Llegaron a Pall Mall y dieron la vuelta a la izquierda, deambulando muy lentamente, escudriñando hacia delante por las entradas de los callejones. No tuvieron que esperar mucho tiempo hasta que su presa emergió, avanzando a grandes pasos aún más rápidamente.
– Tiene prisa.
– Está nervioso -dijo ella, y estaba segura de que era verdad.
– Quizá.
Tristan la guió; se cambiaron con Deverell otra vez en las calles del sur de Piccadilly, luego se unieron a la muchedumbre que disfrutaba de un paseo nocturno a lo largo de esa vía pública principal.
– Aquí es donde podríamos perderle. Mantén los ojos alerta.
Ella lo hizo, examinando a la multitud que iba por delante en la agradable noche.
– Allí está Deverell. -Tristan se detuvo, le dio un codazo, así que ella miró en la dirección correcta. Deverell justamente se estaba dirigiendo hacia Pall Mall. Miraba a su alrededor-. ¡Maldición! -Tristan se enderezó- Le hemos perdido. -Comenzó a buscar abiertamente entre la multitud que había por delante- ¿Dónde diablos se ha metido?
Leonora dio un paso acercándose a los edificios, mirando a lo lejos por el estrecho resquicio dejado por la muchedumbre. Percibió un destello de gris, luego desapareció.
– ¡Allí! -Agarró el brazo de Tristan, señalando hacia delante-. Dos calles más arriba.
Se abrieron camino, viraron, corrieron, dieron la vuelta a la esquina, entonces empezaron a caminar más despacio.
Su presa, Leonora no se había equivocado, estaba casi al otro extremo de la corta calle.
Fueron deprisa, entonces el hombre giró a la derecha y desapareció de su vista. Tristan hizo señas a Deverell, quien comenzó a correr a lo largo de la calle detrás de él.
– Por el callejón. -Tristan la empujó hacia la entrada de una estrecha callejuela, que iba recto hasta el otro lado de la calle que corría paralelamente a la que habían estado. Se apresuraron a lo largo de ella, Tristan agarrando su mano, sujetándola cuando Leonora resbaló.
Alcanzaron la otra calle y la subieron, paseándose otra vez, calmando sus respiraciones. La entrada de la calle por donde el hombre había girado se unía por la parte de abajo a la que estaban ellos, ahora se encontraba delante a su izquierda; miraban mientras caminaban, en espera de que reapareciese.
No lo hizo.
Llegaron a la esquina y miraron hacia abajo de la pequeña calle. Deverell se encontraba apoyado contra una barandilla en el otro extremo.
Del hombre que habían estado siguiendo allí no había absolutamente ninguna señal.
Deverell se incorporó alejándose de la barandilla y caminó hacia ellos; sólo le llevó unos pocos minutos darles alcance.
Se le veía desolado.
– Había desaparecido cuando llegué.
Leonora se tensó.
– Así que al final lo hemos perdido.
– No -dijo Tristan-. No completamente. Espera aquí.
La dejó con Deverell y cruzó la calle hacia donde un barrendero se apoyaba en su escoba, a medio camino bajando la pequeña calle. Buscando bajo su abrigo desaliñado, Tristan localizó un soberano; lo mantuvo entre los dedos, donde el barrendero podría verlo cuando llegara a la barandilla delante de él.
– El individuo de gris que entró en la casa de enfrente. ¿Sabe su nombre?
El barrendero le miró suspicazmente, pero la tenue luz del oro habló ruidosamente.
– No sé su nombre correcto. Es de esos rígidos. El portero le llama Conde algo-impronunciable-que empieza por-wif-an-eff.
Tristan inclinó la cabeza.
– Eso es todo. -Dejó caer la moneda en la palma de la mano del barrendero.
Paseándose de regreso hacia Leonora y Deverell, no hizo esfuerzo en ocultar la sonrisa de autosatisfacción de sus labios.
– ¿Bien? -Predeciblemente, ese era el destello que su mente le había enviado.
Él sonrió abiertamente.
– El hombre de gris es conocido por el portero de la casa que hay hacia la mitad de la hilera, le llama “Conde-algo-impronunciable-que-comienza- wif-an-eff”.
Leonora le frunció el ceño, después miró más allá de él, hacia la casa en cuestión. Entrecerrando los ojos hacia él, dijo.
– ¿Y?
Tristan sonrió ampliamente; se sintió asombrosamente bueno.
– La casa es La Asamblea Legislativa Hapsburg.
A las siete en punto de la noche, Tristan condujo a Leonora a la sala de espera de la oficina de Dalziel, escondida en las profundidades de Whitehall.
– Veamos cuánto tiempo nos hace esperar.
Leonora colocó sus faldas en el banco de madera que Tristan le había acercado.-Había supuesto que sería puntual.
Sentándose a su lado, Tristan sonrió sardónicamente.
– No hay nada que hacer respecto de la puntualidad.
Ella estudió su cara.
– Ah. ¿Es uno de esos extraños juegos de hombres?
Él no dijo nada, simplemente sonrió y se recostó hacia atrás.
Sólo tuvieron que esperar cinco minutos.
La puerta se abrió; un hombre oscuramente elegante apareció. Él les vio. Hubo una pausa momentánea, después, con un gesto airoso, les invitó a entrar.
Tristan se levantó, atrajo a Leonora hacia él, colocándole la mano en la manga. La guió, parándose ante el escritorio y las sillas colocadas delante de este.
Después de cerrar la puerta, Dalziel se unió a ellos.
– La señorita Carling, supongo.
– Efectivamente. -Le dio la mano, y se encontró con que la estaba contemplando con una mirada tan penetrante como fría era la de Tristan.
– Encantado de conocerla.
La mirada fija de Dalziel se apartó hacia la cara de Tristan; sus labios delgados no estaban completamente rectos cuando inclinó la cabeza y les hizo un gesto hacia las sillas.
Bordeando el escritorio, se sentó.
– Esto… ¿quién estaba tras los incidentes en Montrose Place?
– Un Conde -algo-impronunciable-que empieza -wif-an-eff.
Sin impresionarse, Dalziel, elevó las cejas.
Tristan sonrió con frialdad.
– El Conde es conocido en la Asamblea Legislativa Hapsburg.
– Ah.
– Y. -Tristan sacó del bolsillo el boceto del Conde que, para sorpresa de todos, hizo Humphrey-. Esto debería ayudar a identificarle, tiene un parecido notable.
Dalziel lo cogió, lo estudió, después inclinó la cabeza.
– Excelente. ¿Y aceptó la fórmula falsa?
– Hasta donde podemos saber. Le dio los pagarés a Martinbury a cambio.
– Bien. ¿Y Martinbury está en el norte?
– Todavía no, pero lo estará. Se muestra genuinamente consternado por las lesiones de su primo y le acompañará de regreso a York, una vez que Jonathon esté en condiciones para viajar. Hasta entonces, se quedarán en nuestro club.
– ¿Y St. Austell y Deverell?.
– Ambos han estado descuidando sus cosas. Asuntos urgentes hacen necesario el regreso a sus hogares.
– ¿Verdaderamente? -Una lacónica ceja se levantó, después Dalziel volvió su oscura mirada fija a Leonora-. He hecho investigaciones entre los miembros del gobierno, y hay un considerable interés en la fórmula de su primo, señorita Carling. He recibido instrucciones de informar a su tío que a ciertos caballeros les gustaría hacerle una visita a su conveniencia lo antes posible. Si pudiera, claro está, sería de ayuda que tuviera lugar antes de que Martinbury se ausente de Londres.
Ella asintió.
– Se lo comunicaré a mi tío. ¿Quizá sus caballeros podrían enviar a un mensajero mañana para fijar la fecha?
Dalziel asintió a su vez.
– Les aconsejaré que lo hagan.
Su mirada fija, insondable, permaneció en ella durante un momento, luego la cambió hacia Tristan.
– ¿Supongo… -Las palabras eran monótonas, sin embargo más suaves- que esto es una despedida, entonces?