Él la sentó a su lado en un extremo de la mesa; Lady Hermione estaba en el otro. Ella pronunció un claro discurso expresando su placer sobre la perspectiva de que en poco cedería su silla a Leonora, y pidió un brindis por la pareja comprometida, después fue servido el primer plato. El gentil zumbido de las conversaciones se incrementó rodeando la mesa.
La noche pasó placenteramente, verdaderamente agradable. Las damas salieron del salón, dejando a los caballeros en la mesa. No pasó mucho tiempo antes de que se reunieran con ellas.
Su tío Winston, Lord Warsingham, el esposo de Mildred, se detuvo a su lado.
– Una excelente decisión, querida. -Los ojos de él parpadearon; había estado preocupado por la falta de interés de ella por el matrimonio, pero nunca quiso interferir. -Puede haberte tomado un irrazonable tiempo decidir, pero el resultado es lo que importa, ¿eh?
Sonrió, inclinando la cabeza. Tristan se unió ellos, y ella dirigió la conversación hacia la última obra.
Y continuó, en algún nivel que no estaba muy segura de entender, observando a Tristan. No siempre mantenía sus ojos en él, aunque era plenamente consciente -un acechamiento emocional si tal cosa podría existir, una concentración de los sentidos.
Ella había advertido, una y otra vez, sus dudas momentáneas, discutiendo algo con ella, él lo revisaba, se detenía, lo consideraba y continuaba. Empezó a identificar los patrones que le decían lo que él estaba pensando, cuándo y en qué momento estaba pensando en ella. Las decisiones que estaba tomando.
El hecho de que él no había hecho nada para excluirla de sus activas investigaciones la animaba. Él pudo haber sido más difícil; de hecho, ciertamente ella lo había esperado. En lugar de ello, estaba considerando su camino, acomodándola como podía; lo que reforzó su esperanza de que en el futuro -el futuro al que ambos se comprometieron- se llevarían bien juntos.
De que eran capaces de adaptar las necesidades y naturaleza de ambos.
Sus, tanto necesidades y naturaleza, eran más complejas que las de la mayoría; ella se había dado cuenta tiempo atrás -eso era parte de la atracción que él tenía para ella- que él era diferente de los demás, que la necesitaba en una forma distinta, en un distinto plano.
Dado su peligroso pasado, estaba poco dispuesto a excluir a las mujeres, e infinitamente más dispuesto a usarlas. Ella lo sintió desde el principio, que era menos propenso que sus aventureros amigos a mimar a las mujeres; ahora lo conocía lo suficientemente bien para adivinar que para perseguir su deber él tenía que ser fríamente despiadado. Era esa parte de su naturaleza lo que le permitió a ella llegar a involucrarse en sus investigaciones con una mínima resistencia.
Sin embargo, con ella, ese lado más pragmático se encontró en conflicto directo con algo más profundo. Con impulsos más primitivos, algo la necesidad de mantenerla siempre protegida, guardada de todo mal.
Repetidas veces ese conflicto oscureció sus ojos. Su mandíbula se endurecía, echándole brevemente un vistazo, vacilando, dejando después los asuntos como estaban.
Ajustes. Él por ella, ella por él.
Estaban conectados, gradualmente aprendiendo la manera en la cual sus vidas se enlazarían. Aún así ese choque fundamental permanecía, sospechaba que siempre lo haría.
Ella tendría que soportarlo, ajustarse. Aceptar pero no reaccionar a sus instintos reprimidos, aunque presentes, criterios y suspicacias. No creyó que él hubiera puesto esto último en palabras, ni siquiera a sí mismo, aún así ellos permanecían, bajo todas sus fortalezas y debilidades, ella lo llevaría adelante. Se lo había dicho, había admitido claramente que no aceptaba ayuda fácilmente, que no podría confiar fácilmente en él o en cualquier persona en las cosas que eran importantes para ella.
Lógicamente, conscientemente, él creyó en su decisión de creer él, en aceptarlo en el círculo más íntimo de su vida. En lo profundo, en un nivel instintivo, él se mantenía observando signos de que ella olvidaba.
Por cualquier señal de que ella lo estuviera excluyendo.
Lo había lastimado una vez precisamente de esa forma. No lo volvería a hacer otra vez, pero sólo el tiempo le enseñaría eso a él.
Su regalo a ella había sido, desde un principio, el de aceptarla como era. El regalo de ella sería aceptar todo lo que él era y darle tiempo para disipar sus sospechas.
Para aprender a confiar en ella como ella lo hizo con él.
Jeremy se unió a ellos; su tío aprovechó el momento para conversar con Tristan.
– Bueno, hermana. -Jeremy echó un vistazo alrededor de los invitados-. Puedo verte aquí, con todas estas damas, organizándolas y manteniendo fácilmente toda la casa. -Él le sonrió, luego se tornó más serio-. Ellas te ganan, nosotros te perdemos.
Ella sonrió, puso su mano en su brazo y le apretó.
– Aún no te he dejado.
Jeremy levantó su mirada hacia Tristan, más allá de ella. Con una media sonrisa mientras miraba tras de ella.
– Creo que te darás cuenta que ya lo has hecho.
CAPÍTULO 18
Con toda su relativa candidez, Jeremy tenía razón al respecto -Tristan claramente consideraba su unión ya aceptada, establecida, reconocida.
Los Warsinghams fueron los primeros en salir, Gertie fue con ellos. Cuando Humphrey y Jeremy se disponían a seguirlos, Tristan atrapó su mano y se la puso en la manga, declaró que había asuntos relacionados con su futuro que necesitaban discutir en privado. La llevaría a casa en su carruaje en media hora, poco más o menos.
Lo expuso tan persuasivamente, con tan completa seguridad, que todo el mundo asintió dócilmente y obedeció. Humphrey y Jeremy se fueron; sus tías abuelas y sus primas dieron las buenas noches y se retiraron.
Le permitió que la hiciera pasar a la biblioteca, a solas por fin.
Se detuvo para darle instrucciones a Havers sobre el carruaje. Leonora se aproximó al fuego, un resplandor considerable emitiendo calor por la habitación. Fuera, soplaba un viento frío y pesadas nubes tapaban la luna; no era una noche agradable.
Extendiendo sus manos hacia las llamas, escuchó el chasquido de la puerta al cerrarse con delicadeza, y notó que Tristan se acercaba.
Se volvió; las manos de él se deslizaron por su cintura mientras lo hacía.
Sus manos se detuvieron finalmente en su pecho. Fijó sus ojos en los de él.
– Me alegro de que lo organizaras así, hay algunas cosas de las que deberíamos hablar.
Parpadeó. No la dejó ir, pero no la acercó más. Sus caderas y sus muslos se rozaban ligeramente, provocativamente; sus senos tan sólo tocaban el pecho de él. Las manos de él se extendieron a lo largo de su cintura; ella no estaba ni en sus brazos ni fuera de ellos, pero totalmente bajo su control. Miró hacia abajo, hacia sus ojos.
– ¿Qué cosas son esas?
– Cosas como dónde viviremos, cómo crees que debería ser nuestra vida.
Vaciló, luego preguntó:
– ¿Quieres vivir aquí, en Londres, entre la alta sociedad?
– No especialmente. Nunca he sentido gran atracción por la alta sociedad. Me encuentro lo suficientemente cómoda con ella, pero no es que me muera por sus dudosas emociones.
Los labios de él se agitaron. Agachó la cabeza.
– Gracias al cielo por eso.
Ella colocó un dedo sobre sus labios antes de que pudieran capturar los de ella. Sintió sus manos soltar su cintura, las palmas se deslizaron sobre su espalda envuelta en seda. Bajo sus pestañas, buscó sus ojos, tomando aliento.
– ¿Así que viviremos en la Mansión Mailingham?
Contra su dedo, los labios de él se curvaron distraídos.
– Si puedes soportar vivir enterrada en el campo.
– Surrey apenas puede considerarse como la campiña profunda. -Bajó su mano.
Sus labios se acercaron, revoloteando a una pulgada de los de ella.