Ella no contestó, y Rulfo agradeció su silencio. La vio levantarse y dirigirse al dormitorio, vestida aún con aquel impropio albornoz. Se levantó y fue tras ella. La halló acostada en la cama.
– Quiero dormir -dijo la muchacha.
– Muy bien.
Rulfo cogió la chaqueta del respaldo de la silla y salió cerrando la puerta. Se cercioró de que la imago seguía en el bolsillo. Pensó que, a partir de entonces, tendría que custodiar bien aquella figura.
Hasta el día de la cita.
Mientras Raquel dormía, Rulfo se acercó al niño y le acarició el pelo. El pequeño no se dio por enterado: mantenía las flacas piernas flexionadas sobre el tresillo mientras contemplaba, en la penumbra del comedor, sus soldaditos esparcidos sobre el cojín.
– No hablas mucho, que digamos.
– No -convino el niño.
Su voz, sorprendentemente diáfana, revelaba la misma seguridad de su mirada. No había alzado la cabeza para contestar. Seguía concentrado en sus figuritas. Al contemplar su pálido semblante de cerca, Rulfo pensó que podía tener anemia. Se sentó a su lado y sonrió.
– ¿Sabes? Creo que eres un niño muy listo…
Su pequeño interlocutor hizo caso omiso al comentario. Apenas reaccionó con un leve parpadeo, como si Rulfo, en vez de hablar, le hubiera echado un poco de humo al rostro. Siguió alineando los soldados encima del tresillo. Luego deslizó el dedo por encima de sus cabezas, como si los contara, aunque Rulfo no creyó que supiera contar. La manita, de uñas demasiado largas y sucias, se detuvo en el último. Lo cogió y se volvió hacia Rulfo.
– Ésta es la peor -dijo.
– ¿La peor?
El niño asintió.
– La peor de todas.
Su rostro infinitamente triste contenía, ahora, un matiz de aprensión. Al principio, Rulfo no entendió qué quería decir. Entonces contó los soldados: eran doce. El niño sostenía entre sus dedos el último. ¿Saga? ¿La que Conoce?
– ¿Quieres decir que ésta es la más malvada?
Nuevo asentimiento de la cabecita.
– ¿Te refieres a las damas?
El niño no respondió.
– ¿Las conoces, Laszlo? ¿Conoces a las damas?
Tampoco esta vez recibió respuesta.
– Falta una -dijo el niño entonces.
Rulfo sintió un escalofrío. La número trece.
Recordó a aquel profesor austriaco del que les había hablado César, y cómo había insistido en informarle sobre esa dama. «La más importante, la que nunca se menciona.» Ignoraba si se estaba dejando llevar por una absurda fantasía causada por el anárquico lenguaje del niño, pero sospechaba que ése era justo el camino (las fantasías absurdas) para alcanzar la verdad. Decidió atreverse a hacerle la pregunta que le inquietaba.
– ¿Dónde está, Laszlo? ¿Dónde está la número trece?
El niño volvió a observar sus soldados.
– No sé -dijo.
El motel se hallaba en una desviación de la carretera principal, en la provincia de Toledo. Lo eligió sin saber exactamente el motivo, quizá porque no estaba ni demasiado cerca ni demasiado lejos de Madrid. Era un edificio de ladrillo rojo de dos plantas con ventanas de marcos blancos, y parecía bastante moderno. Contaba con un pequeño restaurante en la planta baja, un modesto aparcamiento y lo más importante de todo: el número apropiado de huéspedes, ni excesivo ni escaso, a juzgar por los coches estacionados. Rulfo se inscribió con su nombre y dejó el carnet de identidad a una mujer gruesa de llamativo traje azul. Le dieron una habitación espaciosa con una cama de matrimonio y otra plegable. Se aseguró de que el lugar era cómodo y limpio, y luego se volvió hacia ellos.
– Aquí estaréis bien.
Se hallaban casi irreconocibles con la nueva ropa que les había comprado por la mañana. Él mismo había decidido prescindir de su atuendo de costumbre para vestir una cazadora y una camisa vaquera. Quería dar la impresión de una familia que, en el curso de un viaje, se detiene a reponer fuerzas. Por ese motivo había esperado al anochecer para llegar.
Pasaron la noche juntos y, pese a que lo creía improbable (porque sabía que al día siguiente se despedirían, quizá definitivamente, y eso le producía una vaga amargura), logró improvisar un sueño reparador. Se despertó al alba, aguardó a que la muchacha se levantara y le entregó un sobre con dinero en efectivo. Se trataba de casi todo el que guardaba en casa y gran parte del que había en su cuenta corriente. Era un dispendio mortal para sus exiguos ahorros de parado, pero sabía que a Raquel le resultaría imprescindible para sobrevivir.
– Procura comportarte con naturalidad -le aconsejó-. Da paseos por el exterior, no te encierres todo el día en la habitación… Puedes pedir que te suban la comida Intentaré venir a veros a lo largo de la semana, pero creo que casi sería mejor que nos mantuviéramos separados. Tienes mi teléfono: llámame si lo necesitas.
– Lo haré -murmuró ella. Entonces esbozó una sonrisa que se apagó casi enseguida, como si unos labios pudieran parpadear-. Gracias por todo.
Rulfo se acercó a besarla, pero se detuvo a medio camino y observó por un instante las sombras difusas, las oscuridades recientes que merodeaban en su mirada: cada día cambiaba un poco más, se alejaba de la Raquel que había conocido. Le resultó imposible determinar si aquella transformación era afortunada. Por una parte, parecía más fuerte; por otra, mostraba más temor que nunca: como si hubiese canjeado su tranquilidad por una personalidad férrea y definida. Al comprobar que el niño ya estaba despierto se agachó a su lado.
– Cuida de tu mamá. Estoy seguro de que eres muy valiente.
La respuesta le dejó paralizado:
– Ella no es mamá.
Se quedó mirando aquellos ojos livianos que lo escrutaban en la sombra.
– ¿Qué?
– No es mamá -repitió el niño.
Instintivamente, Rulfo se volvió hacia Raquel. Se encontraba en el otro extremo de la habitación, agachada, guardando el dinero en la bolsa donde llevaba parte de la ropa. No parecía haberlos oído.
– ¿No es tu mamá? -susurró Rulfo.
El niño negó con la cabeza. Entonces agregó:
– Es algo mamá, pero no toda.
Rulfo frunció el ceño y volvió a mirar a la muchacha, que seguía en la misma postura. Se había recogido el pelo y el tatuaje del cóccix era claramente visible. Él cayó en la cuenta de que se había olvidado por completo de aquel tatuaje. De repente percibió algo. Se acercó sin que ella lo advirtiera y se inclinó. Comprobó que lo que había tomado al principio por un círculo lleno de arabescos eran palabras dispuestas en forma geométrica. Estaban en inglés, muy apretadas, pero pudo descifrarlas antes de que ella se volviera. A sepal, petal and a thorn. «Un sépalo, un pétalo y una espina.»