– ¿Qué estáis haciendo aquí dentro? ¿Conspirando?
Los dos hombres la miraron y sonrieron casi al mismo tiempo.
– Me voy ya -dijo Rulfo-. Gracias por el almuerzo.
La luz otoñal de la tarde se agotaba cuando salió a la calle. César tenía razón: les daría la figura. Les daría la maldita figura, si eso era lo que querían.
Subió al coche deseando con todas sus fuerzas saber regresar a casa de Raquel.
Patricio Florencio encendió el hornillo y abrió al máximo el gas. Sin embargo, la pequeña llama azul siguió débil. La cafetera cargada que había puesto encima tardaría en calentarse. Maldijo entre dientes: aquella cocina estaba a la altura del resto del mobiliario. Pero, naturalmente, ella no merecía nada mejor.
Mientras esperaba, volvió a servirse otro trago de la botella de ron que la muchacha guardaba para él en el pequeño y casi vacío armario del altillo. Allí también había varias latas de conserva: Patricio se quedó mirándolas y, de repente, las sacó una a una y las arrojó a la basura. Si quiere comida, que me la pida.
Bebió el ron y se sirvió más. Hacía frío en aquel antro, y olía a rayos. A partir de ahora ella tendría que limpiar mejor su casa, y él le enseñaría cómo hacerlo. Le enseñaría muchas cosas a la húngara.
Patricio Florencio era corpulento y de baja estatura. Se había afeitado completamente la cabeza pero conservaba un círculo de pelo negro alrededor de la boca: un bigote y una barba tan oscuros como sus gruesas cejas. Por su camisa blanca entreabierta sobresalía un tupido ramaje de vello. Y sudaba. Siempre sudaba. El sudor y él no eran buenos amigos, pero se resignaban a vivir juntos como esos hermanos siameses adosados por una víscera. Incluso de niño había sudado copiosamente. Le parecía que había ido dejando un rastro de sudor como la baba longilínea de un caracol a lo largo de su vida, desde su triste infancia en las calles de una oscura población guatemalteca hasta su madurez en Europa. Su madre, su querida madre, Dios la tenga en la gloria, decía que sudar era bueno porque así se adelgaza. Su dulce y bondadosa madre, de origen español, era la mujer a la que más había amado Patricio en toda su vida. Pero es que mamá era una señora de verdad, de las que ya no quedan, educada y fría, virtuosa como una estatua. Patricio soñaba a veces que le ofrecía rosas rojas. Nunca había podido tener un gesto así con ella, y ahora ya era demasiado tarde para tenerlo. Pero sabía que, desde el cielo, mamá se lo agradecía igualmente. Entre tanta puta como hay en el mundo una mujer digna es un trébol de cuatro hojas, Silvina. Mamá sí que era una mujer, no fastidies, Silvina. Mamá se merecía rosas.
Regresó al saloncito y la contempló. La muchacha seguía acurrucada en el suelo, en una esquina. No había querido darle todo lo que se merecía porque eso hubiera sido perjudicial para él. La mercancía estropeada no vale dinero, es bien sabido. Se había limitado a golpearla una sola vez en la mandíbula y otra en el estómago. La sangre que manaba de su labio no dejaría huellas, y a los clientes les excitaría ver aquella mínima herida. Estaría bien dentro de poco, era una chica resistente.
Se sintió feliz y reconfortado con el ron. Volvió a la cocina, deseoso de café, pero la cafetera seguía fría. Soltó una maldición: aquella llama no calentaba ni a un reprimido. Tendría que esperar. Odiaba hacerlo, siempre había sido muy impaciente, pero otra parte de él (la materna, sin duda) era sensata y le aconsejaba calma.
Gracias a aquella sensatez había sabido conducir un negocio floreciente. No en vano dirigía el mejor club clandestino de prostitución de Madrid. Tenía otros socios, cierto, pero él era el cerebro: los demás solo aportaban dinero. Además, había sido uno de los primeros en emprender la conquista de los países del Este. Sus selectos clientes afirmaban no ser racistas, pero Patricio sabía que, en el fondo, estaban hartos de filipinas y sudacas y deseaban chicas occidentales de piel blanca. Ahora podían tenerlas. Y no solo prostitutas: mujeres que, en sus países de origen, eran licenciadas; mujeres cultas, acostumbradas a cuidar sus cuerpos, casadas o solteras, deseosas de emigrar buscando un futuro mejor. Incluso mujeres que aún no lo eran: proyectos de mujer, chiquillas de corta edad vendidas por sus propias familias. Él no les hacía nada malo: les ofrecía la oportunidad de trabajar en un país que cada vez angostaba más la entrada de extranjeros. Unos cuantos años de sacrificio y podían regresar a sus hogares con cierta cantidad de plata. ¿A quién perjudicaba eso?
Ahora bien, en aquel negocio, como en todos, existían diferencias. Y Patricio tenía que reconocer que Raquel era distinta.
Hacía cinco años que la conocía. Era huérfana y había venido sin documentación. Los que se la vendieron le dijeron únicamente que se llamaba Raquel y que estaba obligada a trabajar sin cobrar un centavo. A él no le importaban tantos secretos: si la mayoría de las chicas que recibía carecía de pasado aunque lo recordasen, ¿qué mas daba que aquélla lo hubiera olvidado? Nada más verla la había tomado bajo su protección, incluyendo lo que traía consigo, y, aunque al principio había pensado que había hecho un mal negocio, la muchacha había terminado saliéndole barata. No se había arrepentido nunca de acogerla. Raquel era única: por eso era suya. Patricio no le regalaba una gargantilla con su nombre a cualquiera, ni siquiera a Silvina, su actual compañera, una zorra lista y agradecida, pero es que Raquel era oro molido, un animal sumiso y hermoso, un bombón, para qué decir más. Estar con ella costaba caro, porque era perfecta. No solo su cuerpo, su silueta de modelo de pasarela pero bien pertrechada en los lugares en que casi todas las de su especie parecían tablas de estantería, también su carácter. Sus compañeras eran unas pervertidas o unas rebeldes, pero ¿quién había como Raquel? Había nacido para obedecer.
¿Qué te pasa con la húngara, Patricio?No te la quitas de la cabeza.
Cierto. La muchacha le obsesionaba especialmente. A veces se despertaba a medianoche después de soñar que le hacía cosas terribles. Ignoraba la causa exacta de tales sueños, porque bien sabían su madre y Dios que él, a diferencia de sus selectos clientes, no era ningún sádico. En su juventud había matado con sus propias manos aun hombre que había dejado ciego a un perro. El dolor innecesario no le gustaba, menos aún en los animales y las mujeres. Pero con Raquel todo parecía distinto.
De hecho, le había agradado, en parte, aquel conato de rebelión.
No mucho. Solo en parte. Lo suficiente para que él pudiera marcarle los límites.
Regresó al saloncito y se acercó a ella con el vaso de ron en la mano. La muchacha apartó la cara.
– Eh, qué te pasa… No voy a pegarte más. Ya está. Todo perdonado. -Le acarició la cabeza-. Esta tarde irás al club, ¿de acuerdo?
– Sí.
– Luego a las citas. A todas.
– Sí.
– Por cierto, ¿cómo se te pasó por la cabeza esa estupidez de largarte? ¿Alguien te dijo que lo hicieras?
– No.
– No me mientas.
– No.
La cogió del mentón y le levantó el rostro. La muchacha parpadeó, pero no hizo ademán de rechazarlo.
– Entonces, ¿fue idea tuya?
– Sí.
– ¿Y por qué…? Mírame… -Ella volvió a parpadear. Aquellos ojos turbios y negros lo enajenaban: eran sus joyas preferidas-. ¿Por qué quieres dejarme? ¿Es que Patricio no te trata como mereces?
La muchacha no contestó. Por un instante, contemplando aquel rostro intachable, él se preguntó si le estaría mintiendo. Pero, no, era imposible. La conocía demasiado bien. Raquel era tan incapaz de mentir como de volar por los aires. Era un animal tímido, apocado, y precisamente aquel rasgo de su carácter era el que más le gustaba. De hecho, seguía intrigándole su modesta rebelión. Se había quedado mudo de asombro aquella mañana, cuando ella se lo dijo por teléfono. Sencillamente, no podía creer que hubiera tomado tal decisión por su cuenta. La confianza que había depositado en ella era absoluta. Casi todas las mujeres del club vivían encerradas o vigiladas de alguna forma, pero a Raquel podías abandonarla en el interior de una jaula de chimpancé y darle la llave, que jamás saldría sin permiso, y él estaba seguro de eso. No en vano la había dejado ocupar aquel apartamento solitario. Y, sin embargo, ahora… ¿Qué había ocurrido? Le parecía… Casi juraría que había cambiado. Una mutación apenas perceptible, pero que no pasaba desapercibida para él. ¿Más decidida, quizá? ¿Más voluntariosa? A lo mejor se había hecho de un amigo en aquel barrio de inmigrantes.