– Herberia, oh bella y terrible diosa, perdona a tu esclava Susana, pero tengo que dejar esta interesantísima reunión, qué lástima. -Estiró sus delgados brazos-. No puedo faltar a la cena de esta noche con los capitostes del teatro… Son los que van a poner la pasta para mi proyecto. Además, es posible que asistan algunos periodistas a los que pienso preguntarles sobre lidia Garetti… Voy a ducharme. ¿Te veré ante de irme, querido alumno Rulfo?
– Quizá -dijo Rulfo.
– Y si no, estoy segura de que, a partir de ahora, nos veremos más a menudo… Tenemos un gran misterio que resolver, ¿no es cierto, César?
César respondió vagamente y Rulfo percibió su repentina incomodidad. Está usando este asunto como si fuera una golosina, Dios mío. Como si viviera con una niña y le ofreciera un dulce para retenerla.
– ¿Podemos hablar, César? -preguntó cuando Susana subió las escaleras y cerró la puerta del dormitorio.
– Ya estamos hablando.
– ¿Qué tal si continuamos en el cuarto? ¿Sigue existiendo todavía?
César pareció comprender. Sus ojos relampaguearon.
– Sí, ven.
El «cuarto» -como lo denominaban los miembros del círculo literario de César- se encontraba junto al salón del comedor. Era una habitación pequeña que su dueño había protegido concienzudamente de miradas ajenas mediante una ventana de cristales ahumados. Allí estaba el gran aparato de televisión y las cintas que había grabado durante fiestas y juegos sociales. La mullida moqueta blanca invitaba a la desnudez, y Rulfo había aceptado aquella invitación más de una vez. Ahora todo eso pertenecía al pasado. En el «cuarto» las conversaciones eran más privadas, y nadie que estuviera en el dormitorio o el salón podría escucharles.
Cuando César cerró la puerta, aislando el ambiente, Rulfo dijo:
– Deja esto, César.
– ¿Que deje qué?
– Este tema. Punto y final. Pasa a otra cosa y no calientes más a Susana.
– ¿Estás loco?
– Sí -admitió Rulfo-. Puedes pensar eso. Me he vuelto loco. Imaginé cosas que no existían. Nunca estuve en casa de Lidia Garetti. Todo fue una fantasía.
La sonrisa de César se había disuelto mucho antes de que Rulfo acabara de hablar. Lo miraba fijamente a los ojos.
– ¿Qué ha ocurrido, Salomón?
Decidió contárselo. No abundó en detalles, pero le suministró las claves de lo ocurrido la noche previa: la niña del vestido roto, el teatro, el registro de su apartamento. Al describir su conversación con Blas Marcano, pensó que iba a vomitar.
– Blas Marcano Andrade, empresario teatraclass="underline" búscalo en Internet… Violó y asesinó a su hija de dieciséis años, Soraya Marcano, en 1996 y luego se suicidó. Pero yo hablé con él anoche y vi a su hija… No me preguntes cómo lo sé, pero estoy seguro de que eran ellos. Quizá Marcano fuera un sectario castigado por cometer una indiscreción, como el condenado que vio Milton. No entiendo cómo, pero…
César se quitó las gafas y se sentó despacio en el enorme sofá que presidía el saloncito, de lustroso respaldo tachonado de botones.
– Es increíble -murmuró-. Nunca pensé que… ¡Oh, por favor…! Incluso… incluso cuando terminé de leer ese libro, seguía creyendo que todo esto eran fábulas, leyendas mezcladas con los recuerdos de mi abuelo y tus propias experiencias… ¡Por favor…! ¿Te das cuenta de lo que significa esto…?
– No he pretendido entusiasmarte, César. Todo lo contrario. Es gente peligrosa.
– No lo dudo. Me consta lo peligrosa que es. Pero no te harán daño si les devuelves la figura. Es lo que quieren, ¿no…? En tu lugar, yo la devolvería. Sean cuales sean los medios por los que ha llegado a ti, no es tuya. Es de ellas.
– Si la devuelvo o no, el tema no es ése. El tema es que os olvidéis de este jodido asunto para siempre, y que maldigo la hora en que se me ocurrió…
– Todavía puedo resultarte útil, querido alumno. -César lo detuvo con un ademán-. Para encontrar a Herbert Rauschen, ¿recuerdas…? Es el único que puede contarnos más de lo que ya sabemos, aquello que no viene en el libro, la dama número trece… ¿Por qué me dijo que era tan importante? ¿Por qué el libro no la menciona…?
– Ya se habrán encargado de silenciar a Rauschen. Y harán lo mismo con vosotros si…
– ¿Y si no es así…? ¿Y si está escondido…? ¿Y si podemos hablar con él, o con alguien que sepa lo mismo que él…?
– No quiero saber más -zanjó Rulfo-. Solo quiero que todo esto se acabe.
– Salomón. -César alargó el brazo y encendió la lámpara que se alzaba junto al sofá. Bajo aquella luz aterciopelada, su rostro pareció dividirse en dos, como una fase lunar-. La poesía ha sido la razón principal de mi vida. Y de la tuya, reconócelo. Te conozco bien y sé que eres un descreído como yo, aunque no tan sinvergüenza… Un hedonista superficial. Pero la poesía ha sido nuestro sacramento, nuestro único dios, nuestra ética.
– César…
– Déjame terminar, alumno Rulfo. Yo te enseñé a amarla, niégalo si te atreves. Niega que te fascinaban mis clases, o los recitales que improvisábamos aquí mismo, en esta misma habitación, con Susana, Pilar, Álvaro, David… Todos los que, como tú, han dejado de venir a esta casa hace mucho tiempo… Tú y yo estamos hechos de la misma pasta: la poesía nos desarma, nos derrota. Hoy se ha convertido en un gusto de minorías, pero ambos hemos sabido siempre que dentro de ella hay un abismo… Era lo que mi abuelo llamaba «el horror puro». Y ahora, de repente, ¿qué ha sucedido…?
– César, escúchame…
– ¡Déjame hablar! -César se levantó con inusitada rapidez y alzó la voz-. ¿Qué ha sucedido…? Que hemos encontrado por fin ese abismo y nos hemos asomado a él. Lo estamos contemplando. Y sé que tú vas a saltar. Lo sé. Saltarás. La tentación es demasiado fuerte… Entonces, ¿por qué quieres impedirme que yo, más viejo y con menos posibilidades que tú, salte también?
– ¿Y Susana? -dijo Rulfo suavemente, señalando la puerta-. ¿La llevarás del brazo para que salte contigo? -De pronto Rulfo sintió que estallaba-. ¿Es que no te das cuenta de lo que estás haciendo…? ¡Estás convirtiendo esto en otro tema fascinante al estilo Sauceda…! ¡Pero esto es real, querido profesor! ¡No entiendo cómo ni por qué, pero es real y peligroso…! ¡Esta vez no se trata de jugar con espíritus, comer hostias untadas de paté o invocar al diablo con Susana desnuda haciendo de altar y tú vestido de Anton Szandor LaVey…! ¡Esto es real! -Notó que sudaba. Bajó la voz para añadir-:Y muy peligroso.
– Entrégales esa figura y no nos harán daño -dijo César al cabo de una pausa, mortalmente serio.
– ¿Cómo puedes estar tan seguro?
En ese momento se abrió la puerta. Susana, en bata de baño, les sonrió.