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Leonora miró la pistola.

– ¡Cielos! -Elevó unos ojos atónitos hacia su cara-. ¿Me habrías disparado?

Sus ojos se entrecerraron.

– No a ti. No sabía quien… -Sus labios se estrecharon. Se apartó-. Acercarse sigilosamente a mí nunca es sabio.

Ella abrió los ojos como platos.

– Lo recordaré en el futuro.

Tristan se movió hasta un aparador y dejó la pistola en la vitrina, en lo alto. Su mirada era oscura cuando la volvió a observar, luego regresó para detenerse junto al escritorio.

Ella permaneció donde se había detenido, más o menos en mitad del cuarto. No era una habitación grande, y él estaba en ella.

La mirada de él fue hasta su cara. Se endureció.

– ¿Qué estás haciendo aquí? ¡No, espera! -Levantó una mano-. Primero dime cómo llegaste aquí.

Leonora había esperado ese rumbo. Juntando las manos, asintió.

– No me visitaste… no es que lo hubiera esperado -lo había hecho, pero se había dado cuenta de su error-, así que tuve que venir aquí. Como habíamos descubierto previamente, si yo viniera durante las horas habituales de visita, sería poco probable que tuviéramos mucha oportunidad de una conversación privada, así que… -Inspiró profundamente y prosiguió-. Convoqué a Gasthorpe, y alquilé un carruaje a través de él… insistí en mantener el asunto estrictamente confidencial, así que no debes tener esto en su contra. El carruaje…

Se lo había dicho todo, haciendo hincapié en que el carruaje con el cochero y el lacayo estaban esperando en la callejuela para llevarla a su casa. Cuando llegó al final de su relato, Tristan dejó pasar un momento, después elevó las cejas ligeramente… el primer cambio en su expresión desde que había entrado en la habitación.

Él cambió de posición y se inclinó hacia atrás contra el borde del escritorio. Su mirada permaneció en la cara de ella.

– Jeremy… ¿dónde cree que estás?

– Humphrey y él están bastante seguros de que estoy dormida. Se han lanzado a la tarea de dar sentido a los diarios de Cedric; estaban absortos.

Un sutil cambio tensó sus facciones, agudizándose, endureciéndose; Leonora añadió rápidamente:

– A pesar de eso, Jeremy se aseguró de que las cerraduras fueran todas cambiadas, como tú sugeriste.

Él le sostuvo la mirada; pasó un largo momento, entonces inclinó la cabeza mínimamente, reconociendo que había leído sus pensamientos con exactitud. Sofocando un impulso de sonreír, ella continuó:

– A pesar de todo, he estado manteniendo a Henrietta en mi habitación por la noche, así no vagará… -Ni la alteraría, ni la preocuparía. Parpadeó, y siguió-. Así que la tuve que llevar conmigo cuando me retiré esta noche. Está con Biggs, en la cocina del Número 12.

Tristan lo consideró. Interiormente se sintió fastidiado. Ella había cubierto todos los detalles necesarios; podía descansar tranquilo en ese punto. Estaba allí, a salvo; incluso había arreglado su regreso seguro. Se acomodó contra el escritorio, cruzó los brazos. Dejó que la mirada, fija en su cara, se volviera incluso más intensa.

– Entonces ¿por qué estás aquí?

Ella encontró su mirada directamente, firme, en perfecta calma.

– He venido a disculparme.

Él levantó las cejas; ella siguió.

– Debería haber recordado aquellos primeros ataques, y contártelos, pero con todo lo que ha ocurrido recientemente, se habían ido al fondo de mi mente. -Estudió sus ojos, más pensativos que inquisitivos; él se dio cuenta de ella estaba uniendo las palabras mientras continuaba… este discurso no estaba ensayado.

– Sin embargo, en el momento en que los ataques ocurrieron, no nos habíamos conocido, y no había nadie más que me considerara importante de esa manera, de tal modo que me sintiera obligada a informarles. Advertirles.

Leonora levantó la barbilla, sosteniéndole aún la mirada.

– Acepto y concedo que la situación ahora ha cambiado, que soy importante para ti, y que por lo tanto necesitas saber… -Dudó, le frunció el ceño, entonces corrigió con renuencia-: Tal vez incluso tienes derecho a saber cualquier cosa que constituya una amenaza para mí.

De nuevo se detuvo, como si revisara sus palabras, luego se enderezó y asintió, sus ojos se enfocaron otra vez en los de él.

– Así que me disculpo inequívocamente por no contarte aquellos incidentes, por no reconocer que debería haberlo hecho.

Él parpadeó, lentamente; no había esperado una disculpa en tales términos rigurosos y claros como el cristal. Sus nervios comenzaros a hormiguear; una impaciencia nerviosa se apoderó de él. Lo reconoció como su típica reacción al estar al borde del éxito. De tener una victoria, completa y absoluta, a su alcance.

De estar solo a un paso de aferrarla.

– ¿Estás de acuerdo en que tengo derecho a saber cualquier amenaza hacia ti?

Ella encontró su mirada, asintiendo decisivamente.

– Sí.

Lo consideró durante un latido, entonces preguntó.

– ¿Lo tomo como que estás de acuerdo en casarte conmigo?

Ella no dudó.

– Sí.

Un apretado nudo de tensión, que había llevado durante tanto tiempo que se había vuelto inconsciente para él, se desenmarañó y cayó. El alivio fue inmenso. Tomó un gran aliento, sintiendo como si fuera la primera respiración verdaderamente libre que hubiera tenido en semanas.

Pero no había acabado con Leonora, no había acabado de obtener promesas de ella… aún.

Enderezándose del escritorio, atrapó su mirada.

– ¿Estás de acuerdo en ser mi esposa, en actuar en todos los sentidos como mi esposa, y obedecerme en todas las cosas?

Esta vez ella dudó, frunciendo el ceño.

– Esas son tres preguntas. Sí, sí, y en todas las cosas razonables.

Tristan elevó una ceja.

– “En todas las cosas razonables”. Parece que necesitamos algunas definiciones. -Acortó la distancia entre ellos, deteniéndose directamente frente a Leonora. Miró en sus ojos-. ¿Estás de acuerdo en que donde quiera que vayas, independientemente de lo que hagas, si cualquier actividad implica el más mínimo grado de peligro para ti, entonces me informarás primero, antes de comprometerte?

Sus labios se apretaron; sus ojos quedaron fijos en los de él.

– Si es posible, sí.

Él entrecerró los ojos.

– Estás poniendo objeciones.

– Tú estás siendo irrazonable.

– ¿Es irrazonable para un hombre querer saber que su mujer está segura todo el tiempo?

– No. Pero es irrazonable envolverla en un capullo protector para conseguirlo.

– Eso es discutible.

Él gruñó las palabras sotto voce, pero Leonora las oyó. Se movió intimidantemente cerca; el genio de ella comenzó a elevarse. Con determinación refrenó su ira. No había venido a pelear con él. Tristan estaba demasiado acostumbrado a estar en conflicto; ella estaba resuelta a no tener ninguno entre ellos. Sostuvo su dura mirada, tan firme como él.

– Estoy totalmente dispuesta a hacer todo lo posible, todo lo posible dentro de lo razonable, para dar cabida a tus tendencias protectoras.

Invistió las palabras con cada onza de su determinación, su entrega. Él la oyó resonar; Leonora vio entendimiento, y aceptación, fluyendo tras sus ojos.

Estos se agudizaron hasta que su mirada fue de un cristalino color avellana, absorta en ella.

– ¿Es ésta la mejor oferta que estás preparada para hacer…?

– Lo es.

– Entonces acepto. -Bajó la mirada hasta sus labios-. Ahora… quiero saber lo lejos que estás dispuesta a llegar para acomodar mis otras tendencias.

Fue como si hubiera bajado un escudo, repentinamente dejando caer la barrera entre ellos. Una ola de calor sexual la invadió; repentinamente recordó que era un lobo herido, un lobo salvaje herido, y aún tenía que calmarlo. Al menos en ese nivel. Lógicamente, racionalmente, en palabras, ella había hecho las paces, y él había aceptado. Pero ese no era el único plano en el que interactuaban.