Echando un vistazo alrededor, podía verlos a todos aquí, reservados, callados, pero sociables en sus silencios. Volviendo la mirada hacia Meecham, asintió.
– Ha hecho un buen trabajo.
– Ciertamente, ciertamente. -Meecham, satisfecho, indicó a sus dos trabajadores que salieran de la habitación-. Le dejaremos para disfrutar de lo que hasta ahora hemos hecho. Entregaré el resto de artículos en esta semana.
Se inclinó profundamente; Tristan lo despidió con una inclinación de cabeza.
Gasthorpe atrajo su atención.
– Acompañaré hasta la puerta al señor Meecham, milord.
– Gracias, Gasthorpe. No le necesitaré más. Nos las arreglaremos para encontrar la salida.
Con una inclinación de cabeza y una mueca, Gasthorpe salió.
Tristan interiormente se sobresaltó, pero, ¿qué podía hacer? Explicarle a Leonora que las mujeres se suponía que no debían estar dentro del club, no más allá de la pequeña sala delantera, inevitablemente conllevaría preguntas sobre él y sus asociados del club, lo que sería aún peor. Contestar era demasiado arriesgado, era tentar al destino.
Era mucho mejor ceder terreno cuando en realidad no tenía importancia y realmente, no podría ser más perjudicial que explicar lo que estaba detrás de la formación del Bastion Club.
Leonora se había alejado de su lado. Después de arrastrar sus dedos por el respaldo de un sillón, notando su conmodiad, pensó él con aprobación, había caminado hasta la ventana y ahora miraba hacia afuera.
Hacia su propio jardín trasero.
Esperó, pero ella no se volvió. Expulsando el aire, un suspiro algo resignado, él cruzó el cuarto, la mullida alfombra turca amortiguaba sus pasos. Se detuvo junto a la ventana, apoyado contra el marco.
Ella giró su cabeza y lo miró
– Suele quedarse aquí y observarme, ¿verdad?
CAPÍTULO 7
Tristan consideró todas las opciones posibles antes de contestar.
– A veces.
Los ojos de ella permanecieron en los de él, después, volvió la vista hacia el jardín.
– Así es como supo quién era yo cuando tropecé con usted el primer día.
Él no dijo nada, se encontró preguntándose qué camino estaba tomando la mente de ella.
Después de un largo momento, la mirada de Leonora se dirigió más allá del cristal, y murmuró:
– No soy muy buena en asuntos como estos. -Hizo un breve ademán, su mano moviéndose entre ambos-. No he tenido ninguna experiencia real.
Él parpadeó para sí.
– Eso creía.
Ella giró la cabeza, encontrando su mirada.
– Tendrá que enseñarme.
Cuando ella lo miró, se enderezó. Leonora cerró la distancia entre ambos. Él frunció el ceño, sus manos le rodearon instintivamente la cintura.
– No estoy seguro.
– Estoy totalmente dispuesta a aprender. -La mirada de ella cayó hacia sus labios; los curvó, sensualmente inocente-. Pero usted ya lo sabe.
Y le besó.
La invitación fue tan descarada que se apoderó totalmente de él. Temporalmente suspendido el sentido común, Tristan quedó a merced de sus sentidos.
Y sus sentidos eran implacables. Querían más.
Más de ella, del suave y delicioso refugio de su boca, de sus dóciles e inocentemente seductores labios. De su cuerpo, que se apretaba tímidamente, aunque con determinación, contra el suyo mucho más duro.
Aquello último lo afectó, lo afectó lo suficiente como para recuperar el sentido común y el control. No sabía lo que ella estaba pensando, aún con sus labios sobre los de él, su boca toda suya, y las lenguas batiéndose en duelo cada vez de forma más ardiente, no podía perder la cabeza y seguir las contorsiones de la de ella.
Más tarde.
Ahora… todo lo que podía hacer, todo lo que pudo lograr que hicieran su cuerpo y sus sentidos, fue seguirla.
Y enseñarle más.
Permitió a su presa acercarse, acogiéndola enteramente entre sus brazos. La dejó sentir su cuerpo duro contra el de ella, le dejó sentir lo que estaba invocando, la respuesta que su cuerpo, suave, curvilíneo, descaradamente tentador, todo suavidad femenina y calor, provocaba.
Durante sus paseos por la casa, Leonora se había abierto la capa. Deslizando una mano bajo la pesada lana, le colocó la palma de la mano sobre los pechos. No los trazó ligeramente como había hecho antes, sino que los reclamó posesivamente. Dándole ahora lo que su anterior interludio había prometido juguetonamente, lo que había presagiado burlonamente.
Ella se quedó sin aliento, se pegó a él, pero ni una vez flaqueó; su labios se adhirieron a los suyos, exigiendo inocentemente. Sin miedo. Sin escandalizarse. Resuelta. Cautivada. Estaba embelesada, totalmente fascinada. Él profundizó el beso, el toque, la caricia.
Sintió las llamas comenzar a arder. Sintió el deseo alzarse lentamente, desplegarse lánguidamente para después extenderse hambriento.
Leonora también lo sintió, aunque no sabía cómo llamar a aquello, aquella profunda oleada de ardiente vacío en su interior. La enardeció, y a él, los desconcertó cautivándolos. La atrapaba. Necesitaba estar más cerca, profundizar de alguna forma en aquel intercambio, deslizando las manos hacia arriba, las entrelazó alrededor de su cuello, suspiró cuando el movimiento presionó sus pechos firmemente contra su dura palma.
La mano de él se cerró y los sentidos de Leonora se conmovieron. Los dedos se movieron, buscando, encontrando, y el sentido común de ella, su mismo ser, se detuvo.
Entonces se partió, se quebró, mientras aquellos conocedores dedos apretaban, apretaban… hasta que ella jadeó a través del beso.
Los dedos de él se relajaron y el calor la inundó, una precipitada corriente que nunca antes había sentido. Tenía los pechos hinchados, el corpiño de su vestido estaba repentinamente demasiado apretado. La fina tela de la camisa le escocía.
Él parecía saber qué hacer; se encargó de los diminutos botones de su canesú con practicada facilidad, y ella pudo volver a respirar. Sólo para hacerla contener el aliento en un torrente de placer, la anticipación se disparó cuando él deslizó descaradamente la mano bajo el abierto vestido para acariciar, para tocar. Su caricia exploró la fina seda, incrementando su ansia una vez más, hasta que Leonora se murió por la necesidad de un contacto más definitivo. Ardía por sentir su piel contra la suya, desesperada por sentir aún más.
Los labios de Leonora estaban hambrientos, sus demandas eran claras. Tristan no podría resistirse. Ni lo intentó.
Dos rápidos tirones, y la blusa se aflojó; con un dedo entre sus pechos, le bajó la fina tela.
Luego puso sus manos sobre los generosos pechos.
Sintió en su alma el profundo estremecimiento que la sacudió.
Cerró la mano, posesivamente hambriento, y el corazón de ella dio un brinco.
El suyo también.
Envueltos en un horno de codicia, de ansiosa entrega, de sensual conquista, de apreciación, y del despertar del reconocimiento de necesidad mutua.
Manos y labios alimentaron el hambre, complacientes, incitadores. Cautivados.
Hubo un cambio en su interacción. Él lo sintió, sorprendido de descubrir que, aunque todavía mantenía el control, ya no mandaba sobre el juego. La recién desarrollada confianza de ella, su interés y entendimiento, le revestía los labios, dirigía la forma en que se encontraba con él, el lento y sensual toque de su lengua contra la de Tristan, la seductora caricia de sus dedos en el pelo, la abierta confianza, la manera tan completamente fascinante en que ella se hundía contra él, toda miembros suaves y ligero ardor, bañándolo en las llamas de una mutua conflagración que Tristan nunca imaginó compartir con una mujer inocente.