirada.
Leonora, jadeante, se apoyó más cerca a medida que continuaban adelante.
– ¿Estaba él vigilando?
– Sí. Nos detendremos un poco más adelante y discutiremos acerca de por dónde ir, para que nos pueda pasar otra vez
Así lo hicieron; Leonora pensó que parecían una pareja de amantes de clase baja discutiendo los méritos de los teatros de variedades.
Cuando el hombre estaba una vez más por delante de ellos, avanzando a grandes zancadas, Tristan asió su mano, y siguieron ahora algo más rápidamente, como si se hubieran puesto de acuerdo mentalmente.
La zona de los alrededores del Palacio de St. James estaba plagada de pequeñas calles, patios y callejones interconectados. El hombre giró dentro del laberinto, avanzando a grandes pasos con seguridad.
– Esto no funciona. Dejémoselo a Deverell y sigamos hacia Pall Mall. Le reencontraremos allí.
Leonora sintió un pequeño tirón cuando dejaron el rastro del hombre, continuaron recto dónde él había girado a la izquierda. Unas pocas casas más adelante, volvieron la mirada hacia atrás y vieron a Deverell girar, siguiendo el rastro del hombre.