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No toda.

– ¿Cuándo te tatuaste eso? -preguntó.

– ¿Qué?

– El tatuaje de la espalda. ¿Cuándo te lo hiciste?

La muchacha se incorporó, sorprendida. Su rostro mostró extrañeza.

– No recuerdo. -Era cierto. Ni siquiera sabía que llevaba un tatuaje en el cuerpo. Supuso que, al igual que el resto de las cosas que empezaba a conocer sobre ella misma, aquello también era un enigma-. Fue hace muchos años…

Se despidieron. Rulfo salió del motel tras cerciorarse de que la recepcionista era distinta de la que los había atendido por la noche. Durante el trayecto hacia Madrid no hizo otra cosa que darle vueltas a lo que el niño había dicho y a aquel tatuaje. Al llegar a su casa le bastaron unos cuantos minutos para comprobar la procedencia de las palabras.

Se trataba del primer verso de un poema de Emily Dickinson.

Llegó el viernes sin que hubiera novedades. Había comprado los periódicos y visto los informativos de la cadena autonómica todos los días, y cada vez que lo hacía, pensaba que, en esa ocasión, darían la noticia. Pero no había nada. Por un lado le alegraba aquel sorprendente vacío, por otro no le gustaba. Razonó que, teniendo en cuenta que Patricio dirigía un negocio ilegal, era lógico que sus compinches no se presentaran alegremente en la policía para denunciar su desaparición, pero ¿era posible que nadie hubiese percibido si ausencia después de cuatro días? ¿Y que nadie hubiese encontrad su cadáver aún?

El viernes se quedó un instante sentado en el comedor, sin sabe muy bien qué hacer. Faltaban cuatro días para el treinta y uno de octubre, y aquella espera le alteraba mucho más que todo lo que había vivido durante el último fin de semana. Pensaba que no había empleado bien el tiempo: se había limitado a vegetar y asegurarse mediante llamadas telefónicas, de que Raquel y el niño seguían bien Pero el día de la cita se aproximaba, y aún no sabía qué iba a hacer Sintió un repentino acceso de ira y golpeó la mesa con ambas manos. Entonces decidió volver a llamar al motel, solo para hablar otra vez con ella. Casi en connivencia con su deseo, sonó el teléfono.

– ¿Salomón…? ¿Estás libre hoy…? -Rulfo cerró los ojos, contrariado, pero en ese momento César agregó-: Si puedes, reúnete conmigo cuanto antes: he localizado a Rauschen.

Rauschen. El profesor austriaco, la única fuente de información de la que disponían para saber más sobre la secta.

Era preciso hablar con Rauschen.

VII. RAUSCHEN

Hubo un descenso hacia la negrura. Debido a un misterioso paralaje, la tierra -voluminosa, apelmazada- parecía encontrarse muy próxima. Sin embargo, el avión la atravesó sin ruido, ya que solo se trataba de un suelo de nubes de tormenta.

– Si alguna vez te propones desaparecer sin dejar rastro -continuó César-, te aconsejo que no trabajes de profesor en una universidad… Los profesores somos los mejores espías de la historia, al menos en lo que a nuestros colegas se refiere: lo sabemos casi todo sobre ellos, y lo que no sabemos lo imaginamos.

Como era costumbre en él, las informaciones más importantes quedaban reservadas para el final. A lo largo del apresurado puente aéreo que habían tomado aquel viernes al mediodía, Rulfo había ido obteniendo a cuentagotas todos los detalles de su búsqueda. Coincidiendo con la llegada a Barcelona, su viejo amigo levantó el telón de las últimas sorpresas.

– Los compañeros de Rauschen sabían bastantes cosas e imaginaban muchas más… Desgraciadamente, algunos puntos permanecen oscuros. Te haré un resumen. Rauschen dejó el trabajo universitario hace doce años y desde entonces se ha dedicado a… ¿A qué? A asistir a congresos como el de Madrid. A ir de un lado a otro. Por lo visto, estaba acostumbrado a romper con el pasado y empezar desde el principio: hasta los treinta años trabajó de profesor titular en la facultad de Humanidades de la Universidad de Viena, pero lo dejó y se marchó seis años a París. Luego se trasladó a Berlín y volvió a obtener una plaza de profesor. De repente cayó en una profunda depresión, o algo semejante, fue dado de baja y dejó definitivamente la enseñanza. Así comenzó su periplo de congresos por toda Europa, al tiempo que… fíjate bien… se interesaba por el paradero de alumnos y profesores de distintas universidades alemanas, y pedía informes sobre ellos. Sí, informes: direcciones, un breve currículo… Nadie sabe por qué. Hace cinco años vino a Madrid y habló conmigo. ¿Recuerdas que me dijo que quería vivir en nuestro país? Bueno, pues mintió: ya estaba viviendo aquí. Había comprado una casa en Barcelona, en Sarriá, y se dedicaba… Adivínalo. -Se volvió hacia Rulfo y lo miró por encima de las gafas azules-. A recabar información en varias facultades españolas, particularmente la nuestra.

– ¿Qué clase de información?

– La misma que en las universidades alemanas: currículos de profesores y alumnos… Su actividad, por supuesto, era clandestina, pero tuve la fortuna de contar con la inefable ayuda de mi ex secretaria Montse, para la cual no existe nada clandestino sobre la tierra. Es prodigiosa la capacidad de esa buena señora para el chismorreo. Recordaba bien el apellido de Rauschen, y ella misma había despachado varios informes para él. Rauschen utilizaba la excusa de unas supuestas becas, totalmente inexistentes. ¡Incluso llegó a investigarme a mí…! Tenía un contacto en la Complutense, un viejo amigo mío. Supuse quién podía ser, lo presioné, y fue él quien me dio su dirección actual, aunque ignoraba el porqué de ese interés de Rauschen por profesores y alumnos. Era como si quisiera encontrar a alguien. Dedicó varios meses a esa curiosa tarea.

– ¿Y después?

– Después vino el congreso sobre Góngora, habló conmigo…, y ya no hizo más nada. -César suspiró con aire de mago que guarda en la chistera el último truco-. Herbert Rauschen entró en coma hace cinco años, por eso no volvió a llamarme. Está atendido en su propio domicilio por un equipo paramédico.

La casa era grande, de paredes blancas y tejados llovedizos, pero, evidentemente, su propietario no había sido proclive a la espectacularidad: una simple valla metálica daba paso a la puerta, con un llamador dorado y un timbre que, al ser pulsado, produjo un dulce campanilleo y convocó la presencia de un asistente corpulento con uniforme blanco de celador. Los visitantes adujeron una remota amistad: pedían ver al enfermo. Tras mirarlos intensamente, el tipo se alejó. Regresó después de un rato, quizá, demasiado largo.

– Pueden pasar.

Penetraron en un interior minimalista donde los adornos, por excepcionales, parecían estrepitosos: fucsias sobre un jarrón chino, cristales de blenda encerrados en una quesera y cuadros de figuras desnudas y enmascaradas. La habitación de Rauschen se encontraba en la planta baja, en mitad de un pasillo. Una joven enfermera con el blanco uniforme en perfecto estado quitó los pies calzados con zapatillas deportivas del asiento cuando ellos entraron. Estaba leyendo una revista. Era rubia y atractiva, pero su mirada, en cierto modo, no dejaba de ser tan penetrante como la del celador.

– El señor Rauschen no se mueve ni habla desde hace años -indicó con fuerte acento extranjero. Rulfo pensó que había dicho aquello para dar a entender que, aunque no se oponía a que recibiera visitas, no le veía demasiado sentido a las mismas.

– Estaremos poco tiempo -aseguró César y se acercó a la cama.

Estatuario, Herbert Rauschen se mostraba a las miradas con esa terrible docilidad que solo poseen perros y moribundos. Una sábana lo cubría hasta el pecho. Su piel, hundida y apergaminada, había adquirido la inaudita blancura del vientre de las lagartijas, pero sus rasgos denunciaban el recuerdo de un individuo fuerte, de magnética personalidad. Un yelmo de cables adosado a su frente terminaba en un aparato que parecía desconectado.