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Leonora suspiró y se metió en sus brazos con verdadero alivio.

– Qué agotador. No pensé que sería tan mala idea, no al inicio del año.

Girando a través del salón, encontró su mirada.

– ¿Quieres decir que podría ser peor?

Lo miró a los ojos y sonrió.

– No todos están en la ciudad aún.

No dijo más; él estudió su cara mientras giraban, cambió de dirección y retrocedió al principio del salón. Ella parecía haberse relajado, sus sentidos entregados al vals. Él siguió su ejemplo.

Y encontró un cierto grado de bienestar. De serena tranquilidad con la sensación de ella en sus brazos, realmente suya bajo sus manos, el contacto de sus muslos mientras daban vueltas, la armonía que fluía de sus cuerpos moviéndose con la música, armonizados. Juntos.

Cuando la música finalmente acabó, se encontraban al otro lado del salón. Sin preguntar, él colocó su mano en su manga y la guió de regreso a donde sus defensoras esperaban, una pequeña isla de relativa seguridad.

Ella le miró de reojo, con la sonrisa en los labios y la comprensión en su mirada.

– ¿Cómo lo llevas?

Él la recorrió con la mirada.

– Me siento como un general rodeado por un grupo de guardianes personales bien preparados, con iniciativa y experiencia. -Inspiró, mirando hacia donde se encontraba esperando el grupo de dulces ancianas-. El hecho de que sean mujeres es ligeramente inquietante, pero tengo que admitir que estoy humildemente agradecido.

Una risa, satisfecha, le respondió.

– De hecho, debes estarlo.

– Créeme, -murmuró como si estuvieran cerca de ellas, -conozco mis limitaciones. Esto es un teatro femenino dominado por estrategias femeninas, demasiado complicado para que cualquier varón llegue a comprender algo.

Ella le lanzó una mirada sonriente, una completamente privada, después reasumieron sus personajes públicos y continuaron tratando con la pequeña horda que esperaba para felicitarlos.

La noche, de forma predecible pero en su mente lamentable, finalizó sin poder permitirles tener una oportunidad de apagar la necesidad física que había florecido en ambos, alimentada por el cercano contacto, por la promesa del vals, por su inevitable reacción a los momentos menos civilizados de la noche.

Mía.

Esa palabra aún sonaba en su cabeza… aguijoneaba sus instintos cada vez que ella estaba cerca, especialmente cada vez que otros no parecían comprender ese hecho.

No una respuesta civilizada sino una primitiva. Lo sabía y no le importó.

A la mañana siguiente, inquieto y frustrado, abandonó la Calle Green, y se lanzó a la búsqueda de Martinbury. Todos ellos estaban convencidos de que el objeto de la búsqueda de Mountford era algo enterrado en los papeles de Cedric; A.J. Carruthers había sido el confidente más cercano de Cedric, Martinbury era sin lugar a dudas el heredero a quien Carruthers había confiado sus secretos, y Martinbury había desapareció inesperadamente.

Localizar a Martinbury o descubrir lo que pudieran de su destino, parecía la ruta más probable de conocer el objetivo de Mountford y tratar con su amenaza.

La manera más rápida para finalizar el negocio y así él y Leonora poder casarse.

Pero entrar en los lugares de custodia de la policía, ganar la confianza de los hombres, acceder a documentos en búsqueda de los recientemente fallecidos, tomó tiempo. Había comenzado con las comisarías más cercanas a la casa de postas donde Martinbury había llegado. Cuando, en el carruaje fue con estruendo a casa al atardecer, sin haber adelantado nada, se preguntó si no sería una falsa suposición. Martinbury podía haber estado en Londres algunos días antes de desaparecer.

Entró en la casa para descubrir a Charles esperando en la biblioteca para informarle.

– Nada. -Dijo Charles tan pronto como cerró la puerta. Sentado en uno de los sillones de la casa, giró para mirarle-. ¿Y tú?

Tristan hizo una mueca.

– La misma historia. -Tomó la jarra del aparador y llenó una copa, luego cruzó para llenar la copa de Charles antes de hundirse en el otro sillón. Frunció el ceño ante el fuego.-¿Qué hospitales has revisado?

Charles le dijo los hospitales y hospicios cercanos a la posada donde los coches del correo terminaban.

Tristan asintió.

– Necesitamos movernos rápido y ampliar nuestra búsqueda. -Explicó su razonamiento.

Charles asintió con la cabeza en señal de acuerdo

– La cuestión es, incluso con Deverell ayudando, ¿cómo extendemos la búsqueda y al mismo tiempo vamos más rápidos?

Tristan sorbió, luego bajó su vaso.

– Asumiremos un riesgo calculado y estrecharemos el campo. Leonora mencionó que Martinbury puede estar con vida, pero si estuviera herido, sin amigos o parientes en la ciudad, fácilmente puede estar postrado en la cama de algún hospital.

Charles hizo una mueca.

– Pobre desgraciado.

– Así es. En realidad, esa hipótesis es la única que puede ayudar a avanzar nuestra misión rápidamente. Si Martinbury está muerto, entonces es poco probable que quién quiera que lo hiciera hubiera dejado papeles útiles, que nos indicaran la dirección correcta.

– Cierto.

Tristan sorbió otra vez, luego dijo,

– Mi gente está dando vueltas por los hospitales en busca de algún caballero que aún esté vivo y encaje con la descripción de Martinbury. No necesitan nuestra autorización para hacer eso.

Charles asintió.

– Yo haré lo mismo, estoy seguro de que Deverell también…

El sonido de una voz masculina fuera del pasillo les alcanzó. Ambos miraron a la puerta.

– Hablando del Diablo… -dijo Charles.

La puerta se abrió. Deverell entró.

Tristan se levantó y le sirvió un brandy. Deverell se acomodó elegantemente encima de la silla. En contraste con sus sobrias expresiones, sus ojos verdes estaban iluminados. Los saludó con su copa.

– Traigo noticias.

– ¿Noticias positivas? -preguntó Charles.

– El único tipo que un hombre sabio trae. -Deverell se detuvo a sorber su brandy; bajando su vaso, sonrió-. Mountford mordió el cebo.

– ¿Alquiló la casa?

– La comadreja trajo el contrato de arrendamiento de vuelta esta mañana con el primer mes de renta. Un tal señor Caterham ha firmado el contrato de arrendamiento y planea la mudanza inmediatamente. -Deverell se detuvo, frunciendo el ceño-. Entregué las llaves y ofrecí mostrarles la propiedad, pero la comadreja, que se hace llamar Cummings, declinó. Dijo que su amo era un solitario e insistió en una total privacidad.

El ceño de Deverell creció.

– Pensé en seguir a la comadreja a su agujero, pero decidí que el riesgo de asustarlos era muy alto. -Miró a Tristan-. Dado que Mountford, o quien quiera que sea él, parece determinado a ir a la casa inmediatamente, dejarle perseguir ese objetivo y hacerle caer en nuestra trampa lo más pronto posible parece ser la ruta más sabia.

Ambos, Tristan y Charles asintieron.

– ¡Excelente! -Tristan miró el fuego, su mirada distante-. Así que le tenemos, sabemos donde está. Continuaremos tratando de resolver el acertijo acerca de lo que está buscando, pero incluso si no tenemos éxito estaremos esperando su próximo movimiento. Esperando a que se descubra a sí mismo.

– ¡Por el éxito! -dijo Charles.

Los demás se hicieron eco de sus palabras, luego chocaron sus copas.

Después de acompañar a Charles y Deverell a la puerta, Tristan se dirigió a su estudio. Pasando los arcos de la sala escuchó la usual babel de ancianas voces femeninas y echó un vistazo.

Se detuvo en el salón. Apenas podía creer en sus ojos.

Sus tías habían llegado, junto con -contó cabezas- las otras seis residentes pensionadas de la Mansión Mailingham. Sus catorce queridas viejecitas estaban ahora reunidas bajo el techo de la calle Green, dispersándose en la sala, con las cabezas juntas… tramando.