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Ahora Trentham había aparecido, tentándola.

Consideró la idea de aceptar, los ojos fijos en las brillantes llamas del hogar.

Si no actuaba ahora y aprovechaba la oportunidad que el destino por fin le había consentido, ¿quién sabía cuánto tiempo duraría el interés de él, y por tanto, su oferta? Los militares no eran famosos por su constancia; ella lo sabía de primera mano.

Su mente voló, calculando las posibilidades, distraída por ellas. El fuego murió lentamente hasta convertirse en rescoldos rojos y calientes.

Cuando por fin el frío del aire penetró en su meditación, se dio cuenta de que había tomado una decisión. Su mente había estado durante algún tiempo absorta en dos cuestiones.

¿Cómo le iba a expresar a Trentham aquella decisión?

¿Y cómo podría hacer que en su encuentro ella fuera la que tuviese el control?

Tristan recibió la carta con el primer correo de la mañana siguiente.

Después de las salutaciones acostumbradas, Leonora había escrito:

Con respecto al artículo que busca el ladrón, he decidido que sería inteligente buscar en el taller de mi primo Cedric. La habitación es bastante amplia, pero ha estado cerrada durante años, de hecho, desde antes de que tomáramos posesión de la casa. Es posible que una búsqueda enérgica haga aparecer algún artículo de valor, aunque no real sí esotérico. Comenzaré mi búsqueda inmediatamente después del almuerzo; si encontrase algo digno de mención, por supuesto, le informaré.

Suya, etc.

Leonora Carling.

Leyó la carta tres veces. Sus afilados instintos le aseguraban que había más que la superficial lectura de las palabras, aún así su significado oculto le eludía. Decidiendo que había sido un agente encubierto durante demasiado tiempo y que ahora estaba buscando maquinaciones donde era evidente que no las había, dejó la carta a un lado y asentó su mente con determinación en sus asuntos.

Los suyos y los de ella.

Se encargó primero de los de Leonora, haciendo una lista de las distintas formas de identificar al hombre enmascarado como Montgomery Mountford. Tras considerar la lista, escribió una citación y envió a un lacayo a entregarla, luego se ocupó de escribir una serie de cartas que sus receptores preferirían no recibir. Sin embargo, una deuda era una deuda, y los estaba haciendo llamar por una buena causa.

Una hora más tarde, Havers trajo al estudio a un insulso individuo, más bien desaliñado. Tristan se recostó en la silla y le hizo gestos hacia otra.

– Buenos días, Colby. Gracias por venir.

El hombre era receloso, aunque no sumiso. Inclinó la cabeza y se sentó en la silla, lanzando rápidos vistazos alrededor mientras Havers cerraba la puerta, luego volvió a mirar a Tristan.

– Buenos días, señor, le pido perdón, es milord, ¿no?

Tristan apenas sonrió.

El nerviosismo de Colby aumentó.

– ¿En qué puedo ayudarle, entonces?

Tristan se lo dijo. A pesar de su apariencia, Colby era el barón reconocido del hampa del territorio de Londres que incluía Montrose Place. Tristan lo había conocido, o más bien se había asegurado de que Colby lo conociera, cuando habían establecido el club en el Número 12.

Al oír los extraños tejemanejes en Montrose Place, Colby había apretado los dientes y parecido severo. Tristan nunca había creído que los intentos de robo eran obra de los golfos locales; la reacción de Colby y su subsiguiente promesa se lo habían confirmado.

Entrecerró los ojos, Colby ahora parecía más el espécimen potencialmente peligroso que era.

– Me gustaría encontrarme con ese elegante señor suyo.

– Es mío. -Contestó Tristan de manera insulsa.

Colby lo miró, valorándolo, luego asintió.

– Extenderé la noticia de que espera tener noticias suyas. Si alguno de los chicos oye hablar de él, me aseguraré de que lo sepa.

Tristan inclinó la cabeza.

– Una vez le ponga las manos encima, no lo volverá a ver.

Colby asintió una vez, aceptando el trato. Información a cambio de la eliminación de un competidor. Tristan llamó a Havers, quien se encargó de conducir a Colby fuera.

Tristan terminó su última petición de información, luego se las entregó a Havers con estrictas instrucciones para su entrega.

– Nada de librea. Usa al lacayo más fuerte.

– Por supuesto, milord. Entiendo que queremos hacer un alarde de fuerza. Collison sería el mejor en lo que respecta a eso.

Tristan asintió, luchando por no sonreír mientras Havers se retiraba. El hombre era un regalo del cielo, había lidiado con la miríada de exigencias de las queridas ancianas, y sin embargo se encargaba con igual aplomo del lado más rudo de los asuntos de Tristan.

Una vez hecho todo lo que podía con respecto a Montgomery Mountford, Tristan prestó atención a los asuntos diarios para mantenerse a flote con los detalles y las demandas del condado. Mientras, el reloj hacía tic-tac y el tiempo pasaba, sin hacer ningún progreso real en el asunto de asegurar el condado.

Para alguien de su temperamento, aquello último resultaba molesto.

Havers le trajo la comida en una bandeja y Tristan continuó reduciendo la pila de cartas de negocios. Garabateando por último una nota a su administrador, suspiró y empujó la pila completa a un lado.

Y dirigió su mente con determinación al matrimonio.

A la que sería su mujer.

Diciéndose que no pensaba en ella como en su novia, sino como su mujer. Su asociación no estaba basada en superficialidades sociales, sino en interacciones prácticas y verdaderas. Podía imaginársela fácilmente a su lado como su condesa, lidiando con las demandas de su vida futura.

Debería, suponía, haber considerado una variedad de candidatas. Si lo pedía, sus cotillas residentes estaría contentísimas de proveerle con una lista. Jugó con la idea, o al menos se dijo a sí mismo que lo hacía, pero suplicar a otros ayuda en una decisión tan personal, tan vital, sencillamente no era su estilo.

También era una pérdida de tiempo.

La carta de Leonora descansaba a la derecha del secante. Su mirada se detuvo sobre ella, sobre la delicada letra que le recordaba a su escritora, se sentó y le dio vueltas, girando su pluma una y otra vez entre los dedos.

El reloj dio las tres. Tristan alzó la vista, luego dejó caer la pluma, echando la silla hacia detrás se levantó y se dirigió al pasillo.

Havers se encontró con él allí, lo ayudó a ponerse el gabán, le tendió el bastón y le abrió la puerta.

Tristan salió, bajando con rapidez los escalones, se dirigió a Montrose Place.

Encontró a Leonora en el taller, una larga habitación embutida en el sótano del Número 14. Las paredes eran de piedra sólida, gruesas y frías. Una fila de ventanas altas alrededor del muro daban al nivel del suelo, hacia el frente de la casa. Era probable que en algún momento hubiesen dejado entrar considerable luz, pero ahora estaban veladas y agrietadas.

Eran, notó enseguida Tristan, demasiado pequeñas siquiera para que un niño gatease a través de ellas.

Leonora no lo había oído entrar; tenía la nariz enterrada en algún antiguo tomo. Él hizo ruido con la suela de sus zapatos contra las losas. Ella alzó la mirada y sonrió encantada, dándole la bienvenida.

Tristan le devolvió la sonrisa, dejó que el gesto fuera simplemente afectuoso y entró, mirando alrededor.

– Creí que había dicho que este lugar había estado cerrado durante años.

No había telarañas, y todas las superficies de mesas, suelos y estanterías, estaban limpias.

– Mandé venir a las criadas esta mañana. -Leonora se encontró con su mirada cuando se giró hacia ella-. No tengo particular debilidad por las arañas.

Él se fijó en la pila de cartas polvorientas amontonadas en el banco a su lado; su ligereza se desvaneció.

– ¿Ha encontrado algo?