Ella enarcó una ceja hacia él.
– ¿Tus antiguos compañeros? -Él asintió, siguiéndola hasta el vestíbulo.
– No puedo pensar en ningún caballero más adecuado para ayudarnos en esto.
Charles, previsiblemente, estaría encantado.
– ¡Excelente! Siempre supe que esta historia del club era una idea brillante.
Eran casi las diez; habiendo consumido una espléndida cena en el elegante comedor de abajo, Tristan, Charles y Deverell ahora estaban sentados, estirados y cómodos, en la biblioteca, cada uno acunando una copa generosamente provista de buen brandy.
– Cierto. -A pesar de sus maneras más reservadas, Deverell parecía igualmente interesado. Miró a Charles-. Creo que yo debería ser el agente inmobiliario… tú ya representaste un papel en este drama.
Charles parecía apenado.
– Pero siempre puedo representar otro.
– Creo que Deverell tiene razón. -Tristan se hizo cargo firmemente. -Él puede ser el agente inmobiliario; ésta es solamente su segunda visita a Montrose Place, así que hay posibilidades de que Mountford y sus compinches no lo hayan visto. Aunque lo hayan hecho, no hay ninguna razón para que no pueda actuar de forma imprecisa y decir que está encargándose del asunto para un amigo. -Tristan miró a Charles-. Mientras tanto, hay algo más que de lo que creo que tú y yo deberíamos encargarnos.
Charles instantáneamente lo miró esperanzado.
– ¿Qué?
– Te hablé de este empleado del abogado que heredó de Carruthers. -Les había contado toda la historia, todos los hechos pertinentes, durante la cena.
– ¿El que vino a Londres y desapareció entre la multitud?
– Ese mismo. Creo que mencioné que originalmente planeaba venir a la ciudad, ¿no? Mientras buscaba información en York, mi espía supo que este Martinbury había quedado anteriormente en encontrarse con un amigo, otro empleado de la oficina, aquí en la ciudad; antes de partir de modo inesperado, confirmó el encuentro.
Charles enarcó una ceja.
– ¿Cuándo y dónde?
– Mañana al mediodía, en el Red Lion en la calle Gracechurch.
Charles asintió.
– Entonces lo cogeremos después del encuentro. ¿Supongo que tienes la descripción?
– Sí, pero el amigo ha aceptado presentarme, así que todo lo que tenemos que hacer es estar allí, y luego veremos lo que podemos aprender del señor Martinbury.
– ¿Él no podría ser Mountford, verdad? -preguntó Deverell.
Tristan negó con la cabeza.
– Martinbury estuvo en York durante gran parte del tiempo que Mountford ha estado activo aquí.
– Hmm. -Deverell se recostó, giró el brandy en la copa-. Si no es Mountford quien se me acerque, y creo que eso es improbable, ¿entonces quién piensas que intentará alquilar la casa?
– Mi conjetura -dijo Tristan-, sería un flaco espécimen con rostro de comadreja, de altura baja a media. Leonora -la señorita Carling-, lo ha visto dos veces. Parece seguro que sea un asociado de Mountford.
Charles abrió mucho los ojos.
– ¿Leonora, eh? -Girando en la silla, fijó su mirada oscura en Tristan-. Entonces dinos… ¿Cómo sopla el viento por esa parte, hmm?
Impasible, Tristan estudió el rostro de diablo de Charles, y se preguntó qué travesura diabólica podría tramar Charles si no se lo decía…
– Sucede que la noticia de nuestro compromiso aparecerá en la Gazette mañana por la mañana.
– ¡Oh-ho!
– ¡Ya veo!
– ¡Bien, eso fue un trabajo rápido! -Levantándose, Charles agarró la licorera y volvió a llenar sus copas-. Tenemos que brindar por eso. Veamos. -Hizo una pose delante de la chimenea, la copa levantada en alto-. Por ti y tu señora, la encantadora señorita Carling. Bebamos en reconocimiento de tu éxito en decidir tu propio destino, por tu victoria sobre los entrometidos, ¡y a la inspiración y al aliento que esta victoria dará a tus colegas miembros del Bastion Club!
– ¡Salud! ¡Salud!
Tanto Charles como Deverell bebieron. Tristan los saludó con la copa, luego también bebió.
– Entonces, ¿cuándo es la boda? -preguntó Deverell.
Tristan estudió el líquido ámbar arremolinándose en el vaso.
– Tan pronto como arrestemos a Mountford.
Charles frunció los labios.
– ¿Y si eso toma más tiempo de lo esperado?
Tristan levantó los ojos, encontró la mirada oscura de Charles. Sonrió.
– Confía en mí. No lo hará.
Temprano a la mañana siguiente, Tristan visitó el Número 14 de Montrose Place; se fue antes de que Leonora o algún miembro de la familia bajara la escalera, confiando que había solucionado el enigma de cómo Mountford había entrado en el Número 16.
Como Jeremy, bajo su dirección, ya había cambiado las cerraduras del Número 16, Mountford debía de haber sufrido otra desilusión. Aún mejor para conducirlo hasta la trampa. Ahora no tenía otra opción que alquilar la casa.
Dejando el Número 14 por el portón principal, Tristan vio a un operario ocupado colocando un cartel en lo alto de la pared principal del Número 16. El cartel anunciaba que la casa estaba en alquiler y daba detalles de cómo contactar con el agente. Deverell no había perdido el tiempo.
Regresó a Green Street para el desayuno, valientemente esperó hasta que las seis queridas ancianas residentes estuvieran presentes antes de hacer el anuncio. Estaban más que encantadas.
– Ella es justo el tipo de mujer que deseábamos para ti -le dijo Millicent.
– Es cierto -confirmó Ethelreda-. Es una joven tan sensible… teníamos un miedo terrible de que acabaras con alguna cabeza de chorlito. Una de esas jóvenes de cabeza hueca que ríen tontamente en todo momento. Solo el buen Dios sabe cómo nos las habríamos arreglado entonces.
Con ferviente acuerdo, él se excusó y se refugió en el estudio. Bloqueando implacablemente las obvias distracciones, pasó una hora ocupándose de las cuestiones más urgentes que reclamaban su atención, acordándose de escribir una breve carta a sus tías abuelas informándolas de su matrimonio inminente. Cuando el reloj dio las once, posó la pluma, se levantó, y silenciosamente dejó la casa.
Se encontró con Charles en la esquina de Grosvenor Square. Llamaron un coche de alquiler; diez minutos antes del mediodía, entraban por la puerta del Red Lion. Era una posada popular, que proveía de comida y bebida, y que servía a una mezcla de comerciantes, agentes, despachantes y empleados de todas las descripciones. El salón principal estaba lleno, no obstante, después de una mirada, la mayoría se apartó del camino de Tristan y Charles. Fueron al bar, donde les sirvieron inmediatamente, y después, jarra de cerveza en mano, se giraron e inspeccionaron el salón.
Después de un momento, Tristan tomó un sorbo de su cerveza.
– Está allí, en una mesa del rincón. El que mira alrededor como un cachorro ansioso.
– ¿Aquél es el amigo?
– Encaja en la descripción como anillo al dedo. La gorra es difícil de obviar -Una gorra de tweed estaba en la mesa en la que el joven en cuestión esperaba.
Tristan lo consideró, luego dijo:
– No nos reconocerá. ¿Por qué no ocupamos la mesa al lado de la suya, y esperamos al momento justo para presentarnos?
– Buena idea.
Una vez más la muchedumbre se apartó como el Mar Rojo; se instalaron en la pequeña mesa del rincón sin atraer más que un rápido vistazo y una educada sonrisa del joven.
A Tristan le pareció terriblemente joven.
El joven continuó la espera. Lo mismo hicieron ellos. Discutieron varios puntos, dificultades a las que ambos se habían enfrentado al tomar las riendas de grandes fincas. Había más que suficiente ahí para darles una tapadera creíble en caso que el joven estuviera escuchando. No lo estaba; como un spaniel, mantuvo los ojos en la puerta, listo para saltar y saludar con la mano cuando su amigo entrara.
Gradualmente, mientras pasaban los minutos, su impaciencia decrecía. Se tomó su pinta; ellos se tomaron las suyas. Pero cuando el sonido metálico de un campanario cercano marcó la media hora, parecía seguro que el hombre por quien todos habían esperado no iba a aparecer.