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una, dos tres, cuatro, cinco, seis, siete

Un pelotón de fusilamiento. Un tribunal inquisidor.

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete.

Podían ser brujas, pero no había nada extraño en sus apariencias: ni pupilas rojizas, ni narices ganchudas, ni excrecencias cómicas, ni rabos terminados en punta.

Ocho, nueve.

Salvo la mujer obesa, todas eran extraordinariamente hermosas, o así se lo parecieron. Sin embargo, a su modo, también anodinas, patéticas, impersonales (la elección de Miss Uni-Versos, pensó, y le entraron ganas de reír ante su propio juego de palabras). Si se trataba realmente de las damas, los poetas de todo el mundo habían amado tan solo espejismos inexistentes.

Diez, once.

Cierto que algunas mostraban detalles peculiares. La niña seguía siendo especialmente bella. Los ojos de la muchacha que se hallaba junto a ella estaban llenos de sombras. El rostro de la joven del símbolo de la rosa despedía cierta luminiscencia. La mujer obesa recordaba a un cincuentón aficionado a usar la ropa de su esposa en la intimidad. La número once, que portaba el medallón con forma de araña, debía de ser la nueva Akelos, la sustituta de Lidia Garetti, de pelo rojizo y ceñido traje corto.

Once. Faltaban dos.

Se había desatado un hondo silencio: no se oían risas, ni músicas, ni conversaciones. Era como si nunca hubiese habido fiesta. La casa parecía vacía y estaba a oscuras. Los candelabros del cenador formaban una única isla de claridad en medio de la noche. Y en el borde de esa isla, la hilera de las damas.

Faltaban dos.

Un revuelo mudo de mariposas, una agitación del aire, y otra figura apareció de pie frente a las demás. Era una chica muy joven, de baja estatura, pelo oscuro y corto, breve vestido de terciopelo negro y zapatos planos. Tenía el aspecto de un director de orquesta novato, con una sonrisa bobalicona en su carita agradable y huesuda, como si esperase aplausos.

– Bienvenida, Raquel… -Hablaba castellano con acento francés, como la mujer obesa-. Señor Rulfo, encantada. Me llamo Jacqueline. Deseo que se encuentre a gusto en nuestra casa. -Ni Rulfo ni la muchacha contestaron. La joven pareció algo cortada ante el silencio que había obtenido tras su amable saludo. Por un instante fue como si no se le ocurriera qué otra cosa decir. Las mangas del vestido le quedaban largas, casi hasta los dedos: las agitó, y una flor de mariposas se deshizo en el aire-. Uf, cada año hay más. Pero ¿a quién pueden molestar…? Seres inofensivos y encantadores… -Pareció aguardar de nuevo alguna reacción. Entonces se dirigió a la muchacha-. Has recuperado tus recuerdos, ¿verdad? Sabes quién fuiste. No entendemos muy bien esto. Hay muchas cosas que no entendemos sobre ti. Quizá puedas explicárnoslas. -Hizo un gesto amistoso, como animándola a hablar-. Dime, has recuperado los recuerdos, ¿no?

– Sí. He recuperado los recuerdos.

Raquel la miraba entornando los párpados, las cejas unidas en el ceño. En su actitud, Rulfo no solo percibió un intenso desprecio: también repugnancia, como si estuviese contemplando un insecto repulsivo a escasa distancia de su rostro.

– Lástima… A veces, lo más hermoso es el misterio de olvidar.

– En efecto. Particularmente, todo lo que me hiciste.

Quedaron mirándose en silencio, la joven sin perder su sonrisa ni Raquel aquella expresión de su ceño, como dos adolescentes que se guardaran rencor por algún tipo de trastada inolvidable. Entonces Rulfo se fijó en el medallón en forma de espejito redondo que brillaba sobre el escote de la joven: era el símbolo de Saga, la número doce, según Los poetas y sus damas. Ella era, pues, «la peor de todas». Pero no lo parecía ni de lejos. Se mostraba incluso algo tímida, como una aspirante a actriz que tuviera la oportunidad de interpretar un gran papel debido a enfermedad de la protagonista.

– Si te parece, hablemos del presente -propuso la joven-. ¿Por qué no consigo ver la imago, Raquel?

Hubo una pausa. La muchacha no contestó.

– Explícame por qué no consigo verla y te dejaré libre.

Nueva pausa. Nuevo silencio. En el cenador nadie se movía. Las damas parecían piezas de un juego incomprensible. Solo la joven gesticulaba discretamente al hablar.

– No imaginas lo que nos desconcierta esto. Sabemos que la has ocultado, pero no quiero que me digas por qué, ni siquiera dónde está… Solo quiero que me expliques eso de que no logremos verla… Un gran… ¿Cómo decirlo…? Un gran vacío, una mancha ciega la rodea, los versos no la alcanzan. ¿Qué ocurre?

– ¿Dónde está mi hijo? -preguntó Raquel a su vez.

– Oh, ahora duerme, pero vendrá enseguida. Estaba muy cansado.

– Déjalo libre.

– No te preocupes por él. No vamos a hacerle nada: ya lo decidimos en su momento, ¿recuerdas?

– Entonces, déjalo libre.

– Está libre. Pero tú aún sigues aquí. ¿Quieres que se marche solo? Cuando te vayas tú, se irá él. Es lo correcto, ¿no?

– Quiero verlo, por favor…

– Lo verás. Ahora está descansando en una habitación apartada para que no lo molesten los ruidos de la fiesta.

– Te diré dónde escondí la imago si me aseguras que mi hijo…

– ¿Es que no has entendido nada? -cortó la joven. Por primera vez, Rulfo percibió en sus palabras algo semejante a una fría irritación, tan ligera como el aleteo de las mariposas que embarazaban el aire-. Por supuesto que queremos saber dónde está, pero no es eso lo que más importa… Por favor, sé que estás nerviosa, Raquel, pero concéntrate: queremos averiguar por qué no podemos verla. Dicho de otra forma: ¿quién está haciendo que no la veamos…?

– No lo sé.

– ¿Quién te ayuda?

– Nadie. Estoy sola.

– ¿Y Lidia?

De repente las palabras se aglomeraron en la boca de la muchacha. Las soltó con fría rapidez, como si le resultara insoportable retenerlas.

– No me preguntes por ella. Sabes bien lo que le hiciste. Te introdujiste en un ajeno cualquiera, lo manejaste y entraste en su casa, la obligaste a entregarte la imago, la hundiste en ese acuario con una filacteria de Anulación, llevaste el acuario al desván y la torturaste hasta matarla… Ya sé que esos juegos son tus preferidas, Jacqueline… Has estado impulsando a ese ajeno, Patricio, para que me humillara todo lo posible… Y has adoptado otras formas, ¿verdad…? Has sido el hombre de las gafas negras… ¿Cuántos más, Saga…? ¿Con cuántos has disfrutado personalmente de mí…?

– Olvida los detalles, por favor…

– Ciertas cosas no se olvidan nunca.

– Las sentencias deben ser ejecutadas.

– Es una tarea que te encanta.

La joven ignoró el comentario y siguió hablando sin perder la sonrisa.

– Luego tuviste esos sueños… Lidia te los inspiró con varias filacterias que se activaron después de su muerte… Fuiste a su casa, sacaste la imago del agua, donde debía permanecer hasta esta reunión para ser destruida, y la ocultaste. Sus versos nos impedían recobrarla a menos que tú nos la entregaras… Nada de eso nos sorprendió: era el típico intento de supervivencia de una vieja araña. Pero aquí empiezan los problemas. ¿Por qué has recobrado tus recuerdos? ¿Por qué no podemos ver la imago? ¿Cómo lograste salir de este cuerpo prosaico al que te condenamos y matar a Patricio?

– A quien tú reviviste después -replicó Raquel.

– Oh, no, solo lo moví. Quería darte una sorpresa. Te negabas a acudir a nuestra cita, y teníamos que traerte de las orejas… Además, no queríamos que los ajenos te implicaran en un crimen. Pero olvida por un momento los detalles, Raquel. Concéntrate en lo que importa. ¿Quién te ha ayudado a ocultar la imago? ¿Quién ha depositado versos sobre ella…? Tú no puedes ser: has recobrado la memoria pero sigues Anulada. Lidia está Anulada y muerta. ¿Quién, entonces…?