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– ¿Qué quiere decir? -preguntó, aunque sospechaba de qué se trataba.

– La imago.

– ¿La figura que sacamos del acuario?

– Claro, qué otra cosa va a ser, me sorprende usted. -Mientras hablaba, el hombre sonreía. Pero, al estudiar mejor su expresión, Rulfo se dio cuenta de que era forzada: como si alguien lo encañonara por la espalda-. ¿Puedo preguntarle qué han hecho usted y esa chica con la imago, señor Rulfo?

Rulfo meditó su respuesta. No quería revelar que la figura se hallaba en casa de Raquel.

– Ya que lo saben todo, ¿por qué no saben también eso?

– La imago debe seguir dentro del saco de tela, bajo el agua -dijo el hombre eludiendo la respuesta-, en completa anulación. Es muy importante. Devuelva la figura, y todo irá bien… Ellas le dirán cuándo y dónde se reunirán con usted. Pero quieren hacerle una advertencia más -continuó, en el mismo tono impersonal-. A la cita solo podrán acudir usted y esa chica con la figura. ¿Me ha comprendido, señor Rulfo? Deje a sus amigos fuera de esto. Este asunto solo concierne a usted, a esa chica y a ellas. ¿Me he explicado con claridad?

– Sí.

Se estremeció. ¿Cómo sabían que acababa de hablar con César y Susana?

Entonces el hombre se volvió hacia Rulfo por primera vez y lo miró.

– Ellas quieren que le diga que yo las traicioné una vez… y mi hija pagó las consecuencias. Mi nombre es Blas Marcano Andrade, soy empresario teatral.

Como si esas palabras fueran la señal acordada, una fastuosa orquesta de músicos invisibles iluminó de metales el escenario al tiempo que estallaban candilejas cegadoras. Entonces una silueta apareció por un lateral. Era una adolescente de pelo castaño y cuerpo delgado. Vestía una ceñida malla color carne y aparentaba unos quince o dieciséis años. Sus facciones mostraban cierta vaga semejanza con las de Marcano. Adoptando una graciosa postura, se inclinó y saludó como si el teatro se hallara repleto.

– Ésa era mi niña -dijo Marcano en un tono distinto, como si por primera vez se le hubiese permitido mostrar sus emociones.

La muchacha saludaba y repartía besos a la platea, entre bellos cimbrados, al ritmo de un vals estridente, pero, mientras la observaba, la mente de Rulfo se anegó con una inusitada y espantosa certidumbre.

Estaba muerta.

Se inclinaba, sonreía, besaba el aire,

pero estaba muerta.

Aquella chica había muerto. Lo supo en ese preciso instante.

La joven terminó de saludar e hizo mutis por el mismo lateral por el que había entrado. Entonces la música finalizó con un golpe abrupto de platillos y el escenario volvió a quedar a oscuras.

– Los castigos de ellas son terribles -dijo Marcano en el poderoso silencio que siguió-. Devuelva la figura, señor Rulfo.

Las luces de la sala empezaron a apagarse al tiempo que Marcano quedaba paralizado, como si un mecanismo en su interior hubiese llegado al final.

Rulfo se levantó, buscó la salida y llegó a la calle jadeando.

V. LA FIGURA

La muchacha llegó a casa muy tarde aquella noche, cruzó el patio con un repiqueteo de tacones, introdujo la llave en la cerradura, abrió y sintió que el corazón le daba un vuelco. Había luz en el saloncito. La lámpara de camping estaba encendida. Y olía a tabaco, pero no de la marca que solía fumar Patricio.

Supo quién era antes de oír la voz.

– Ignoraba tus aficiones noctámbulas. Llevo esperándote por lo menos dos horas.

De pie en el umbral, la muchacha tomó aire, apretó los párpados e intentó reunir fuerzas. Aquella visita era cruel después de un día tan agotador, pero sabía que los clientes podían venir cuando les apeteciera. Patricio les había dado copias de su llave a todos los que pagaban bien y ella estaba obligada a atenderlos, fuera la hora que fuese. Recobró la compostura enseguida, entró, cerró la puerta y avanzó hacia el saloncito.

El hombre estaba sentado en el desvencijado tresillo con las piernas abiertas. Vestía como siempre: traje oscuro, camisa a rayas grises y corbata perla, azul y gris. La camisa y la corbata abultaban debido a la prominencia del vientre. Alzaba una mano con un cigarrillo entre los dedos. Su rostro blando y blancuzco se hallaba atravesado por unas gafas de sol y una sonrisa perennes. Nunca se quitaba aquellas gafas. Nunca dejaba de sonreír. Ella ignoraba su nombre.

Le saludó sin recibir respuesta, dio dos pasos más y se detuvo frente a él.

– ¿No vas a disculparte?

– Lo siento.

Sabía que todo formaba parte del juego preferido del hombre de las gafas negras: la humillación. Por supuesto, no se sentía culpable de llegar a esa hora. Los viernes y sábados las citas se acumulaban, y debía, además, acudir al local del club, un antro de paredes rojas en los sótanos de un burdel de carretera, para concertar sus próximas citas. Al terminar deseaba únicamente cerrar los ojos y descansar todo lo posible. Pero su vida no era suya, y lo sabía. Ni su descanso.

– ¿Eso es lo único que se te ocurre decir?

De repente ella se había puesto a pensar en otra cosa.

La habitación cerrada.

Aquel tipo afirmaba llevar mucho tiempo esperándola. Pero ¿se había limitado a aguardar allí sentado? No: lo más lógico era que hubiese recorrido su minúscula casa y entrado en aquella habitación. Y si había sido así, ¿qué había hecho?

Se moría de ganas por comprobar que todo estaba bien. Pero no podía hacer eso. Aún no.

Una puntera de zapato tocó su pie izquierdo.

– Repito: ¿ésa es tu forma de disculparte…? ¿Decir «lo siento»?

El hombre continuaba tranquilo, cómodamente sentado, sosteniendo el cigarrillo entre sus gruesos dedos con el ampuloso gesto de un pantocrátor de piedra, sonriendo y hablando con suavidad, casi en tono cariñoso. Sin embargo, ella sabía cómo era en realidad. Sus maneras no la engañaban. De hecho, era casi el peor de todos. Acostumbraba a aparecer de forma imprevista, en medio de la noche, y sus visitas siempre resultaban inolvidables. La mayoría de los clientes solo buscaba diversión, pero el hombre de las gafas negras parecía desear únicamente su sufrimiento. La muchacha le temía más que a Patricio.

Se arrodilló en el suelo e inclinó la cabeza. No tuvo necesidad de apartarse el pelo: en el trabajo siempre se lo ataba en un moño sobre la nuca.

– Lo siento -repitió.

Las gafas, encaramadas sobre la sonrisa como un cuervo, la contemplaban.

– Me decepcionas. Mi perro braco sabe hacerlo mejor que tú…

La muchacha respiró hondo. Sabía lo que él quería y cómo acabaría todo.

Sin incorporarse, se quitó la cazadora, deslizó el jersey por encima de la cabeza y comenzó a desabotonarse la falda. En los cristales de las gafas negras su cuerpo se reflejó como una llamarada. Se despojó también de los zapatos, las medias y las bragas a un ritmo lo bastante rápido como para no impacientar al hombre, pero cuidando de no estropear ninguna prenda. Cuando acabó de desvestirse se tendió en el suelo por completo, con suma sencillez, acostumbrada a hacerlo miles de veces. Sintió la frialdad de las baldosas contra la carne y la dureza metálica de las anillas y el collar de Patricio, de los que nunca podía desprenderse, y buscó con los labios los lujosos zapatos. Olió a cuero nuevo. Sacó la lengua.

El brusco, inesperado tirón de pelo le hizo alzar la cabeza.

– Abre los ojos -dijo el hombre con otro tono de voz.

Lo hizo. La mano tiró de su cabello y ella se incorporó un poco, solo un poco, hasta quedar de rodillas. Vio oscilar frente a su nariz un saquito de tela rígida.

– Dónde está.

Sus ojos se desviaron lentamente del saquito a las gafas de sol. La sonrisa había desaparecido del rostro del hombre.

– Solo he encontrado la filacteria. Dónde está la figura.