Pero se repitió.
No una, sino dos y tres veces más.
Y ascendió. Comenzó a subir por su esófago azotando los lugares por los que pasaba con chispazos álgicos tan increíblemente intensos que el eco alcanzaba su cabeza y sus piernas, se reflejaba en el interior de sus muelas y sus rodillas, en las oquedades óseas de la frente y la nuca, y le pintaba estallidos de luz en las retinas.
Se retorció sobre la hierba gimiendo. Nunca había experimentado con tanta certidumbre la sensación de que iba a morir. Sus poros se habían abierto y soltaban el sudor a chorros. Pero, más que el dolor, lo que realmente le aterraba era lo otro.
Aquella horripilante percepción
de que algo vivo
subía por su tubo digestivo.
Quiso vomitarlo y no lo logró.
– ¿Conoce el poema, caballero…? Compuesto en 1856, isla Mauricio, inspirado por la hermana Veneficiae… Recitado como acabo de hacerlo produce un efecto divertido, pero, si se recitara como un bustrófedon, al derecho y al revés, ¡entonces sí que íbamos a reírnos…! ¿Me está escuchando, caballero…? ¡A estas alturas ya debería saber que odio que no me escuchen…!
Rulfo recibió la patada sin apenas enterarse. Algo mucho peor atraía completamente su interés. La cosa que le provocaba las espantosas punzadas estaba cruzando su faringe. Dejó de respirar. Se atoró. Por un instante creyó que se asfixiaría. Un enloquecedor segundo después, la sintió saltar como una bola áspera sobre la lengua acompañada de una amarga oleada de bilis y otra campanada de dolor, esta vez en la úvula. Supo de inmediato de qué se trataba: un bicho enorme. Lo arrojó fuera, abriendo la boca todo lo que pudo.
Un escorpión negro, absurdamente grande, cayó a tierra panza arriba, se enderezó y siguió su camino perdiéndose en la hierba. Tras escupir varias veces y lograr un breve vómito, Rulfo empezó a encontrarse mejor. Aún le dolían las picaduras pero intentaba pensar que todo había sido una alucinación. Se repetía una y otra vez que era imposible que un engendro así hubiese caminado por su tubo digestivo.
Un zapato de tacón tamborileaba cerca de su nariz.
– Estoy impaciente por ser escuchada. Reclamo mi derecho a ser escuchada.
Levantó la cabeza. Una montaña de pechos y falda se inclinaba sobre él con semblante indignado, el símbolo del macho cabrío balanceándose del enorme cuello.
– Primero: no vuelva a intentar lo que intentó antes. Segundo, y más importante: escúcheme siempre con atención, con pasión, con deleite… -De repente el rostro de la mujer se distendió. Los labios de carmín sonrieron y los ojos untados en rimel se abrieron desmesuradamente-. Baudelaire dijo una vez que, al beber aguardiente, sentía como si un escorpión le paseara por las entrañas. ¡Pues resulta que era cierto…! -Lanzó una risita cristalina-. ¿Quiere apoyarse en mi brazo…? ¡Qué pálido está…! ¿Un poco de ponche, quizá…? ¿Le apetece…? Vamos, acompáñeme…
Trastabillando, Rulfo se puso en pie apoyándose en el voluminoso y velludo brazo. Se dirigieron a la casa por otra vereda.
– Supongo que nos ha dicho la verdad -comentó la mujer mientras caminaba con rápidos pasitos tirando de Rulfo-. Es más: estoy segura de que nos ha dicho la verdad. Ahora debemos interrogar a la reina de las furcias. Tengo curiosidad por saber lo que nos va a contar…
Entre nubes de dolor, Rulfo vislumbró el lugar adonde se dirigían: un pequeño cenador al aire libre iluminado con candelabros y flanqueado por arcos de metal envueltos en hiedra. Guirnaldas de flores formaban el techo. Alrededor jugaban las polillas.
En el centro estaba Raquel.
X. EL INTERROGATORIO
Las mariposas estorban su mirada, se posan en su rostro, en su pelo. Puede espantarlas moviendo la cabeza, pero no lo hace. Sus manos están atadas a la espalda con una guirnalda de flores entre las que predominan caléndulas y pensamientos. Aunque las ligaduras son muy débiles, una línea de Verlaine le impide siquiera flexionar los dedos. Antes de llevarla al cenador la han desnudado y vestido con una simple túnica rojo oscuro hasta los pies. Su cabello suelto desciende en densas oleadas negras por la espalda. Permanece inalterable, silenciosa, firme. Parpadea solo cuando el soplo de un ala de mariposa sacude sus largas pestañas.
Ha llegado la hora, piensa.
Lo único que le preocupa es su hijo. No ha vuelto a verlo desde que Patricio (aunque no era Patricio ya, y ahora lo sabe) y el hombre de las gafas negras los encontraran en el motel. Comprende que el niño es su punto débil, y que ellas intentarán utilizarlo. Ignora si está preparada para soportar eso. Sin embargo, algo le dice que no se atreverán a hacerle daño. Ahora que lo recuerda todo, sabe que ellas tomaron una decisión, y que la unión del grupo exige que se respeten las decisiones de la mayoría. Su hijo será usado para amenazarla, para obligarla a hablar, pero no lo tocarán. Está segura. El problema consiste en resistir.
Dos figuras se acercan. Las reconoce. Maleficiae trae del brazo al hombre que la ha estado ayudando desde que todo comenzara. El hombre tiene el semblante pálido y se tambalea al caminar. También él deberá sufrir su particular tormento. Ella ignora por qué se ha visto involucrado, ya que es un simple ajeno. Intentó disuadirle de acudir a la cita, pero, de todas formas, comprende que las cosas no habrían sido muy diferentes si él le hubiera hecho caso. Siente compasión, pero ya no puede hacer nada.
Solo desea que se presenten todas cuanto antes.
Y, con ellas, aquella a quien está deseando volver a contemplar aunque sea lo último que haga: la que ha convertido su vida en un infierno.
Quiere verla otra vez, cara a cara, pese a que, al mismo tiempo, la mera idea de hacerlo le produzca un intenso pavor.
Rulfo decidió no ofrecer resistencia. Los individuos vestidos con libreas de mayordomo llevaron sus manos a la espalda y uno de ellos recitó una línea en francés, paralizando sus muñecas. Entonces las rodearon con una ringlera de flores.
La muchacha, junto a él, se encontraba igualmente atada. No le sorprendió demasiado verla allí; supuso que habían enviado a cualquier sectario para traerla. Percibió la indomable, fría voluntad que manaba de aquellos ojos oscuros: era la prisionera, pero parecía la reina. Él se hubiese contentado con poseer la mitad de su valor. Se preguntó vagamente dónde estaría el niño.
Iban a matarlos. Sobre eso no albergaba dudas. Lo que le obsesionaba era la forma.
Nunca había sido un hombre valiente, y ahora lo comprobaba. Su aparente coraje consistía, más bien, en rabia o indiferencia. Pero ya no iba a poder seguir dándole la espalda al miedo. A partir de aquel momento -comprendió- ya no podría dejar de ser cobarde hasta el final.
Y quizá ese final se demorase.
Quizá no llegase nunca.
Ouroboros. Rauschen.
No pienses en eso.
Miró a su alrededor. El cenador estaba casi vacío: aparte de la muchacha y él, solo quedaban dos mayordomos. Sin embargo, en la amplia terraza, que podía divisar perfectamente desde donde se encontraba, se aglomeraba un bullicioso y festivo grupo de trajes de noche. Ignoraba dónde se había metido la mujer obesa.
De pronto parpadeó
una
y las vio frente a él. Supuso que ahora sí ahora eran ellas, no maniquíes. Se encontraban de pie, en fila, con trajes de fiesta de distintos colores y tamaños, zapatos de tacón, peinados de peluquería,
una, dos, tres, cuatro, cinco
maquillaje, medias satinadas, toda la parafernalia de la feminidad occidental. Los símbolos de oro brillaban sobre sus pechos.